Antes de Carlos y Diana de Gales este fue el primer enlace en merecer el pomposo mote de “la boda del siglo”. Es el cuento de hadas moderno original. En la historia reciente hasta ese momento, no se había visto que un monarca desposara a una mujer que no fuera de sangre real o noble. Los príncipes se casaban con princesas y punto.

En 1956, Rainiero III rompía con esas ataduras al llevar al altar a una de las más lindas y aplaudidas de la pantalla. Hoy no suena raro, pero entonces tal mezcla tenía un cariz impropio. “Muchas estrellas de cine” objetaron los Windsor para no asistir y con ellos las demás casas reales importantes.
Cuando se analiza a fondo esa ruptura con los convencionalismos se agrieta la fábula. Entre las monarquías, los Grimaldi de Mónaco son los menos emparentados con sus pares, pues los royals recelaban casar a sus hijas con unos soberanos que le debían su riqueza al juego, concretamente al célebre Casino de Monte Carlo, en donde muchos reyes dejaron fortunas y se entregaban a la lujuria.
Había otra objeción en el origen de Rainiero. Su abuelo Louis II, entrado en años, carecía de un heredero varón legítimo, un peligro, pues, por un tratado, si el linaje se agotaba, Francia absorbía a Mónaco. Para asegurar la sucesión, el monarca se saltó las normas sociales y religiosas reconociendo en 1919 a Charlotte, la hija ilegítima que tuvo con Marie Juliette Louvet, una cantante de cabaret (este clan ama a las artistas), la nombró su heredera y la casó con el conde Pierre de Polignac.

De la unión nació Rainiero, a quien su madre le cedió sus derechos para que subiera al trono en 1949. Rainiero recibió un Mónaco en bancarrota. Le tocaba dejar su vida de playboy y sentar cabeza para arreglarlo. La primera candidata para esposa fue Gisèlle Pascal, otra artista. Pero las intrigas de Antoinette, hermana del príncipe, arruinaron el romance y Rainiero buscó a una luminaria de la meca del cine que pusiera al principado en el foco.
En 1955 un periodista de Paris Match aprovechó que la ganadora del Óscar de ese año, Grace Kelly, estaba en el Festival de Cannes y organizó una cita con Rainiero en palacio. Hubo flechazo. En diciembre él pedía la mano a su padre, Jack Kelly, quien pagó una dote equivalente a 24 millones de dólares de hoy.
Tras la esplendorosa boda, el 19 de abril de 1956, Grace revivió al principado. La pareja se inventó toda suerte de eventos culturales, deportivos y sociales para atraer turistas e inversionistas. Lo lograron, pero, a los 20 años, el matrimonio hacía aguas. La causa, contaba la princesa, fue el ansia de dinero de su marido.
Su alteza serenísima hizo que Gwen Robyns sacara de la biografía que le escribió sus amores en Hollywood con hombres casados como el actor Ray Milland, además de Clark Gable y Oleg Cassini. Ella era una madre católica, le explicó, y eso no era buen ejemplo para sus hijas, Carolina y Estefanía.
Además, Rainiero no lo sabía. Mientras la prensa los pintaba como la pareja modelo, el príncipe vivía celoso de que ella lo sobrepasara en fama. Le hacía desplantes y la ridiculizaba en público. Además, tenía mujeres y era cliente de prostíbulos en París. Grace luchaba con el sobrepeso, el alcohol y la rebeldía de sus hijas.
Robert Lacey, autor de su biografía más indiscreta, contó que en la élite se hablaba de los “toy boys” de Grace, pues prefería a los amantes jóvenes. Uno de ellos fue Robert Dornhelm. Lo conoció cuando tenía 46 años y él 30, trabajando juntos en un documental. Philippe Junot, primer marido de Carolina, contaba que muchas veces salieron juntos como dos parejas. Robyns, quien se hizo amiga de la princesa, recordó que cuando iba de paseo con ellos, los tórtolos gozaban de momentos a solas en las montañas y regresaban con la ropa desarreglada y ruborizados.

Su otro “toy boy” era Jim McMullen, de 28, un elegante restaurador de Nueva York, donde iban a bailar a Studio 54. En 1980 conoció volando en el Concorde a Jeffory Martin Fitzgerald, de 29. Él solo la identificó tras hablar largamente y preguntarle dónde vivía. Desde entonces siguieron viéndose en la Gran Manzana. Llegó un momento en que tenía amoríos simultáneos con los tres. Para evitar el escándalo, los camuflaba entre grandes grupos de amigos, pero frente a los más cercanos no disimulaba.
A comienzos de los ochenta Rainiero estaba más dócil y se volvieron grandes amigos. La princesa retornó a los escenarios. La armonía que experimentaba no habría presagiado el accidente de tráfico que la mató en 1982. Conducía, terriblemente como siempre, por las mismas colinas del principado donde rodó con Cary Grant una de las escenas más memorables de su filmografía: Para atrapar al ladrón.
