Elegir una carrera universitaria sigue siendo una de las decisiones más determinantes para los jóvenes en Colombia, pero también una de las más inciertas.

La falta de información, el desconocimiento de las propias habilidades y las expectativas poco realistas están impulsando un fenómeno que tiene efectos académicos, económicos y sociales: la deserción temprana.
Según el informe Education at a Glance 2025 de la OCDE, el 22 % de los estudiantes abandona sus estudios durante el primer año.
En Colombia, la situación refleja una brecha estructural: de cada 100 jóvenes que ingresan a la educación superior, apenas 43 logran graduarse, de acuerdo con cifras del Banco Mundial y el Ministerio de Educación. Además, cerca del 9 % deserta por haber elegido una carrera equivocada o por insatisfacción con el programa académico.
El impacto va más allá de lo educativo. Perder un año universitario puede representar una carga económica considerable para las familias.

Las matrículas pueden oscilar desde $7,7 millones en universidades públicas hasta más de $70 millones en privadas, sin incluir gastos de manutención que, en ciudades como Bogotá, pueden superar los $18 millones anuales.

A nivel agregado, la deserción universitaria implica pérdidas cercanas a $2,8 billones al año en talento y productividad no aprovechados.
A este costo se suma el tiempo. Muchos jóvenes retrasan su ingreso al mercado laboral al cambiar de carrera o abandonar sus estudios, lo que se traduce en ingresos que dejan de percibir y en trayectorias profesionales más fragmentadas.
También hay un componente emocional: frustración, incertidumbre y pérdida de confianza en el proceso formativo.
Entre las causas más frecuentes se encuentran la falta de orientación vocacional y la toma de decisiones basada en percepciones más que en información concreta.
En muchos casos, los estudiantes eligen carreras influenciados por expectativas sociales o desconocen las exigencias reales de cada profesión, lo que genera un desajuste temprano entre lo que esperan y lo que encuentran.
“El impacto de estas decisiones no se limita a lo académico o emocional; cada cambio de carrera o deserción implica tiempo, expectativas y recursos que difícilmente se recuperan, tanto para los jóvenes como para sus familias”, explicó Leonardo Laverde, CEO de Lifeducation International.
Frente a este panorama, han surgido iniciativas enfocadas en fortalecer el proceso de decisión. Entre ellas, el campamento de verano Identidad, propósito de vida y proyección profesional, que se realizará entre el 29 de junio y el 4 de julio, busca ofrecer herramientas de autoconocimiento, exploración vocacional y acercamiento a la oferta académica.

Este tipo de espacios apunta a que los jóvenes comprendan mejor sus intereses, habilidades y expectativas antes de tomar una decisión que puede definir su trayectoria.
Sin embargo, el desafío sigue siendo estructural: mejorar la calidad de la orientación vocacional y alinear la educación con las dinámicas del mercado laboral.
