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Falleció Porfirio Ramírez, el hombre que secuestró un avión en silla de ruedas

El conocido “aeropirata” murió esperando una indemnización tras quedar en situación de discapacidad en medio de un operativo de la Policía.


El 12 de septiembre de 2005, un hombre en silla de ruedas entró al aeropuerto de Florencia, Caquetá. Alegando su condición no pasó por los detectores de metales de la pequeña terminal aérea, esperó serenamente en sala y se subió -en compañía de uno de sus hijos- al avión de Aires H4030 que cubría la ruta Florencia-Bogotá.

En medio del vuelo, el hombre le aseguró a la azafata que tenía dos granadas en su pañal. La situación obligó a que el piloto de la aeronave, que transportaba 23 personas, se desviara de su ruta, diera varias vueltas en el aire y aterrizara en la base militar de Catam, en Bogotá.

Durante la emergencia se conoció que el hombre detrás de ese secuestro era Porfirio Ramírez Aldana, oriundo de Planadas, Tolima. Sin embargo, fue en Playa Rica, Caquetá, donde empezó a escribir su propia historia, pues compró una finca, tuvo ganado, una estación de gasolina, un billar, una residencia y una discoteca.

Tras 24 años, en medio del conflicto armado, fue desplazado por los paramilitares. De la noche a la mañana se quedó sin nada y, como si fuera poco, en medio de un operativo que adelantó la Policía Antinarcóticos el 2 de abril de 1991, en su vivienda buscando un supuesto cargamento de cocaína, Porfirio agarró su “fierro” para defenderse, lo que inició una terrible balacera que estuvo a punto de quitarle a sus tres hijos menores de edad.

Uno de los policías le disparó y la bala quedó alojada en su columna vertebral, dejándolo inmediatamente paralizado de la cintura para abajo. “Me pegaron el tiro y quedé de una vez tendido para siempre”, señaló Ramírez en una entrevista con el programa Los informantes en el año 2020.

Ese disparo marcó su desgracia y fue el fósforo que inició su reclamo de justicia ante el Estado, la angustiosa situación que, decía, lo llevó a planear durante varias noches la forma perfecta de llamar la atención del Gobierno en cabeza del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez y reclamar la indemnización que aseguraba le debía el Estado.

Regresando al secuestro, Porfirio empezó sus negociaciones con las autoridades. Dio el sí para que dejaran salir a las mujeres que tenían menores de brazos y así, poco a poco y uno a uno, hasta terminar con la liberación de los estadounidenses que estaban en el avión y la tripulación.

Entregó las granadas después de que le entregaran un documento de consignación con 100 millones de pesos. Después lo bajaron del avión con la promesa de que sería recibido por el ministro de Defensa Camilo Ospina y el presidente Álvaro Uribe Vélez. Acto seguido fue capturado, presentado ante los medios de comunicación totalmente esposado y al día siguiente fue presentado ante un juez que ordenó su traslado inmediato a la cárcel La Modelo de Bogotá.

El 27 de septiembre de 2005 un juez ordenó su libertad al considerar que no existían méritos para que continuara en la cárcel. A finales de ese mismo año fue condenado a ocho años de prisión (con el beneficio de la detención domiciliaria por su situación) y a cancelar una multa de 115 millones de pesos.

En el juicio ninguno de los 21 pasajeros del avión o la tripulación presentó una petición para ser reparados económica o moralmente. Porfirio se salvó también de la extradición. Poco tiempo después, sentado en su desvalijada silla de ruedas, se enteró de que el cheque que le habían entregado por 100 millones de pesos no tenía fondos. Así, nuevamente, Porfirio vio como había sido engañado.

La historia de este humilde campesino cumplió con la expresión “es como para una película”; el director Alejandro Landes lo contactó en 2011 para hacer un largometraje sobre su vida y ese capítulo que dejó en vilo por varias horas a todo un país. Fue tan fuerte su representación y su historia que se ganó el premio a mejor actor en un festival internacional.

Con el pasar de los años, tanto la historia como la vida de Porfirio fueron quedando en el olvido. El pasado 16 de enero uno de sus hijos publicó en sus redes sociales un escueto pero fuerte mensaje notificando su deceso: “Descansa en paz, mi viejo”.