EMPRESAS

5G ya no es la meta: el próximo salto de las telecomunicaciones está en las decisiones

Por: SAS Colombia.

GoogleSiga las noticias de SEMANA en Google Discover y manténgase informado

30 de septiembre de 2026 a las 11:43 a. m.
Imagen de referencia, no corresponde al caso en mención.
Imagen de referencia, no corresponde al caso en mención. Foto: Adobe Stock

Durante años, buena parte de la conversación sobre telecomunicaciones estuvo determinada por tres variables: cobertura, velocidad y capacidad. Llegar a más lugares, mover más información y hacerlo cada vez más rápido era, razonablemente, el principal indicador de progreso. Hoy, sin embargo, esa ecuación comienza a cambiar.

Colombia ya superó los 10 millones de accesos a redes 5G y mantiene cerca de 50 millones de accesos a internet móvil, según cifras del Ministerio TIC. Es un avance significativo para un país que todavía tiene desafíos importantes en conectividad, pero también marca el comienzo de una nueva discusión: una vez construida la capacidad para transportar enormes volúmenes de datos en tiempo real, ¿qué hacemos con ellos?

El próximo salto de las telecomunicaciones no dependerá únicamente de tener redes más rápidas. Dependerá de tener redes más inteligentes. La diferencia puede parecer semántica, pero es profunda. Una red tradicional transporta información. Una red inteligente puede analizar lo que está ocurriendo, detectar anomalías, anticipar una congestión o una posible falla, identificar cambios en el comportamiento de los usuarios y ayudar a determinar cuál debería ser la mejor acción frente a cada escenario.

Es el paso de conectar a comprender, anticipar y decidir.

Y empieza a ser particularmente relevante porque las telecomunicaciones están dejando de ser solamente un servicio que conecta personas. Cada vez más, son la infraestructura sobre la cual operan bancos, industrias, sistemas logísticos, comercios, ciudades y servicios públicos. Una interrupción, una degradación en la experiencia o una vulnerabilidad de la red puede convertirse rápidamente en un problema operativo para otros sectores de la economía. Por eso, la inteligencia artificial tendrá un papel mucho más profundo en esta industria que la simple automatización de un servicio al cliente.

El potencial está en combinar información de red, dispositivos, clientes y operaciones para detectar patrones que difícilmente podrían identificarse manualmente y convertirlos en decisiones en tiempo real. Una compañía podría anticipar en qué punto aumentará la demanda de capacidad; identificar un comportamiento anómalo antes de que se convierta en una falla; optimizar el consumo energético de infraestructura crítica o determinar qué recursos deben redistribuirse para garantizar determinado nivel de servicio.

Con la evolución de la IA agéntica, incluso estamos entrando en una etapa en la que algunos sistemas podrán ejecutar determinadas acciones de manera autónoma dentro de parámetros previamente establecidos. Es decir, no solamente identificar un problema y recomendar una solución, sino intervenir sobre él.

Para las telecomunicaciones esto abre la posibilidad de avanzar hacia redes cada vez más autónomas, capaces de supervisarse, optimizarse y recuperarse con una participación humana mucho más enfocada en las decisiones estratégicas y excepcionales.

Pero probablemente el cambio más interesante ocurra fuera de la propia red. La Comisión de Regulación de Comunicaciones ha advertido recientemente que la industria está evolucionando desde un modelo centrado principalmente en vender conectividad hacia otro en el que las capacidades digitales de las redes pueden convertirse en servicios para terceros. Eso significa que la infraestructura de telecomunicaciones puede comenzar a aportar inteligencia directamente a otros negocios.

Pensemos, por ejemplo, en una entidad financiera que pueda incorporar información de la red como una señal adicional para evaluar si una transacción resulta sospechosa; una operación industrial que requiera conectividad con parámetros específicos de latencia y disponibilidad; o una empresa logística que necesite tomar decisiones de operación a partir de información generada continuamente por miles de dispositivos conectados.

En ese escenario, el valor deja de estar únicamente en transportar datos. Está en convertirlos en una capacidad para decidir mejor. Sin embargo, cuanto mayor sea la autonomía que demos a estos sistemas, mayor tendrá que ser también nuestra capacidad para confiar en ellos. En una industria que administra infraestructura crítica, incorporar inteligencia artificial sin mecanismos adecuados de gobierno, trazabilidad y supervisión puede crear riesgos tan importantes como las eficiencias que busca generar.

La calidad de los datos será determinante. También lo será entender por qué un sistema tomó determinada decisión, establecer cuáles decisiones pueden automatizarse y cuáles deben continuar bajo supervisión humana, proteger la privacidad de la información y monitorear permanentemente el desempeño de los modelos. La confianza, por tanto, no puede ser una capa que se agregue después de implementar inteligencia artificial. Tiene que formar parte de su arquitectura.

Un reciente estudio global de SAS e IDC encontró que las organizaciones con prácticas sólidas de IA confiable tienen hasta 15 veces más probabilidades de reportar retornos significativos sobre sus inversiones en inteligencia artificial. El dato recuerda algo que con frecuencia se pierde entre la velocidad de la innovación tecnológica: adoptar más IA no necesariamente genera más valor. Implementarla sobre buenos datos, con gobierno adecuado y con objetivos claros de negocio sí puede hacerlo.

Las telecomunicaciones están llegando precisamente a ese punto de inflexión. 5G seguirá expandiéndose y todavía será necesario cerrar brechas de conectividad. Pero, paralelamente, la industria tendrá que responder una pregunta más compleja: cómo transformar toda esa nueva capacidad digital en mejores decisiones para las empresas, los usuarios y el país.

Porque la próxima generación de telecomunicaciones no debería medirse solamente por cuántos datos puede transportar una red o por cuántos segundos puede reducir una descarga. Su verdadero valor estará en cuántas mejores decisiones sea capaz de habilitar.