Colombia cerró 2024 con 2,5 millones de estudiantes matriculados en educación superior, una cifra récord que podría leerse como una buena noticia. Y en parte lo es. Pero los números también revelan algo más: casi uno de cada diez estudiantes abandona sus estudios cada semestre, y el 42 % de los jóvenes entre 15 y 28 años enfrenta el desempleo, muchos de ellos con títulos en la mano. El acceso mejoró, pero la pertinencia todavía no.
Ese es el núcleo central del debate que la educación superior no puede seguir esquivando. No se trata solo de cubrir cupos ni de sostener matrícula. Se trata de preguntarse si lo que enseñamos, cómo lo enseñamos y cuándo lo enseñamos sigue teniendo sentido para un mundo laboral que se transforma más rápido de lo que los currículos logran actualizarse.
Durante décadas la lógica fue cursar cinco años, obtener un título, conseguir empleo. Sin embargo, hoy ya no aplica ese modelo porque las organizaciones demandan perfiles híbridos, capaces de vincular análisis de datos con creatividad, gestión con tecnología y criterio estratégico con ejecución.
Esta presión llega de varios frentes. Los estudiantes de pregrado necesitan validar competencias antes de graduarse y construir un perfil que los diferencie desde el inicio. Los profesionales en ejercicio buscan en los posgrados herramientas concretas para tomar mejores decisiones, no un título más. Y las organizaciones no buscan egresados que repitan un manual, sino personas capaces de entender un problema, diseñar una solución y comunicarla con claridad. Resolver esa brecha exige un vínculo real entre la academia y el sector productivo, no como adorno en los convenios marco, sino como eje de la formación.
La flexibilidad que el sistema necesita no es la de los programas que certifican sin formar. Es la que permite construir itinerarios con profundidad al elegir énfasis, combinar disciplinas, acumular microcertificaciones que el mercado reconozca y articular pregrado con posgrado sin empezar de cero. La modalidad es parte esencial de esa flexibilidad.

En 2024 la educación virtual creció más de un 12 % en Colombia, pero la virtualidad no está sola porque la modalidad híbrida combina las bondades de ambos mundos, es decir, la profundidad del encuentro presencial con el alcance de lo virtual, abriendo posibilidades reales para quienes antes tenían que elegir entre calidad y conveniencia.
A esto se suma el rezago regulatorio, un obstáculo del que poco se habla. Los procesos de aprobación de nuevos programas acusan demoras que terminan por desalinear la oferta educativa de las necesidades del mercado. No se trata de eliminar la regulación, sino de modernizar sus mecanismos para responder con mayor oportunidad. Sin eso, la flexibilidad seguirá siendo más discurso que realidad.
En la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano estamos respondiendo a estos desafíos. Nuestra apuesta se articula en tres ejes: pensamiento estratégico, pensamiento tecnológico y pensamiento creativo e innovador.
Ese sello atraviesa todos nuestros programas, desde los pregrados con tradición como Administración de Empresas, Economía, Contaduría, Mercadeo, Publicidad, y Comercio Internacional y Finanzas, hasta el MBA orientado a decisiones basadas en datos, la Maestría en Analítica de Negocios y la Especialización en Finanzas Computacionales. Todos comparten la misma convicción de que la frontera entre gestión y tecnología ya no existe.
El concepto más importante que el sistema educativo colombiano necesita incorporar no es la cobertura, ni siquiera la calidad, es la continuidad. La educación a lo largo de la vida tiene que convertirse en una arquitectura real donde títulos, certificaciones y microcredenciales se acumulen y construyan trayectorias coherentes. Un país que logre eso tendrá mejor productividad, mayor movilidad social y profesionales más capaces de adaptarse a lo que el futuro, que no da tregua, siga exigiendo.
*Contenido elaborado con apoyo de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano
