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El eterno regreso de García Lorca: la obra incompleta del poeta español que dio origen a la esperada película ‘La bola negra’

A 90 años de su asesinato, La bola negra, premiada en Cannes, convierte el rastro de una obra que Federico García Lorca nunca desarrolló en una película de 155 minutos. Mientras su figura provoca nuevas lecturas y reivindicaciones, una pregunta persiste: ¿qué explica e implica su inagotable existencia?

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27 de octubre de 2026 a las 2:42 p. m.
Federico García Lorca, poeta español.
Federico García Lorca, poeta español. Foto: Getty Images

En abril de este año, el cantautor español Miguel Poveda compró a un anticuario alemán una hoja escrita del puño y letra de Federico García Lorca: una copia de la Gacela de la raíz amarga. Al darle la vuelta llegó la sorpresa: descubrió unos versos a lápiz que habían pasado inadvertidos durante, al menos, 90 años. La escena resume bastante bien lo que sigue ocurriendo con el poeta granadino: cada vez que su archivo parece cerrado, surge algo detrás.

Al mes siguiente, el 21 de mayo, Javier Ambrossi y Javier Calvo recibieron una enorme ovación en el Grand Théâtre Lumière de Cannes durante el estreno de La bola negra, una película nacida de unas pocas páginas y de una idea teatral que Lorca dejó sin desarrollar. Los cronistas discreparon sobre cuánto duró exactamente el aplauso –16 minutos según unos, 20 según otros–, pero dos días después los directores recibieron el premio a la mejor dirección del festival, ex aequo con el polaco Paweł Pawlikowski.

Tres meses más tarde, la escena era muy distinta. En el parque Federico García Lorca de Alfacar, cerca de Granada, una ofrenda floral conmemoró los noventa años del asesinato del poeta. Pero su monolito no marca una tumba, sino una incertidumbre: Lorca fue asesinado el 18 de agosto de 1936, en un lugar entre Víznar y Alfacar. Noventa años después, sus restos no han sido hallados ni identificados. La ovación de Cannes y la ofrenda ante una piedra que no cubre ningún cuerpo pertenecen a mundos distintos, pero forman parte del mismo expediente: la extraordinaria y trágica vigencia de Lorca, como obra y como figura.

Lorca X Los Javis

Conocidos como Los Javis, los directores Javier Ambrossi y Javier Calvo, que también fueron pareja sentimental durante 13 años, han construido una de las carreras más reconocibles del audiovisual español reciente. Empezaron juntos en 2013 con La llamada, un musical sobre dos adolescentes en un campamento católico a quienes se les aparece Dios cantando canciones de Whitney Houston. Después llegaron las elogiadas Paquita Salas, Veneno y La Mesías, producciones atravesadas por personajes marginales, identidades disidentes y una mirada irreverente sobre la religión y la cultura popular.

En 2025 estrenaron Pedro x Javis, una serie documental sobre la vida y el universo creativo de Pedro Almodóvar que puede leerse también como una conversación entre referentes queer de distintas generaciones: creadores que llevan historias de los márgenes al centro de la cultura española.

La cercanía con Almodóvar adquirió ahora una dimensión simbólica e industrial: El Deseo, la productora que comparte con su hermano Agustín, participa en La bola negra. Era, quizá, el último aval antes de aproximarse a uno de los grandes mitos de España: García Lorca.

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La bola negra, película dirigida por Los Javis. Foto: Movistar +

Cuando anunciaron la película, en enero de 2025, hablaron de una revisitación queer de la historia española. Ambrossi la describió como un viaje por lo que ha significado “ser maricón” a lo largo del tiempo. Hablar de una adaptación de un texto de Lorca, sin embargo, resulta difícil. El original no es propiamente una obra inacabada, sino el comienzo de un proyecto teatral subtitulado drama de costumbres actuales: unas cuartillas con una relación de personajes y las primeras líneas de un diálogo.

La escena que explica el título ni siquiera aparece desarrollada allí. La base de la trama la conocemos por los recuerdos de amigos y colaboradores de Lorca: Carlos, un joven homosexual de la burguesía granadina, solicita el ingreso en el casino de la ciudad. Los socios votan su admisión mediante bolas blancas y negras; una sola negra basta para excluirlo. La muerte de Lorca dejó varios proyectos en ese territorio ambiguo entre la conversación y el manuscrito, y este es uno de ellos.

En el guion, junto a Calvo y Ambrossi, aparece Alberto Conejero, un dramaturgo que lleva más de una década trabajando sobre los vacíos de Lorca. En 2013 publicó La piedra oscura, donde imaginó las últimas horas de Rafael Rodríguez Rapún, figura central de la vida afectiva lorquiana, junto a un soldado franquista ficticio llamado Sebastián. Ambrossi y Calvo salieron de una representación convencidos de que aquella obra podía convertirse en una película. Tardaron 12 años en llamar a Conejero.

La bola negra está construida como un tríptico: tres hombres, tres momentos del último siglo y una misma herencia de deseo, vergüenza, violencia y memoria. En 1932, Carlos, interpretado por Milo Quifes, queda excluido del casino mediante una bola negra; en 1937, Sebastián —el cantante Guitarricadelafuente— sobrevive a un bombardeo y termina custodiando al republicano Rodríguez Rapún, interpretado por Miguel Bernardeau, en una conexión explícita con la obra de Conejero (la misma línea de la trama en la que Penélope Cruz encarna a la cupletista Nené Romero); finalmente, en 2017, Alberto, descubre su historia familiar silenciada. Aquí, Glenn Close, por si le faltaran estrellas al reparto, interpreta a una especialista en Lorca que enlaza las distintas capas del relato.

En Cannes, Calvo defendió la necesidad de recuperar al Lorca queer que, a su juicio, la cultura española había neutralizado durante décadas. Federico Bonaddio, profesor de Estudios Hispánicos Modernos en King’s College London y estudioso de su obra, sitúa una transformación decisiva en los años noventa, cuando se difundió esa lectura. Para él es un enfoque fundamental, pero siente también que la obra trasciende la orientación sexual para abordar cuestiones más amplias, como “la libertad personal” y “el sentimiento trágico de la vida”.

Tras el reconocimiento en el festival francés, Netflix adquirió los derechos estadounidenses de la película y esta quedó seleccionada para representar a España en los Óscar. Hay algo casi borgiano en el recorrido: una producción construida, en buena medida, sobre una obra de la que se conserva muy poco material termina representando internacionalmente al país en el que su autor fue asesinado antes de poder escribirla.

La ausencia

En un momento de la película, el personaje interpretado por Alberto Cortés (no digo más para evitar ‘spoilers’) formula una imagen poderosa que habla también de la génesis del proyecto: “Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan, para que puedan existir más”. Arañar la tierra implica recuperar los cuerpos sepultados sin nombre, pero también desenterrar los afectos que debieron vivirse en secreto y las vidas que quedaron fuera del relato oficial. En Lorca, ambas ausencias confluyen.

Mientras una versión imaginada de Lorca recorría los festivales internacionales, cerca de Granada un equipo de arqueólogos trabajaba sobre una materialidad menos metafórica, pero también ausente. Desde 2021, el proyecto Universidad y Memoria excava sistemáticamente el barranco de Víznar, uno de los grandes escenarios de la represión franquista: para julio de 2026 había localizado 29 fosas comunes y recuperado restos de 194 personas.

Lorca es, paradójicamente, la figura más reconocida del lugar y alguien a quien ya no se busca de manera específica. Durante décadas no se ha podido establecer dónde está su cuerpo, entre testimonios orales que se superponen y contradicen. Esa ausencia lo mantiene de alguna manera suspendido entre el presente y el pasado: mientras el cuerpo sigue sin aparecer, el archivo sigue creciendo.

Por ejemplo, en noviembre de 2025, el director Manuel Menchón localizó imágenes en movimiento de Lorca junto a miembros de su compañía teatral, La Barraca, a comienzos de los años treinta. De su voz, en cambio, no se conserva ningún registro sonoro confirmado. Después apareció la hoja comprada por Miguel Poveda que la filóloga Pepa Merlo atribuyó la escritura a Lorca.

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La bola negra, película dirigida por Los Javis. Foto: Movistar +

Por qué Lorca

La acumulación de enigmas no basta para responder la pregunta de fondo. Machado murió en el exilio, Miguel Hernández en una cárcel franquista y Valle-Inclán apenas unos meses antes del comienzo de la guerra. Todos pertenecen al canon, pero ninguno parece poseer, sin embargo, la misma capacidad que Lorca para regresar de tantas maneras y con tanta frecuencia.

Bonaddio empieza la respuesta en un lugar menos misterioso: “Sin duda, la calidad de su obra”. Pero enseguida introduce el factor que considera decisivo: “el interés persistente del autor en el sujeto humano”, a contracorriente de la tendencia impersonal o deshumanizada de parte del arte de su época. Esa preocupación por el individuo permite que asuntos nacidos en la España de entreguerras encuentren lectores lejos de ella.

En la misma línea, Miguel Ángel García, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Granada, dice que Lorca está profundamente arraigado en la cultura española y, en particular, en la andaluza, pero al mismo tiempo la desborda. “En su obra palpitan las grandes preguntas sobre la condición humana: la libertad, la muerte, el amor, el deseo”, explica. “Y esto le interesa a cualquier lector o espectador del mundo, por encima de las diferencias culturales y las fronteras”.

Para Bonaddio, un tema atraviesa especialmente la obra: “La libertad personal frente a los límites impuestos por la sociedad y por la ideología”. Cambian las circunstancias, pero permanece la pregunta acerca de cuánto puede decidir una persona sobre su cuerpo, su deseo o su forma de vivir frente a las instituciones que intentan determinarla. Esa atención a quienes chocan contra los límites sociales no se agota en la sexualidad. García recuerda “su simpatía hacia los débiles y perseguidos –de los gitanos a los negros–” y la denuncia de las injusticias del capitalismo en Poeta en Nueva York.

Hay también una razón jurídica menos poética, pero con consecuencias culturales concretas: desde 2017, la obra de Lorca pertenece al dominio público en España, pero su propensión a ser reinterpretado, no obstante, viene de mucho antes. En 1981, Carlos Saura convirtió Bodas de sangre primero en danza y después en cine. Dos años antes, Camarón de la Isla había sacudido los límites del género con La leyenda del tiempo, un disco que reunió versos lorquianos con bajo eléctrico, batería y teclados; el canadiense Leonard Cohen siguió otra ruta: marcado desde joven por el poeta –hasta el punto de llamar Lorca a su hija–, transformó Pequeño vals vienés en Take This Waltz y llevó el poema a su propia lengua y su propia música.

Ninguno trató el original como una reliquia, más como un punto de partida. Los Javis han encontrado ahora 155 minutos de película en unas pocas cuartillas y en recuerdos transmitidos por terceros. Vista así, La bola negra deja de parecer una anomalía y entra en una tradición.

“Un clásico, si de verdad es un clásico, siempre es actual, siempre está vivo. Los clásicos van diciendo cosas diferentes a las sucesivas generaciones. Por eso se mantienen en ese pedestal que, sin embargo, no los convierte en inaccesibles, sino en la mejor compañía. Lorca es un clásico contemporáneo. Los clásicos permiten muchas lecturas y, al final, acaban sacudiéndoselas de encima, como diría Italo Calvino, y generando otras nuevas. Son inagotables”, dice García.

En el caso de Lorca, esa conversación ha producido incluso un campo con nombre propio. “El lorquismo es todo un continente, todo un género dentro de la historia y la crítica literarias”, afirma García. En ese territorio han convivido sensibilidades muy distintas y cada generación ha construido su propio Lorca, una apropiación que el académico considera legítima siempre que no deforme ni pierda de vista la complejidad de su figura.

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La bola negra, película dirigida por Los Javis. Foto: Movistar +

Esa multiplicidad también encierra algunos peligros. Bonaddio advierte contra las interpretaciones que relegan los logros técnicos de la obra, mientras García señala una paradoja frecuente: el renombre de un autor puede crecer en proporción inversa a su conocimiento real. “El mercado capitalista lo deglute todo”, advierte; también puede convertir a Lorca en un objeto comercial o en un símbolo desconectado de la causa popular y republicana que representó.

Que, en 2026, 90 años después de su asesinato, aparecieran versos inéditos precisamente en el reverso de Gacela de la raíz amarga es una coincidencia bastante poética. La raíz amarga es la muerte que atraviesa su obra y también la que interrumpió su vida; es el origen trágico de un mito. Pero sobre esa misma raíz siguen creciendo lecturas nuevas, como La bola negra. Lorca no es contemporáneo únicamente porque nos empeñemos en recordarlo, sino porque aún no conseguimos terminar de leerlo. Noventa años después, seguimos dando vuelta a sus hojas y encontrando algo detrás.