Por: Diego Trujillo
Hace seiscientos años, Petrarca, el precursor italiano del humanismo, mencionaba en alguno de sus apuntes que si un millar de personas se enfermaran y la mitad de estas fueran puestas en manos de los médicos, abandonando a su suerte al resto, estos últimos tendrían muchas más probabilidades de sanar.
Y no es de extrañarse en una época en que ni siquiera había tratados de anatomía y los reyes tenían poderes curativos; al ser coronados adquirían de ñapa y por la gracia de Dios, la unción real, que les permitía curar con la simple imposición de manos. Fueron tan populares estas prácticas que llegaron a establecerse especialidades por cada rey. La especialidad del rey de Hungría era la ictericia, la del rey de España la locura, las de los reyes de Francia e Inglaterra la escrófula y la epilepsia.
Por suerte la medicina algo ha avanzado desde aquellos tiempos lejanos y hoy podemos decir que esa misma ecuación a la que aludía Petrarca funciona a la inversa. Hoy, cuando la pandemia nos hace evidente la fragilidad de la vida, el desarrollo de la ciencia y el profesionalismo de los médicos actúan como contrapeso para evitar lo que podría haber sido una tragedia comparable, por ejemplo, a la devastación sin precedentes que produjo la peste negra.
Los médicos trabajan en la frontera entre la vida y la muerte y esto, aparte de hacerlos inmensamente prestigiosos, les exige una férrea e inquebrantable vocación que sitúa por encima de cualquier interés, incluso de sus propias vidas, el bienestar de sus pacientes.
Ellos nacen así, signados para siempre. Tal es el caso de mi hermano menor cuya vocación se manifestó con una claridad pasmosa desde la infancia. Mientras los demás niños jugábamos a la pelota, él se las ingeniaba para conseguir bolsas de suero con sus cánulas, jeringas hipodérmicas, o termómetros, que usaba para inventar sus propios juegos de consulta y diagnostico con las muñecas de mi hermana.
Tal es la naturaleza del verdadero galeno, en un tiempo en que abundan los teguas, matasanos, esteticistas promotores de la eterna juventud y toda clase de farsantes. El gran médico está tal vez más cerca de la magia; posee un don inexplicable que se aparta de la razón, y que le permite saber qué aqueja a su paciente solo con mirarlo. Eso recuerdo yo del médico de mi familia.
El doctor Valencia venía a mi casa cuando estaba enfermo, se sentaba a mi lado en la cama, ponía su maletín de cuero negro en el piso y antes de sacar cualquier instrumento se ponía a charlar conmigo. Me preguntaba cosas del colegio mientras me tomaba el pulso y oía con total interés todo lo que yo le contaba.
A veces con solo mirarme sabía qué tenía y en medio de chistes me alentaba a pararme de la cama. Él decía que hay una red que une el cielo con la tierra y a todos los seres vivos y que cuando enfermamos es porque alguna parte de esa gran red se ha desconectado. Su presencia y sus palabras por lo general eran suficientes para restablecer la conexión a esa red invisible.
Decía Hipócrates que “Hay que confiar en la naturaleza. Junto al lecho del enfermo hay que observar atentamente cómo actúa, y hay que ayudarla, nunca estorbarla. El médico debe ser el ayudante de la naturaleza y no su maestro.”
Mientras escribo esto, miles de personas se debaten entre la vida y la muerte mientras atravesamos el momento más crítico de la pandemia y cientos de médicos hacen cuanto pueden para salvarlos poniendo en riesgo sus propias vidas, fieles a esa vocación suprema. Mi inmenso agradecimiento para todos ellos.
