Visitar Tapeo y Adriano es una experiencia que eleva el disfrute de la alta gastronomía española en Bogotá. Basta cruzar la puerta de Casa República, este palacete del siglo XX ubicado en la Av. 85 con carrera Séptima, custodiado por seis columnas corintias y ocupado en otro tiempo por el Club Médico, para entender que la comida es el acompañamiento perfecto de una obra mayor: la del lugar mismo.
Es una galería en tiempo real. Más de cien cuadros cuelgan con tal esmero por los siete salones que tienen disponibilidad para unas 400 personas, que nunca le roban protagonismo al plato, pero tampoco pasan desapercibidos. A ellos se suman las icónicas escaleras, el papel tapiz, los techos trabajados y la exposición de arte itinerante que completa el recorrido. Con eso es claro, sin que suene a lugar común, que detrás de este proyecto están las mentes y las manos de varias mujeres.

Nicolás Vergara Gilchrist, su CEO y uno de los socios que tiene andando esta idea hace más de dos años en la capital, lo cuenta: “Las mujeres son normalmente mucho más sensibles, más empáticas, más disciplinadas y más rigurosas. Por los colores, la decoración y por la misma apuesta que hemos tenido de hacer la diferencia, aquí se percibe un ambiente bastante más femenino”.

Según Vergara, hoy casi la totalidad del equipo directivo de Tapeo y Adriano está en manos de mujeres. “No lo hicimos por diseño, pero tampoco es casualidad”, asegura. Para él, la apuesta de descubrir y cosechar talentos femeninos va más allá de la mera estética. Habla de una idea de cultura que empiece desde el equipo: no se puede atender bien, explica, si quienes atienden trabajan en un mal sitio o con niveles altos de estrés. Por eso, aspira a un lugar donde nadie llegue a casa “emocionalmente destruido”, y cree que ese objetivo es más probable cuando quienes dirigen son mujeres.
“En la cocina, por ejemplo, está muy normalizado gritar, ser tosco, heredar una cultura machista”. En Tapeo y Adriano, asegura Vergara, eso no pasa. “Mi sueño es volvernos un ejemplo no solo de restaurante, sino también de un lugar donde trabajar sea mucho mejor”, sostiene.

Y en eso han avanzado mucho. Ana María Calle Acevedo, socia, y una de las mentes creativas del proyecto también lo recalca. “En Casa República siento que mi rol como mujer empresaria ha sido aportar una mirada empática y una visión a largo plazo”, dice. Por eso, le gusta gestionar los equipos “con una filosofía de familia”, de modo que la gente se sienta escuchada y tenga espacio para crecer.
Adriano y Tapeo están a la vanguardia de un momento histórico, en el que las mujeres están teniendo más campo de acción en el mundo empresarial y han diseñado nuevas oportunidades para crear, liderar y decidir.
Hay nombres que muestran ese cambio. Amalia Hernández es la primera persona que ven los comensales cuando llegan. Como hostess, se volvió la cara de Adriano y Tapeo, entendiendo la mezcla innovadora entre la casa y la cocina. También está Marli Mateus, que empezó con muchas ganas de aprender, hizo el curso de sommelier y hoy trabaja en la barra, un oficio que hasta hace poco era casi exclusivamente masculino.
Y a ellas se agregan otros nombres, como Catalina Focke, directora de marca y creatividad; Yaniris Arrieta, Yiviseth Rangel y María Albarracín, auxiliares de cocina; Carolina Rubio, administradora; Dayanna Celedon y Katherine Rebellon, coordinadoras de eventos; Sara Arrieta y Marcela Torres, stewards; Jackeline Linares, analista de costos; Laura Campos, contadora; Juliana Reyes, gerente comercial y de operaciones; Vanessa Ruiz Soto, gerente administrativa y financiera; Rubby Parra, asistente de talento humano; Adriana Pedrozo, de servicios generales; y Yohanna Roa, líder de cocina fría.
Por eso, Vergara cree que lo mejor de Colombia y, por supuesto, de Adriano y Tapeo, son las mujeres, quienes hoy guían el rumbo de la casa en femenino. Y que al celebrar bautizos, matrimonios, grados, o incluso solo ir a disfrutar un plato un miércoles, quedan atados a la memoria del corazón.
Visitar Casa República, en definitiva, es para quienes creen que el arte, la estética y el buen comer pueden compartir la misma mesa. Porque sí, una estructura neoclásica y un buen menú terminan siendo el maridaje perfecto para regresar feliz a casa.
