Hay algo que se volvió común entre muchos jóvenes colombianos: llegar al final del mes sin plata y con la sensación de no saber exactamente en qué se fue.

Entre salidas, plataformas digitales, compras rápidas, pagos por transferencia y gastos pequeños que parecen “inofensivos”, ahorrar se convirtió para muchos en una meta lejana, casi imposible. Y aunque durante años el discurso fue que “los jóvenes no saben manejar el dinero”, la realidad parece ser mucho más compleja y profunda.

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Porque el problema del ahorro ya no pasa únicamente por gastar demasiado. También tiene que ver con redes sociales, consumo emocional, presión por aparentar, facilidad para endeudarse, educación financiera deficiente y una economía en la que cada vez resulta más fácil comprar, incluso sin tener realmente el dinero disponible.

Ahorrar dejó de ser solamente una práctica financiera y empezó a convertirse en una batalla constante contra un modelo de consumo que funciona las 24 horas del día.

Las cifras muestran parte del panorama. Según el Reporte de Inclusión Financiera de la Superintendencia Financiera y Banca de las Oportunidades, más de 37 millones de colombianos ya tienen al menos un producto financiero activo, impulsado especialmente por el auge de los depósitos de bajo monto y las billeteras virtuales.

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Además, esta revolución digital se refleja directamente en los hábitos de consumo del país. De acuerdo con la Cámara Colombiana de Comercio Electrónico (CCCE), las transacciones a través de canales digitales alcanzaron la cifra histórica de 145,4 billones de pesos anuales, impulsadas por un incremento constante en compras web y móviles.

A este ritmo se suma el impacto de Bre-B, el nuevo sistema de pagos inmediatos del Banco de la República, que se ha consolidado como el gran dinamizador del efectivo digital al triplicar sus transacciones en pocos meses (alcanzando los 5 millones de operaciones diarias) y registrar ventas en comercios que ya superan los 517.000 millones de pesos.

Las redes sociales y el consumo impulsivo se están convirtiendo en factores determinantes en las finanzas personales de muchos jóvenes. Foto: Getty Images

Pero detrás de las cifras también hay un cambio cultural profundo. Hoy el consumo ya no se mueve solamente por necesidad. También se mueve por tendencias, emociones, validación social y presión digital.

“Las dinámicas del mercado hoy en día apuntan a un consumo excesivo”, explicó en conversación con SEMANA Esteban Mauricio Alzate, economista de la Universidad Nacional y especialista en economía de la cultura.

Según explica, las redes sociales terminaron modificando completamente la relación de los jóvenes con el dinero y el consumo. “Hoy existen los influencers, las tendencias, la presión constante de comprar más, de cambiar más rápido de celular, de ropa o de estilo de vida. Eso antes no pasaba de esta manera”, señaló.

Y justamente ahí empieza buena parte del problema.

Consumir ya no es solo comprar, también es aparentar

Para muchos jóvenes, ahorrar dejó de competir únicamente contra gastos básicos. Ahora también compite contra la necesidad constante de “estar al día”.

El celular nuevo, el viaje, el restaurante, la ropa de marca, las plataformas digitales o incluso las experiencias que se muestran en redes sociales hacen parte de un modelo de consumo mucho más acelerado que el de generaciones anteriores.

“Hoy en día los jóvenes quieren llevar desde temprano una vida que financieramente todavía no pueden sostener”, explicó Alzate.

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Según el economista, gran parte de esa presión nace de las redes sociales y de la necesidad constante de proyectar una imagen determinada. “Tengo que subir fotos viajando, con ropa de marca, en la mejor discoteca o tomando cierto tipo de trago. Muchas veces el consumo está impulsado por la apariencia”, agregó.

Daniela Valencia, estudiante de las Unidades Tecnológicas de Santander (UTS), reconoce sentirse identificada con parte de esa lógica. Para ella, ahorrar siempre ha sido complicado porque suele ver el ahorro como algo demasiado lejano.

“Uno piensa en ahorrar para una casa o un carro y siente que eso está a 15 o 20 años. Entonces uno termina pensando más en disfrutar el momento”, contó.

Daniela asegura que muchas veces termina gastando más en salidas, gustos o compras pequeñas porque siente que el ahorro es una meta distante y poco tangible. Además, reconoce que nunca recibió educación financiera en casa. “A mí nunca me enseñaron realmente cómo ahorrar o cómo organizar la plata”, explicó.

Ese fenómeno se volvió cada vez más común entre jóvenes que crecieron en medio de consumo digital inmediato, pagos electrónicos y redes sociales donde constantemente aparecen nuevas tendencias y nuevos estándares de vida.

Cada vez más jóvenes sienten que viven pensando en llegar al final del mes, no en ahorrar para dentro de diez años. Foto: Getty Images

El consumo emocional

Pero el problema no es únicamente cultural o económico, también es emocional. Uno de los puntos más llamativos que menciona el especialista tiene que ver justamente con cómo el estado de ánimo influye directamente sobre la manera en que las personas consumen.

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“El premio nobel de Economía en el año 2002, Daniel Kahneman, logró demostrar la relación entre psicología y economía”, explicó el economista.

De acuerdo con lo que explica, muchas personas consumen impulsivamente cuando atraviesan ansiedad, estrés o problemas emocionales. Algunas comen más. Otras duermen más. Otras compran más. “Hoy existen plataformas y algoritmos diseñados precisamente para ofrecer productos y servicios según el comportamiento emocional de las personas”, señaló.

Eso ayuda a explicar por qué muchas veces el gasto ya no responde únicamente a una necesidad real, sino a impulsos emocionales o recompensas inmediatas. Y ahí aparece otro factor clave: la facilidad para gastar dinero digitalmente.

“Muchas veces creemos que pagar por Nequi o con tarjeta no es gastar plata porque no estamos tocando físicamente el dinero”, explicó.

Ese crecimiento acelerado de pagos inmediatos ha cambiado completamente la percepción psicológica del gasto: ya no se siente que el dinero sale físicamente del bolsillo.

¿Realmente no alcanza para ahorrar?

Aunque muchas personas sienten que ahorrar es imposible por el costo de vida, Alzate considera que el problema no siempre está únicamente en los ingresos.

“La economía colombiana sí brinda posibilidades para ahorrar”, aseguró.

Según explicó, durante los últimos años el salario mínimo ha tenido incrementos reales por encima de la inflación, lo que significa que sí existen márgenes para destinar una parte del ingreso al ahorro. En 2026, por ejemplo, el salario mínimo aumentó 23 %, mientras la inflación cerró alrededor del 5,10 %, generando una recuperación del ingreso real.

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El problema, insiste, es que la educación financiera sigue siendo muy limitada. “Hoy no se enseña realmente cómo ahorrar ni cómo construir herramientas básicas para protegernos económicamente”, explicó.

Y esa falta de educación termina reflejándose en decisiones cotidianas: uso excesivo de tarjetas de crédito, compras impulsivas, microcréditos rápidos y falta de planeación financiera. Además, el acceso al crédito nunca había sido tan fácil como ahora.

“Hoy en día acceder a un crédito rápido o a una tarjeta de crédito es mucho más sencillo que antes. Basta con entrar desde el celular a una aplicación bancaria”, explicó.

Y justamente ahí aparece otro de los grandes riesgos para los jóvenes: endeudarse antes de aprender realmente a manejar el dinero.

El consejo del 20 %

Uno de los puntos más importantes que se menciona durante la entrevista tiene que ver con el llamado “fondo de emergencia”. Según explica, toda persona debería intentar ahorrar idealmente el 20 % de sus ingresos hasta construir un fondo equivalente a tres meses de salario.

La facilidad para comprar en segundos desde una aplicación está cambiando completamente la percepción del gasto entre jóvenes. Foto: Getty Images

¿La razón? Tener respaldo económico en caso de desempleo, emergencias o momentos de crisis. “El problema es que muchos jóvenes sienten que el ahorro no tiene utilidad inmediata y por eso lo aplazan”, explicó.

Pero justamente ahí aparece una de las mayores preocupaciones económicas a futuro. Porque, para el economista, una generación que no ahorra termina enfrentando problemas mucho más graves con el paso de los años: dependencia económica, imposibilidad de pensionarse, endeudamiento constante y vulnerabilidad financiera.

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“Los efectos de no ahorrar no son inmediatos. Se ven a largo plazo”, explicó.

Y el problema se vuelve todavía más delicado en trabajadores independientes o personas que no cotizan pensión constantemente. Colpensiones cuenta con más de 7 millones de afiliados, pero solo 3 millones cotizan de forma permanente. “Muchas veces creemos que porque estamos jóvenes siempre vamos a poder producir dinero, pero conforme avanza la edad también se vuelve más difícil entrar al mercado laboral”, señaló.

Entonces, ¿cómo empezar a ahorrar?

Aunque no existe una fórmula mágica, Alzate insiste en que el primer paso es entender cómo consume cada persona y qué método realmente le funciona. Algunos prefieren ahorrar físicamente en efectivo. Otros mediante cuentas separadas, bolsillos digitales o CDT. Lo importante, según explica, es encontrar un mecanismo que limite el gasto impulsivo. “Todo parte de conocerse a uno mismo”, señaló.

También recomienda comenzar con metas pequeñas y realistas; incluso si no se logra ahorrar el 20 % ideal, ahorrar un 10 %, explica, ya puede representar una diferencia importante a mediano y largo plazo.

Y quizás el consejo más relevante tiene que ver con entender que ahorrar no significa dejar de disfrutar el presente, sino evitar que el futuro dependa completamente de la incertidumbre.

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Porque detrás de cada compra impulsiva, cada crédito rápido y cada gasto emocional, hay algo que muchas veces los jóvenes no ven inmediatamente: las consecuencias financieras que aparecen años después.

Y justamente ahí está el verdadero debate sobre el ahorro en Colombia. No solamente en por qué a los jóvenes les cuesta ahorrar, sino en cómo una generación acostumbrada al consumo inmediato está aprendiendo, o dejando de aprender, a pensar en el largo plazo.