Hay una completa entrega del fondo a cambio de las formas. Los candidatos, casi sin excepción, están más interesados en las encuestas, los clics o seguidores que puedan atrapar en sus redes sociales, con la esperanza de convertirlos en votos, que en sus propuestas.
A menos de cuatro meses de las elecciones presidenciales, no es fácil hallar un documento estructurado de algún candidato sobre la problemática del país y las soluciones que ofrece. La mayoría de sus contenidos son videos cortos, fotografías casuales y trinos de unas pocas palabras.

El ritmo frenético de las redes sociales y las nuevas tecnologías está marcando la dinámica del debate político, más que el clamor de un país con problemas críticos por resolver, como la pobreza, el narcotráfico, la corrupción, la inseguridad o el desempleo. La de hoy es una campaña de emociones.
La competencia de otros tiempos por tener más adeptos a ideas propias o a propuestas de políticas públicas se convirtió en una carrera por la captura de likes, que dirigen jóvenes expertos en algoritmos. Las nuevas plazas públicas TikTok, Instagram, Twitter, WhatsApp y Facebook se volvieron fábricas de opinión en caliente, movidas no por las propuestas, sino por los videos más atrevidos que llegan al ridículo.

El fenómeno ni es absolutamente nuevo ni es único de Colombia. Es antiguo y es global, solo que los colombianos lo ven más grave ahora por la proximidad de las elecciones. La democracia más madura del mundo, Estados Unidos, vivió experiencias extremas con Donald Trump.
En enero de 2016 lideraba todas las encuestas sobre intención de voto y en una concentración realizada en Sioux, Iowa, aseguró: “Tengo a la gente más leal. ¿Alguna vez han visto algo así? Podría pararme en la mitad de la Quinta Avenida y disparar a la gente y no perdería votantes”. Al terminar su mandato, alegando un fraude electoral que jamás pudo probar, pretendió quedarse por la fuerza en la Casa Blanca para un segundo periodo. CNN asegura que hay una probabilidad del 99 por ciento de que Trump se postule a la presidencia en 2024.
Más grave ser infiel que comprar votos
En el actual debate electoral colombiano, abundan los casos en que el torbellino de las emociones y los escándalos se han impuesto sobre el examen de los asuntos de fondo.

Después de una semana de conocidas las acusaciones de la exsenadora Aída Merlano contra el exalcalde de Barranquilla Alejandro Char y el contratista Julio Gerlein sobre los millones de pesos entregados a su campaña para comprar votos, algunos insisten en enfocar el debate sobre el romance que ella y el precandidato presidencial sostuvieron.
El problema no es si Merlano y Char fueron amantes, sino la práctica corrupta de los clanes del Atlántico, que durante décadas han alimentado la compra y venta de votos con recursos provenientes de la contratación pública. Char, acusado de entregar millonarios recursos a Merlano para la compra de votos en su carrera al Senado, lo único que ha dicho es que fue un “error” haber tenido esa relación sentimental.
De Char no se conocen sus propuestas sobre los grandes problemas del país. Lo suyo es el baile, el abrazo, la caminata y su cachucha como símbolo de poder.

SEMANA reveló este fin de semana en exclusiva un explosivo audio en el que Gerlein, en diálogo con Merlano, confirma que le dio 12.000 millones de pesos para su campaña. Tanto las acusaciones contra Char como contra Gerlein son tan contundentes que la justicia tendrá que abordarlas. Pero mientras eso ocurre el debate político inevitablemente tenderá hacia el señalamiento de la trama criminal de compra y venta de votos, que ha funcionado en ese departamento durante décadas.

La borrachera de Petro
El pasado martes apareció un video en el que se ve a Gustavo Petro borracho, en una manifestación pública en Girardot, frente a cientos de sus seguidores, culpándolos de su pobreza y su suerte por haber votado por Iván Duque y por el uribismo.
En su ebrio discurso, Petro muestra problemas para pronunciar algunas palabras, pero, aun así, sus seguidores lo aplauden a rabiar. “Es verdad que con el cansancio del viaje a Europa y el cambio de horario me cayó mal un trago que tomé antes del acto de Girardot, en una reunión previa. Le pido excusas a quienes asistieron al acto, que quise cumplir a pesar de mi cansancio”, fue toda su explicación.

Lo que se vio de inmediato en las redes sociales, sobre todo de sus partidarios, fue la plena justificación de dicho comportamiento. “Pues ojalá los tragos le cayeran a la gente así de bien”, trinó en seco la actriz Margarita Rosa de Francisco, su aliada incondicional.
Roy Barreras, candidato al Senado por el Pacto Histórico de Petro, también pidió toda consideración por el candidato. “Pido al equipo de @petrogustavo que no lo sometan a ese esfuerzo. El llamado “jet-lag” hace que en su cerebro sean las 3 am cuando aquí eran las 7 pm, súmenle 28 horas sin dormir y un trago hace estragos en la dicción. Sin embargo, oigan el discurso, claro, coherente, lúcido”, trinó.
Rodolfo Hernández, el candidato presidencial que figura segundo en la intención de voto, calificó el acto de Petro como “muy humano”. De ahí para abajo ha habido todo tipo de justificaciones. En las redes sociales abundaron opiniones exculpantes como “¡Quién no se ha emborrachado alguna vez!”, “¡Quién no ha llegado al trabajo o a la universidad pasado de tragos!”, “No es el primero que se pasa de copas”.

Por otro lado, no se observa una confrontación de ideas rigurosa entre contendores. Petro, por ejemplo, acaba de proponer que no se debe exportar más petróleo, pues solo quedan reservas para cerca de ocho años, y nadie le explicó que las reservas se aumentan en la medida en que aumente la exploración, y que el petróleo representa casi la mitad de los dólares que ingresan al país por exportaciones.
Rodolfo, el hombre de las emociones
Rodolfo Hernández, quien figura segundo en la intención de voto, no se ruboriza por defender sin ambages que lo suyo son “las emociones”. De hecho, uno de sus temas de discurso que lo tiene en los primeros lugares de la favorabilidad política es la promesa de “acabar con la ladronera dentro del Estado”. Pero jamás ha explicado cómo lo hará.
Hernández, por lo demás, está vinculado a un proceso de corrupción por hechos que la justicia investiga cuando era alcalde de Bucaramanga. La Fiscalía ya lo acusó por el presunto delito de interés indebido en la celebración de contratos con la empresa Vitalogic, en el que también está involucrado un hijo suyo.
El juez diez penal del circuito de Bucaramanga fijó para el próximo 18 de abril la diligencia en la que Hernández tendrá que presentarse a juicio. El candidato suele desmentir todo y repite de manera constante que “eso no existió”.

Consecuente con esa convicción de convertirse en el candidato de las emociones, este ingeniero civil, de 76 años, es el campeón de TikTok, la red social de origen chino dirigida a un público preferencialmente de entre 12 y 26 años. Fue el primero en llegar ahí.
En TikTok, Hernández hace show: canta, baila, sonríe constantemente en videos de un minuto y logra llegarle con un lenguaje no convencional a esta población. Sus contenidos ya superan los 2 millones de likes.
La danza de Zuluaga
Óscar Iván Zuluaga, candidato presidencial del Centro Democrático, quien ganó la primera vuelta presidencial en 2014 y fue reconocido como uno de los mejores ministros de Hacienda, también ha caído en el espectáculo de las formas en busca de votos.
Aunque a baja escala, es protagonista en TikTok, en la que ha presentado algunas propuestas, pero también ha animado con sus videos, su danza, agachándose y gritando ¡vamos a ganar! Y la historia de sus tenis rojos le ha merecido algunos reconocimientos, pero también muchas críticas.

A Zuluaga no le salió bien su paseo en automóvil por Cali hablando con el candidato al Senado por el Centro Democrático Daniel García Arizabaleta, sancionado por la Procuraduría por prácticas indebidas en la administración pública e investigado por sus vínculos con Odebrecht.
Pero lo que más le han cobrado es que haya dicho que si es presidente se tomará a Cali y mandará al alcalde, Jorge Iván Ospina, “pa la mierda”. Un presidente mandando “pa la mierda” a un alcalde elegido popularmente tiene un costo político.
Este es el ritmo de la campaña 2022 por el poder en Colombia, en la que la agenda la marcan las formas y no las ideas.
