Otro título para esta crónica podría ser ‘El escándalo del escándalo’, y refleja el despertar de un león que estuvo dormido por 25 años. En 1995, cuando Diana de Gales osó criticar a la familia real y ventilar detalles impúdicos de su matrimonio con el príncipe Carlos, en el programa Panorama, el mundo la adoró mucho más y la Corona tambaleó.
Ahora, la BBC de Londres, que transmitió la entrevista, ha pasado del orgullo de tener la exclusiva más hipnótica y fascinante de la realeza a la vergüenza por la perversidad que hubo detrás de ella.
Desde el día siguiente de esa noche de noviembre en que Diana le expresó al entrevistador Martin Bashir las frases más lapidarias del programa, “éramos una multitud en este matrimonio”, refiriéndose a la infidelidad de su esposo con Camilla Parker Bowles, se olía algo podrido.

El cuento era que Bashir se valió de falacias para que ella se sentara en su programa, una primicia que le ganó a Oprah Winfrey, quien meses atrás había visitado a la princesa con esos fines. La BBC, la televisora estatal de mayor renombre, dijo que investigó y no halló nada malo.
Pero la verdad escondida finalmente apareció para develar cuán atroz llegó a ser el ámbito que circundó a la mujer más famosa del planeta.
Por esos días, el cuento de hadas de su matrimonio con el heredero al trono se había derrumbado.
Según relató en la entrevista, se casó muy enamorada, pero su popularidad despertó los celos de su marido.

Para 1992, las desavenencias se volvieron insostenibles y se separaron. La gasolina de la pelea fue, en especial, que Carlos nunca olvidó a Camilla, un viejo amor de juventud.
Entonces se desató la llamada “war of the Waleses” o la guerra de los Gales, en la cual cada uno competía por la aprobación del público.
Diana, con su carisma y glamur incontestables, tenía mayor simpatía, sobre todo desde que se destapó su drama en la biografía Diana: Her True story, de Andrew Morton. “Pero el establecimiento se puso del lado del heredero. La difamación se impuso y alcanzó visos siniestros”, cuenta Richard Kay, corresponsal real del Daily Mail y gran amigo de la Princesa del Pueblo.
También salió a la luz un audio en el que Carlos le manifestaba a Camilla que quería ser su tampón. El punto épico se dio en 1994, cuando en un reportaje con Jonathan Dimbleby, él reconoció su adulterio con Camilla.

La princesa de Gales estaba convencida de que los adeptos al príncipe la querían encerrar en un manicomio y mandar a matar.
Tal paranoia facilitó que Bashir lograra la primicia. Primero, contactó a Charles Spencer, hermano de Diana, para contarle que su exjefe de seguridad, Alan Waller, recibía pagos de la prensa y del MI5, servicio de seguridad del Reino Unido. Lo propio hacían Patrick Jephson y Richard Aylard, secretarios privados de Diana y Carlos, respectivamente.

Todo, sostuvo Bashir, con el fin de vigilar y tener información privilegiada de ella para conspirar en su contra. En un par de reuniones con los hermanos, en agosto y septiembre de 1995, el periodista les mostró comprobantes bancarios que daban cuenta de los sobornos.

Pero, como acaba de dar a conocer una investigación que reavivó el escándalo, todo resultó falso. Y hay más: de sus encuentros con Bashir, Charles, hoy conde Spencer, tomó notas y concluye que el comunicador fabricó un total de 32 mentiras.
Aseguró que las cartas de Diana eran interceptadas, que le instalaron dispositivos en su auto para rastrearla, que sus teléfonos estaban chuzados, que su chofer le vendía historias al tabloide Today y que Richard Kay, del Mail, compró a los trabajadores del gimnasio donde entrenaba para que husmearan en sus cosas.
En cuanto a Carlos, le dijo que estaba deseoso de que ella iniciara el divorcio y se radicara en Estados Unidos; o que él había dicho que no descansaría hasta ver a Victoria (la esposa de Charles) muerta.

Más sensacional aún fue el bulo de que el príncipe sostenía un romance con Tiggy Legge-Bourke, niñera de sus hijos William y Harry, y quien había abortado un bebé de él. Por eso, le narró, ya no la quería su hijo William, cuyo reloj de regalo llevaba un micrófono para espiarla.
De otros miembros de la familia real inventó que Felipe, padre de Carlos, andaba hablando mal de ella.
De su cuñado, el príncipe Eduardo, afirmó que tenía sida, en tanto que la reina Isabel estaba mal de corazón y sufría un trastorno alimenticio.

Al parecer, provocada por esos cuentos, Diana aceptó el cara a cara, visto por 23 millones de espectadores.
Al aire, admitió su romance con James Hewitt, dijo que la monarquía debía ser más abierta y que Carlos no servía para rey.
También confesó su bulimia y automutilaciones a causa de su trágico matrimonio. Al día siguiente, ella estaba en la primera plana de todos los periódicos y, un mes más tarde, la reina Isabel ordenó el divorcio, que finalizó en 1996.

Bashir pasó de periodista casi anónimo a estrella y quedó muy amigo de la princesa, lo cual le valió para conseguir otra gran exclusiva, con Michael Jackson, quien lo demandó por amarillismo.
Su fraude no se habría destapado de no ser porque el conde de Spencer se empeñó en aclarar las cosas y la BBC comandó una investigación por parte de lord John Dyson, exmiembro de la Corte Suprema.
En un documento de 127 páginas, él destapó la farsa y, peor aún, que la productora supo los hechos y los encubrió.
Parece haber algo de predestinación en el hecho de que la entrevista de Diana cobre nueva actualidad ahora que su hijo Harry se le rebeló a la monarquía como ella y está dando frecuentes declaraciones, entre ellas a Oprah Winfrey, en las que denuncia casi que las mismas cosas que su madre: frialdad, incomprensión y hasta racismo por parte de los Windsor.
Lo creen porque, con el divorcio, perdió la protección de la familia real, en especial su escolta de Scotland Yard. Vulnerable por ser la mujer más asediada por los paparazzi, buscó protección en los brazos del millonario Dodi Al-Fayed, cuyos hombres no fueron capaces de salvarla durante el accidente de tráfico en que murió en París en agosto de 1997.
Carlos hoy está casado con Camilla. Bashir admite su culpa a medias. Isabel II sigue en el trono. La BBC está desprestigiada como nunca.
Y la moraleja de este largo episodio es que el quid de los cuentos de hadas, como el protagonizado por Lady Di, no son los finales felices, sino la vileza de la que son capaces los seres humanos, a la voz de abolengo, fama y fortuna.
