violencia

Adiós a Gonzalo Cardona, el guardián de los loros 

Este líder ambiental, de origen campesino, que lideró la protección del loro orejiamarillo, fue asesinado hace ocho días y aún se desconocen los motivos. Colombia es uno de los países donde más se persigue a los defensores de los recursos naturales.


Gonzalo Cardona Molina era un campesino de Roncesvalles, Tolima, que se hizo conocido por proteger al loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis), un proyecto que empezó en su pueblo natal y que convocó a distintas autoridades ambientales, pues hacia 1990 la especie –que solo existe en Colombia– estaba a punto de desaparecer.

Cardona Molina, que había sido reportado como desaparecido desde el 8 de enero, fue hallado al lado de una quebrada, semidesnudo y con dos disparos en el pecho. Todos se sorprendieron por el asesinato de Gonzalo, un hombre que solo se dedicaba a la conservación del medioambiente y se desempeñaba como coordinador de la Reserva ProAves Loros Andinos. Aunque pareciera un hecho aislado, Colombia es el país más inseguro para los defensores de la naturaleza. Según la oenegé británica Global Witness, de los 212 defensores de la tierra y del medioambiente que fueron asesinados en 2019 en el mundo, 64 eran colombianos.

En el caso de Gonzalo, sus asesinos acabaron de un tajo con más de dos décadas en las que se dedicó al cuidado del loro orejiamarillo, evitando que los cazaran para venderlos como fauna de entretenimiento doméstico. Además, se opuso a la destrucción del hábitat de esta ave. “Desde que escuchó hablar del proyecto le atrajo la idea de conservar y se comprometió de tiempo completo”, dice Alex Cortés, director de Estrategias de Conservación de ProAves y quien vio su proceso desde el momento en que Gonzalo se vinculó a la fundación; lo define como una persona con un liderazgo natural y una inteligencia que lo desbordaba. 

Al segundo año de haber comenzado el proyecto, a finales de la década de los noventa, ya mostraba una habilidad notable para encontrar y contar loros, además empezó a conocer la especie como ningún otro. Quizá una de sus fortalezas en la labor de conservación fue que nunca se desligó de su vida campesina, no adquirió lenguaje académico ni tecnicismos, y las comunidades próximas al hábitat del loro lo encontraban cercano y aprendían de él. 

Cuando inició el proceso de protección, en la cordillera Central de Roncesvalles, apenas se contabilizaban 81 loros, pero en diciembre del año pasado había dado un enorme salto a 2.895 ejemplares. “Su trabajo tomó trascendencia nacional porque en diferentes lugares del país se han identificado muchos individuos, incluso algunos han migrado a Ecuador, en donde esta especie estaba extinta”, dice Cortés, para quien la semilla sembrada por este hombre sensible, que se dedicó en cuerpo y alma al proyecto, salvó a una especie que estuvo a punto de desaparecer.

Si bien fueron muchos sueños cumplidos, otros quedaron truncados. Gonzalo había empezado el trabajo para conservar la cotorra coroniazul, otra especie de loro endémica de la cordillera Central y de la cual no hay muchos ejemplares ni información. Otro de sus planes era tener su propio vivero de palma de cera, una especie que se encuentra en un estado lamentable de preservación.

El legado de este campesino pacifista se verá plasmado en cada loro, que ubicado en las ramas de una palma de cera, mostrará que la vida se impone sobre la muerte, pues como Gonzalo hay cientos de hombres y mujeres en las montañas decididos a continuar desarrollando iniciativas para conservar la fauna y la flora en el país más biodiverso del mundo.