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“No confío en nadie”: hombre que estuvo preso 43 años por un crimen que no cometió

Kevin Strickland fue juzgado a cadena perpetua a finales de la década de los años 70 tras ser acusado de un triple homicidio en EE. UU. Una vez liberado, dice que ya no sabe hablar con “gente normal”.

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7 de diciembre de 2021 a las 6:32 p. m.
La cárcel le dejó fuertes secuelas en su comportamiento humano y psicológico
La cárcel le dejó fuertes secuelas en su comportamiento humano y psicológico Foto: ESTEBAN VEGA LA ROTTA

Un viejo adagio popular dicta que “las cárceles están llenas de inocentes”. Y aunque es una frase que busca burlarse de las excusas de algunos presos para justificar sus delitos, lo cierto es que hay casos en los que realmente “justos pagan por pecadores”.

Sin embargo, hay ocasiones en que estos “justos” deben pagar incluso toda la vida por pecados que no cometieron. Una historia que ejemplifica perfecto esta situación es la de Kevin Strickland, un hombre de 62 años que pasó los últimos 43 encerrado en prisión por un crimen que no cometió.

El 26 de abril de 1978 fue capturado por uniformados de la Policía de Kansas City, que lo acusaban de ser el principal sospechoso de un triple homicidio registrado en la noche del 25 de abril de ese año. Con 18 años, y en medio de un sinfín de vacíos legales, el hombre fue condenado a cadena perpetua por un crimen que, según se pudo demostrar décadas después, no cometió.

El pasado 2 de diciembre, Strickland concedió una entrevista al diario El País de España, en la que aseguró que, aunque injusta, su permanencia en la cárcel es la única vida que conoce y que al salir de prisión se encontró con un mundo que simplemente no puede reconocer.

“Sé que estoy despierto, pero no dejo de pensar que alguien me va a zarandear y decirme que no, que estoy soñando, que me han tomado el pelo, que sigo en prisión”, relata esta víctima del sistema judicial estadounidense, asegurando que siente pena al hablar con las personas fuera de prisión, pues, según dice sentir, no sabe hablar con “gente normal”, ya que se crió “entre animales”.

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Si vivir en prisión es saber, por supuesto, que se tendrá un alejamiento total de la sociedad, el caso de Strickland es particular, ya que además de su condición de reo el hombre decidió por sí mismo que lo mejor era abstenerse de un acercamiento mínimo con el país y el mundo que lo alejó.

Así, mientras que otros presos se mostraban interesados en revistas o periódicos que los mantuvieran informados de lo que ocurría afuera de las cuatro paredes en las que vivían, Kevin tomó una elección de vida que lo encerró más allá de lo que podía contener la prisión.

“Necesitaba desconectarme del mundo exterior para no sufrir, sobre todo evitaba ver la publicidad, todas esas cosas que yo jamás podría tener, me dolía demasiado”, explica.

De esta forma, los sucesos que conmovieron y sacudieron al mundo durante las más de cuatro décadas que estuvo en la cárcel no tuvieron ningún impacto en su diario vivir, pues en muchos casos ni siquiera tuvo conocimiento de los mismos en el momento exacto en que ocurrieron.

Por otra parte, asegura que no le gusta tener relación alguna con desconocidos, pues la desconfianza de la cárcel es algo que, cree, necesitará de mucho tiempo para ser superada, aunque duda que los años que le quedan sean suficientes para volver a confiar en otras personas.

“Si ahora uno de ustedes se desmayase aquí mismo, en esta habitación, yo saldría de aquí sin ponerle la mano encima. Tendría miedo de que me culpen de algo”, manifestó.

De hecho, recordó una historia ocurrida en prisión, de cuando le lanzaron una pesa contra la cabeza con el fin de asesinarlo. Según su relato, tras el incidente prefirió no alzar la cabeza y buscar a su agresor, por miedo a que el problema se acrecentara aún más.

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El silencio y la soledad fueron sus elecciones y las usó hasta el último día que estuvo en prisión, el pasado 23 de noviembre, para poder sobrevivir.

Ahora, lo único que quiere es viajar y vivir lejos del ruido de las grandes ciudades. Dice no tener tiempo para los odios o las revanchas. Los 43 años que estuvo en prisión lo han llevado a ver la vida como un corto período en que la búsqueda de la paz y la felicidad deben ser el objetivo primario.