Durante seis décadas, Profamilia ha estado presente en algunas de las conversaciones que más han transformado a Colombia. Hablar de esta entidad es hablar de salud, educación, autonomía y derechos sexuales y reproductivos, pero también de algo más profundo: la manera en que un país ha aprendido —no siempre fácilmente— a hablar de sexualidad. Ese tema sigue siendo incómodo, despierta prejuicios, provoca silencios y alimenta señalamientos. Precisamente por eso, hablar de ella sigue siendo tan necesario.
Reducir a Profamilia a los condones, los anticonceptivos o incluso a los debates que con frecuencia rodean su nombre es quedarse con una pequeña parte de una historia mucho más grande. Hoy la organización combina atención en salud, educación, investigación, proyectos sociales, productos de salud sexual y reproductiva e incidencia pública. Durante 61 años ha acompañado a millones de personas en decisiones que atraviesan algunos de los momentos más íntimos y determinantes de sus vidas.
¿Qué significa sostener ese propósito durante seis décadas? ¿Cómo se transforma una organización sin perder aquello que le dio origen? ¿Y por qué, a pesar de todos los avances, Colombia todavía necesita seguir hablando de sexualidad? Marta Royo, CEO de Profamilia, aborda estas preguntas y reflexiona sobre los cambios que ha vivido Colombia, los desafíos pendientes y el papel que la organización busca desempeñar en los próximos años.

Profamilia lleva 61 años acompañando las transformaciones sociales de Colombia. ¿Qué nos dice su historia sobre la manera en que el país ha cambiado —y sigue cambiando— su relación con la sexualidad, la reproducción y la autonomía?
Marta Royo (M.R.): Si uno mira a la Colombia de hace 60 años y la compara con el país de hoy, el cambio es enorme. Hemos pasado de entender la sexualidad casi exclusivamente ligada a la reproducción a reconocerla como una dimensión fundamental de la vida, relacionada con el bienestar, la salud, las relaciones, la autonomía y la capacidad de tomar decisiones sobre nuestro propio cuerpo y nuestro proyecto de vida.
Y eso no es un cambio menor. Colombia hoy es un referente internacional en muchos aspectos de los derechos sexuales y reproductivos. Pero esos avances no aparecieron de un día para otro. Son el resultado de décadas de conversaciones difíciles, de evidencia, de movilización social, de decisiones judiciales, de políticas públicas y del trabajo cotidiano de muchas organizaciones y personas que entendieron que estos temas no podían seguir ocultos.
Tienen que ver con la vida real. Con que una adolescente reciba información antes de quedar embarazada. Con que una mujer pueda decidir si quiere tener hijos y cuándo. Con que cada quien pueda vivir su sexualidad sin violencia ni discriminación. Con que quienes viven con VIH tengan acceso al diagnóstico y al tratamiento. Con que una niña pueda crecer y construir su propio proyecto de vida.
Cuando contamos con educación, información y acceso oportuno a servicios de calidad, tenemos mejores herramientas para tomar decisiones. Y cuando podemos decidir, también cambian nuestras oportunidades. Por eso, estos derechos están estrechamente relacionados con la educación, la equidad, la salud pública, el desarrollo y la reducción de la pobreza.
Hoy Profamilia es mucho más que los servicios por los que tradicionalmente ha sido reconocida. ¿Cómo ha evolucionado la organización para responder a las necesidades de salud, educación y bienestar de los colombianos?
M.R.: Profamilia ha tenido que evolucionar porque Colombia también ha cambiado. Las necesidades de una adolescente de hoy no son las mismas que hace 30 años; tampoco lo son las de una mujer de 50 años, una persona migrante, una persona trans o alguien que vive en una zona rural, donde acceder a un especialista puede significar viajar durante horas.
Por eso, hace mucho tiempo entendimos que la salud sexual y reproductiva no podía quedarse dentro de las paredes de una clínica. Claro que prestamos servicios de salud, y esa sigue siendo una parte esencial de lo que hacemos. Pero también educamos, investigamos, desarrollamos proyectos sociales, producimos conocimiento, innovamos, hacemos incidencia y trabajamos con comunidades. Somos una empresa social que combina capacidad técnica, sostenibilidad e impacto en torno a un mismo propósito: que la salud y los derechos puedan ejercerse en la vida cotidiana.
Y para mí eso es fundamental: un derecho que existe en el papel, pero al que una persona no puede acceder realmente, sigue siendo un derecho incompleto. Nuestro trabajo consiste precisamente en acercar esos derechos a las personas. Pero esto también significa anticiparnos. Cada vez queremos poner más énfasis en la prevención y en acompañar a las personas a lo largo de toda su vida. Estamos avanzando, por ejemplo, en un modelo de atención y prevención del cáncer de cuello uterino que nos permita identificar riesgos y actuar oportunamente. Y estamos diseñando programas para etapas que durante mucho tiempo han recibido muy poca atención, como la menopausia y la andropausia.
Esto también nos obliga a ampliar nuestra propia mirada. La sexualidad está presente en todas las etapas de la vida y trasciende nuestra capacidad reproductiva. Nos acompaña toda la vida. Hablar de salud sexual también es hablar de prevención, de los cambios físicos y emocionales asociados a la edad, de las relaciones, del placer y de la calidad de vida. Son conversaciones de las que todavía se habla poco y en las que creo que Profamilia tiene mucho que aportar.
Tenemos una red de más de 46 clínicas, pero también salimos de ellas. Solo en 2025 realizamos 3.054 brigadas extramurales y llegamos a 685 territorios. Prestamos más de 3,2 millones de servicios y productos a 561.014 personas. El 89 por ciento pertenecía a los estratos 1, 2 y 3 y el 88 por ciento eran mujeres. Esas cifras son importantes, pero detrás de cada una hay una historia. Una mujer que pudo hacerse un examen a tiempo, una adolescente que recibió información que quizá nunca había podido preguntar en su casa o en su colegio, una persona migrante que encontró atención cuando no tenía otra puerta que tocar, una comunidad a la que llegó una brigada porque desplazarse hasta una clínica era prácticamente imposible.

Detrás de una organización con la trayectoria y el alcance de Profamilia hay un esfuerzo humano, técnico y financiero enorme. ¿Cómo logra mantener su compromiso social y, al mismo tiempo, ser sostenible?
M.R.: Creo que una de las cosas menos conocidas de Profamilia es, precisamente, nuestro modelo de gestión. Somos una organización privada sin ánimo de lucro, pero creemos profundamente que una organización social debe ser sostenible si quiere perdurar en el tiempo y seguir transformando realidades. Para nosotros, la sostenibilidad no está separada de la misión; es una condición para cumplirla.
Como IPS atendemos a miles de personas a diario, tanto de manera particular como a través de los convenios con las principales EPS del país. También ofertamos productos especializados en salud sexual y reproductiva. Esos recursos nos permiten sostener infraestructura, talento humano, tecnología e innovación, y también conservar la capacidad de llegar a lugares y poblaciones a los que, muchas veces, la oferta, por sí sola, no llega.
A ese esfuerzo se suma la cooperación internacional, que ha sido una aliada fundamental. Gracias a ella hemos podido trabajar con niñas, niños y adolescentes, población migrante, personas con discapacidad, comunidades LGBTIQ+ y muchas otras poblaciones que enfrentan mayores barreras.
Para mí, la sostenibilidad significa poder estar aquí mañana. Poder innovar cuando surge una nueva necesidad, responder cuando una comunidad nos necesita y conservar la independencia técnica para defender lo que indican la evidencia y los derechos, incluso cuando no sea una posición popular. Después de 60 años, Colombia sigue necesitando una organización como Profamilia: sólida técnicamente, responsable financieramente, independiente, capaz de cambiar cuando el país cambia y, sobre todo, cercana a las personas.
Colombia ha avanzado en materia de derechos sexuales y reproductivos. ¿Cuáles siguen siendo los principales desafíos y qué falta por cambiar para que estos derechos puedan ejercerse plenamente?
M.R.: Este es quizá uno de los temas que más me preocupan. Colombia tiene un marco normativo muy avanzado. Hemos conquistado derechos importantísimos. Pero entre lo que establece una sentencia, una ley o una política pública y lo que una persona vive al intentar ejercer ese derecho todavía puede haber una distancia enorme. Ahí está una de las grandes tareas. Los derechos no se garantizan solo porque estén escritos. Necesitan instituciones que los hagan posibles, presupuesto, servicios, profesionales capacitados, educación, información y voluntad para implementarlos.
Pensemos, por ejemplo, en la prohibición del matrimonio infantil y de las uniones tempranas. Colombia dio un paso histórico al afirmar que ninguna niña debería ver condicionado su futuro por una unión que comprometa su autonomía. Pero la ley, por sí sola, no evita que una niña termine en esa situación. Para eso necesitamos prevención, educación, protección y oportunidades reales. Necesitamos que una niña pueda estudiar, crecer, soñar y decidir sobre su futuro.
Y hay otro desafío que para mí es igual de importante: proteger lo que hemos avanzado. A veces pensamos que los derechos conquistados quedan garantizados para siempre, pero la historia demuestra que no siempre es así. Todavía existen sectores que quieren llevar la conversación sobre la sexualidad al terreno de las creencias personales o morales. Yo respeto profundamente que cada persona tenga las suyas. Lo que no podemos hacer es convertir una creencia particular en la base de las decisiones de salud pública que afectan a millones de personas.
La salud sexual y reproductiva debe abordarse desde la evidencia científica, el conocimiento médico, los derechos humanos y la realidad de las personas. Y también tenemos que atrevernos a hablar de algo que a veces ni nosotros mismos mencionamos lo suficiente: la sexualidad. No solamente de reproducción, anticoncepción, embarazo o enfermedad. También de bienestar, afectos, relaciones, consentimiento, placer, diversidad y autonomía.
Después de 61 años acompañando las transformaciones del país, ¿qué le gustaría que cambiara en Colombia durante la próxima década y qué papel quiere que desempeñe Profamilia en ese futuro?
M.R.: Me gustaría vivir en una Colombia que no le tuviera miedo a la diferencia. Una sociedad democrática no es aquella en la que todos pensamos igual. Es aquella en la que podemos reconocer nuestras diferencias y, aun así, construir acuerdos alrededor de algo básico: la dignidad de las personas. Quisiera una Colombia en la que una niña pueda imaginar su futuro sin que la violencia, un embarazo temprano o una unión forzada decidan por ella. En la que una mujer pueda tomar decisiones sobre su cuerpo sin miedo ni estigma. En la que los jóvenes tengan información para vivir su sexualidad de manera responsable, libre y segura. En la que una persona LGBTIQ+ pueda acudir a un servicio de salud sabiendo que será tratada con respeto. Y en la que vivir lejos de una gran ciudad no signifique tener menos derechos.
Para Profamilia los próximos años implican seguir transformándonos. Tenemos que anticiparnos a los cambios sociales y demográficos, pero también a nuevas necesidades de salud: una población que envejece, mujeres que vivirán décadas después de la menopausia, hombres que empiezan a hablar de su salud sexual de otra manera y enfermedades, como el cáncer de cuello uterino, frente a las cuales sabemos que la prevención puede cambiar una vida. También tendremos que aprovechar mejor la tecnología, encontrar nuevas formas de llegar a las personas, fortalecer nuestra sostenibilidad y construir alianzas más amplias.
Hay algo, sin embargo, que no debería cambiar. Profamilia nació para acompañar a las personas en decisiones profundamente personales y para ampliar su capacidad de decidir sobre sus propias vidas. Sesenta años después, esa sigue siendo nuestra razón de ser. A veces nos tocará incomodar, hacer preguntas difíciles y defender posiciones que no siempre son populares. Pero si están sustentadas en evidencia y protegen los derechos de las personas, ese también es nuestro papel. Y, sobre todo, queremos seguir cerca de la gente. Que los derechos no se queden en una promesa, sino que se puedan vivir de verdad. Para mí, eso es Profamilia.
*Contenido elaborado con el apoyo de Profamilia
