SEMANA: Usted escribió un libro con un título muy sugestivo en estos tiempos: Charlatanes. ¿A quiénes se refiere?
Moises Naím (M. N.): Cuando hablo de charlatanes no me refiero únicamente a estafadores tradicionales, sino a personas que logran convencer a otros de actuar contra su propio interés. Son individuos que venden ilusiones: soluciones simples a problemas complejos, promesas imposibles o verdades distorsionadas. Están en la política, en los negocios, en la salud y, cada vez más, en el mundo digital. Lo verdaderamente novedoso no es su existencia, sino el alcance y el poder que han adquirido hoy.
SEMANA: Explica en su libro que los ‘engañados’ participan activamente, casi felices, en su propia explotación. ¿Cómo se da eso?
M. N.: Porque los charlatanes no imponen, seducen. Apelan a deseos muy profundos: prosperidad rápida, reconocimiento, pertenencia, certezas en un mundo incierto. Cuando alguien nos promete eso de manera convincente, bajamos nuestras defensas, la gente no siente que está siendo engañada, sino que está tomando una oportunidad.
SEMANA: En su libro usted menciona que hoy estos personajes logran un número de víctimas enorme, algo antes imposible. ¿Internet nos deja más expuestos?
M. N.: Sin duda. Internet es el gran amplificador de nuestro tiempo. Antes un charlatán tenía un alcance limitado; hoy puede influir sobre millones de personas en cuestión de horas. Las redes sociales permiten crear comunidades cerradas, reforzar creencias y amplificar mensajes emocionales, esto ha creado un entorno ideal para su expansión.

SEMANA: ¿A qué se refieren cuando hablan de la epidemia de la soledad y de la intimidad en masa que se vive hoy?
M. N.: Vivimos una paradoja: estamos hiperconectados, pero cada vez más solos. Esa combinación hace a las personas más vulnerables a discursos que ofrecen comunidad, identidad y sentido. Los charlatanes llenan ese vacío emocional.
SEMANA: Voy a un caso obligado: Donald Trump. ¿Qué lo hace charlatán?
M. N.: Más que una persona específica, lo relevante es el fenómeno que representa. Un charlatán político convierte la política en espectáculo, simplifica problemas complejos y establece una conexión emocional directa con sus seguidores, muchas veces por encima de los hechos y de las instituciones.
SEMANA: Usted dice que por primera vez un charlatán puro llegó a ser el hombre más poderoso del mundo. ¿Cómo fue posible?
M. N.: Fue resultado de múltiples factores: desconfianza en las élites, polarización, cambios económicos profundos y un ecosistema mediático que premia la confrontación y la emoción. Los charlatanes prosperan cuando las instituciones pierden credibilidad.

SEMANA: ¿Por qué tantos le tienen una fe casi ciega?
M. N.: Porque deja de ser percibido como un político y pasa a ser un símbolo. Representa identidad, pertenencia y una forma de rebeldía frente al sistema. En esos casos, la evaluación racional pierde peso frente a la lealtad emocional.
SEMANA: ¿Tiene algo “bueno” ser charlatán en política?
M. N.: Es peligroso romantizarlo. Algunos pueden movilizar energías o romper inercias, pero los costos suelen ser altos: debilitamiento institucional, polarización y decisiones basadas más en emoción que en evidencia.
SEMANA: En el libro habla de técnicas de la derecha en Estados Unidos. ¿Cuáles han sido?
M. N.: Más que de un sector ideológico específico, se trata de herramientas que pueden ser utilizadas por distintos actores: polarización extrema, deslegitimación de expertos y medios, uso intensivo de redes sociales y narrativas que apelan a la emoción por encima de los datos.
SEMANA: ¿Y cuáles ha visto en la izquierda?
M. N.: Muchas de esas mismas estrategias aparecen también en movimientos de izquierda: promesas difíciles de cumplir, construcción de enemigos claros, apelación al resentimiento y simplificación de problemas complejos. La charlatanería no tiene ideología.
SEMANA: Usted habla de Berlusconi como otro ejemplo. ¿Por qué un personaje así puede terminar siendo aceptado e incluso celebrado?
M. N.: Porque logró algo fundamental: conectar emocionalmente con amplios sectores de la población. Cuando un líder así combina espectáculo, cercanía y algunos resultados, muchas personas tienden a relativizar sus fallas.

SEMANA: Usted afirma que lo sorprendente no es que haya tantos charlatanes en el poder, sino tan pocos. ¿Qué quiere decir con eso?
M. N.: Que las condiciones actuales favorecen su aparición: hay enormes incentivos en términos de poder, visibilidad y dinero. Lo realmente notable es que no haya muchos más.

SEMANA: Usted conoce bien Colombia. ¿Reconoce algún charlatán en el poder?
M. N.: Prefiero no centrarme en nombres propios. Este es un fenómeno global. Lo importante es entender las dinámicas que permiten que estos perfiles emerjan y prosperen en distintos países.
SEMANA: Nuestras últimas elecciones mostraron la llegada de influencers a la política. ¿Es parte del fenómeno?
M. N.: Sí, claramente. Las redes sociales han reducido las barreras de entrada a la política. Eso puede ser positivo en términos de participación, pero también facilita la llegada de figuras con gran visibilidad y poca experiencia que pueden apoyarse en mensajes simplificados.

SEMANA: ¿Ve rasgos de charlatanería en las campañas presidenciales?
M. N.: En mayor o menor medida, en casi todas. Las campañas son un terreno fértil para la exageración, la promesa fácil y la apelación emocional. La diferencia está en cuánto dominan esos elementos sobre el debate serio.
