Entre sus 14 libros publicados están Fútbol y patria (2002) y Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios (2014). Ahora le suma La historia mínima del fútbol en América Latina. A Alabarces se le considera uno de los fundadores de la sociología del deporte latinoamericano.

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Foto: Josefina Tomassi
SEMANA: A raíz del Mundial, hoy todos hablan del fenómeno Francia y Bélgica, de las migraciones, de las colonizaciones... ¿En América Latina cómo fue el proceso?
PABLO ALABARCES: La migración está al comienzo de la historia del fútbol en América Latina porque el fútbol procede de Inglaterra y de Escocia. Incluso si se habla de ‘migración’ de África en América Latina la esclavitud está antes del desarrollo del fútbol y los afrodescendientes se integran rápidamente al deporte. En cambio, en Europa, la migración desde ese continente aparece en el siglo XX y XXI y no estaría en el origen de su fútbol.
Su presencia en el fútbol es tan vieja como el racismo en nuestras sociedades, no se puede suponer que haya futboles –como dicen los mexicanos- integrados, democráticos, étnicamente igualitarios en sociedades que siguen siendo profundamente racistas.
SEMANA: Si el fútbol latinoamericano nace con la llegada de los ingleses, una misma raíz, por qué juegan tan distinto Uruguay y Brasil, o Paraguay y Perú...
P.A.: Las transformaciones que se producen, en lo que se llama estilos nacionales, son difíciles de rastrear. Hay cierta hipótesis que dice que la influencia de los escoceses se ve en el predominio del pase corto (Argentina) frente al pase largo de los ingleses (Uruguay). Los brasileños insisten en que su país hay una diferencia que tendría que ver con los afrodescendientes y prácticas de ellos como la capoeira, la danza, la música, la rítmica... Pero con el resto no se puede decir que Bolivia juega distinto por culpa del altiplano y Paraguay por culpa del calor o de la humedad.
SEMANA: Si el fútbol, como se dice, era de élite ¿por qué se populariza en América Latina?
P.A.: La popularización se produce a través de las fábricas, las iglesias y las escuelas. Los marineros y especialmente los oficiales de los buques británicos que navegaban con frecuencia hacia América Latina habrían sido otros de los portadores: sin buques que trasladaran la práctica, sin obreros que reprodujeran esas prácticas, el fútbol podría haber existido, pero no popularizado.

Los legendarios jugadores de Millonarios Rossi, Di Stéfano y Pedernera, en la época de El Dorado del fútbol colombiano.
SEMANA: ¿Pero cómo se consolidó?
P.A.: Por imitación, control y disciplina. Al tiempo, en el siglo XX, dentro de las prácticas populares y la cultura de masas, tanto el deportista como el actor aparecen como formas del ascenso social porque su éxito depende del talento. Esto ya es muy claro en los años treinta. Leo Lowenthal, un alemán exiliado en Estados Unidos, decía que los grandes héroes de la cultura de masas habían pasado a ser los deportistas y los artistas.
SEMANA: Cuando habla de control y disciplina, ¿habla de la Iglesia y los militares? Usted afirma, por ejemplo, que un militar estadounidense, Henry Rowan Lemly, es el precursor del fútbol en Colombia.
P.A.: El caso de Henry Rowan Lemly en Colombia (1881) es fantástico. Si bien la contratación de militares extranjeros para entrenamiento de las fuerzas locales era muy frecuente, en general eran más ingleses o alemanes. La presencia de un norteamericano en la escuela de guerra de Bogotá es muy sorpresiva, más aún es que ese militar de una sociedad en la que todavía no existía el fútbol sea el que introduce el reglamento. Es un fenómeno absolutamente anómalo. Sin embargo, es muy notorio en Perú, donde los colegios militares presentan equipos de las primeras ligas y no tan frecuente en otros países de América Latina, que preferían para el entrenamiento de militares deportes como la gimnasia.
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SEMANA: ¿Y cuál es el papel de la Iglesia?
P.A.: Cuando una práctica se populariza, lo que viene después es que las instituciones de poder busquen la forma de transformar esos cuerpos populares en cuerpos dóciles, sujetos a la disciplina, es decir, tratar de reducir su autonomía; una autonomía que pasaba por la disipación: el tabaco, el sexo, el alcohol, la danza, la fiesta, etcétera. Entonces las Iglesias proponen que el deporte sea una forma de regular esos cuerpos.
SEMANA: ¿Qué tan politizado está el fútbol en América Latina? Durante el Mundial se decía que fútbol y política no se deben mezclar.
P.A.: Esa es una vieja insistencia purista, el único problema es que esta asociación se proyecta desde comienzos del siglo XX cuando aparece el deseo de popularidad: se cree en una suerte de transferencia mágica del deporte hacia la política. Y en general es una ilusión de las clases políticas latinoamericanas, una creencia fuertísima según la cual esto va a ocurrir aunque está probado que no ocurre; lo que se transfiere es cierta visibilidad.

Uruguay, en plena vuelta olímpica, tras ganar la medallade oro en los Juegos Olímpicos de París, en 1924
SEMANA: ¿Cómo explicar, como ocurre en Colombia, que en América Latina haya racismo en el fútbol?
P.A.: Su presencia en el fútbol es tan vieja como el racismo en nuestras sociedades, no se puede suponer que haya futboles –como dicen los mexicanos- integrados, democráticos, étnicamente igualitarios en sociedades que siguen siendo profundamente racistas. Hay una presencia afrodescendiente mucho más fuerte en el deporte justamente porque es un dominio de las clases populares, lo cual no significa que pasen a ocupar espacios de poder o de decisión. Si la sociedad es racista, no puede no serlo dentro del estadio.
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SEMANA: Dice usted que el fútbol puede marcar barreras raciales o étnicas, ¿por qué?
P.A.: No, el fútbol no marca aquellas que ya existen en la sociedad, las dibuja de otra manera. Presuntamente se democratiza con la aceptación de los jugadores afrodescendientes, especialmente después del éxito de Brasil en el Mundial de 1958. Y esto no significa que esa aceptación, integración y reconocimiento aparezca también en el plano de lo social. El fútbol deja ver esas diferencias de otra manera a las que se ven en las sociedades.
La mayor o menor presencia del fútbol no ha tenido ningún tipo de influencia sobre la mayor o menor calidad de las revueltas populares a lo largo y ancho del continente.
SEMANA: ¿Pero qué ocurre en Chile, en México y en Argentina?
P.A.: En esos países tiene que ver la organización étnica de la sociedad. En Argentina hubo una presencia menor de la esclavitud, fundamentalmente doméstica, porque no había grandes plantaciones, como sí ocurrió en Brasil. México es la sociedad con mayor presencia indígena y, sin embargo, los pueblos originarios han aparecido muy poco en el fútbol. Sí han aparecido en Perú en los años sesenta y ahora en Bolivia, donde inclusive hay un fenómeno de fútbol etnificado, con las poblaciones quechua hablantes. En Honduras hay un gran fenómeno: es una sociedad que se reconoce a sí misma como mestiza, pero su selección de fútbol es mayoritariamente afrodescendiente.
SEMANA: Maturana decía que “se juega como se vive” y hablaba de identidad. ¿Cree en eso?
P.A.: Más que de Maturana es del argentino César Luis Menotti y se extendió a través de discípulos e imitadores por el resto del continente, que intentan darle al fútbol una dignidad ‘letrada’ e intelectual. Pero es una falacia, no se juega como se vive, se juega como se puede y además hay que preguntarse siempre quién juega, en qué momento, en dónde. Además, si se trata de hombres o mujeres. Esa afirmación es muy androcéntrica. “Se juega como vivo yo”, sería la traducción más sencilla de eso.
Escuche a Pablo Alabarces hablar de cómo llegó el fútbol a América Latina:
SEMANA: ¿Con cuál idea se queda? ¿Fútbol “opio del pueblo” (“más fútbol, menos revueltas”) o con la noción de que el fútbol es la “democracia imaginada”?
P.A.: La mayor o menor presencia del fútbol no ha tenido ningún tipo de influencia sobre la mayor o menor calidad de las revueltas populares a lo largo y ancho del continente. El caso más visible es el argentino: cuando en 1967 el interventor de la asociación de fútbol, convocado por la dictadura militar, dijo esa frase, al año siguiente la Argentina había estallado en mil pedazos por las revoluciones populares y obreras. Yo me quedo más con esta idea de que el fútbol propone un horizonte democrático en el cual la desigualdad se produce por el mérito y el talento, porque fue mejor o peor jugando, y no por la herencia de clase. La etnia, el ser blanco y de clases altas no suele garantizar que será un buen jugador de fútbol, más bien todo lo contrario. No podemos creer que el fútbol resuelve en la realidad lo que la política, la sociedad, la economía, la cultura no hace.
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SEMANA: ¿Qué opina del triunfo de Francia y el énfasis en clasificarlo como equipo “africano”?
P.A.: Francia es un equipo europeo con una presencia enorme de migrantes. Y todo porque los hijos de migrantes, o los migrantes mismos, abastecen los centros de reclutamiento de jugadores jóvenes no porque sean per se mejores jugadores, sino porque son muchos y hacen parte de los sectores populares. No hay otra razón.
SEMANA: ¿Este título de Francia es ejemplo de una sociedad integrada?
P.A.: El caso es interesante por cómo las buenas políticas institucionales y deportivas integran etnias distintas. Pero esto no significa que la sociedad francesa sea más integrada. Ni el fútbol refleja la sociedad ni la sociedad refleja al fútbol, la sociedad se representa a sí misma y el fútbol también. La sociedad francesa no va a ser más democrática, más integrada o más feliz por el hecho de que los que triunfaron hayan sido jugadores africanos más algún migrante de España. No, eso no va a ocurrir.
Escuche a Pablo Alabarces hablar de la relación entre fútbol y política:
