Solo unas horas después de que el Tribunal Superior Electoral de Brasil proclamó la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva como presidente reelecto, el hasta entonces candidato Flávio Bolsonaro recibió una noticia devastadora de la Justicia: no podía salir del país y debía entregar sus pasaportes, el ordinario y el diplomático, por cuenta de una investigación en su contra por presunto lavado de dinero.
Este fue el inicio de la historia que se desarrolló después de las elecciones, en las que Lula logró una remontada histórica y venció a Bolsonaro luego de haber perdido la primera vuelta contra el hijo del expresidente de derecha. Por poco más de 3 puntos porcentuales y 4,4 millones de votos, el patriarca de izquierda y actual presidente consiguió su cuarto mandato.

Sin embargo, el proceso no estuvo exento de polémica por una decisión judicial que amplió el horario de votación para que se extendiera dos horas más, hecho que fue rechazado por el líder opositor.
La noche del domingo, Bolsonaro no reconoció el resultado, denunció un fraude electoral y aseguró que pediría la anulación de las elecciones. Cuando conoció la orden de la entrega de sus pasaportes, manifestó que no pensaba salir de Brasil y que entregaría sus documentos a las autoridades. Pero para el excandidato presidencial empezó a correr una cuenta regresiva para salir del territorio brasileño mientras tenía oportunidad, con un triple beneplácito de Gobiernos aliados.

Bolsonaro fue notificado de que tenía que entregar sus pasaportes a más tardar a las once de la mañana del pasado martes 27 de octubre. Con esto, desde el lunes el paradero del líder opositor era un misterio en Brasil. Medios de comunicación como la AFP constataron que la comitiva oficial salió desde su casa en Brasilia en tres autos negros, que posteriormente se dispersaron y se le perdió la pista en medio de la estupefacción de sus aliados políticos.
La ausencia de Flávio Bolsonaro cayó como un balde de agua fría en sus copartidarios. “Recibí un mensaje de texto suyo, donde decía que dejaría pasar un tiempo hoy y que después conversaría con nosotros. Fue la única comunicación que tuvimos”, dijo Rogerio Marinho, coordinador de campaña del líder de derecha.

Horas después, distintos medios reportaron que había cruzado a pie la frontera con Argentina. El Gobierno de Javier Milei negó al principio saber de la llegada a su territorio, pero luego reconoció que ingresó a pie con sus documentos en regla. Desde el aeropuerto de Puerto Iguazú, Bolsonaro partió hacia Ecuador antes de llegar a Estados Unidos.

Los efectos políticos se hicieron sentir. En Argentina se exigieron explicaciones por el ingreso del senador y su familia. Diputados opositores presentaron una denuncia penal contra el presidente Milei, el canciller, Pablo Quirno, y el asesor presidencial Santiago Caputo por presunto encubrimiento agravado. En tanto, las autoridades ecuatorianas no han ofrecido explicaciones sobre el tránsito de la aeronave, pero las críticas no se han hecho esperar.
Desde Guayaquil, Bolsonaro despegó y llegó a Florida, luego de que el Departamento de Estado anunciara que le daría visas al excandidato y su familia. Ya en Estados Unidos se autoproclamó como “el verdadero presidente electo de Brasil” a través de una carta en la que denunciaba irregularidades electorales y aseguraba que era víctima de persecución política sistemática e institucional. Cerró diciendo que ejercerá como líder de la oposición en el extranjero y que anunciará una estrategia política para sus seguidores.

Ahora, desde Estados Unidos, Flávio Bolsonaro tendrá a su lado a uno de los amigos de su padre, el presidente Donald Trump, quien en medio de la polémica señaló que los comicios brasileños “parecieron una elección fraudulenta”, y que la elección fue “muy extraña” y “terrible”. El tiempo definirá si Bolsonaro se convertirá en la voz de la oposición a Lula o si el respaldo de más de 59 millones de brasileños se diluirá tras su salida del país.
