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FICCI 61: la resistencia del cine nacional es su fértil y osada producción y su rechazo absoluto a los abusos policiales

Por: Alejandro Pérez Echeverry

La edición 61 marcó un retorno poderoso a la presencialidad revelando un panorama alentador y osado del cine nacional. Por fuera de las salas, cuando la Policía no pudo evitar pelar el cobre y abusar de su autoridad, el cine también plantó resistencia como industria unida. Aquí, un balance de nuestro recorrido por su desarrollo, sus eventualidades y sus temáticas urgentes.


Fueron seis días muy especiales los que tuvieron lugar en Cartagena, en el marco del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias en su edición 61, que significó total presencialidad en teatros clásicos, en teatros modernos, en calles y en barrios de fanáticos del cine y de integrantes de su despierto ecosistema.

Las sonrisas en la noche de cierre fueron dicientes y consecuentes. La sensación de “Lo logramos”, que expresó su directora Lina Rodriguez en sus palabras de despedida, se sintió en el aire durante (casi) todo el desarrollo del evento. El cine fue proyección, conversación, congregación y reflexión en torno al arte que mira a través de historias a la condición humana.

Casi perfectos fueron los días. Claro, excepto por ESE episodio nefasto en el que la Policía decidió arrestar arbitrariamente a una joven realizadora en una noche de celebración y retenerla por 21 horas. Y aún así, lo que brotó del oscuro episodio fueron tremendas muestras de unidad y resistencia. Los presentes primero (luego los ausentes) no dejaron de estar pendientes de la joven mujer y de empujar para que “las autoridades competentes” entraran en razón y la dejaran libre. Tomó demasiado tiempo, pues jamás ha debido suceder en primer lugar. Y una vez salió, salió airosa, con una sonrisa.

El séptimo arte local: avalancha

Temáticamente, la alegría se materializó en apreciar el rango y tipo de historias duras que se están contando, pues son el tipo de narraciones que ayudan a un país a registrar sus atrocidades, conversarlas, procesarlas y hacer catarsis para seguir adelante.

Las películas colombianas que vi, en su mayoría, me hicieron llorar o indignar profundamente, pero a la vez me hicieron admirar la espina dorsal y el alma humana de muchas colombianas y colombianos que resisten desde el arte, desde la comunidad y desde la creación. En ese sentido, este festival fue un canal para procesar heridas y cicatrices, un vibrante clamor por la vida, el arte y la humanidad en su naturaleza más colaborativa. Muchas de las historias proyectadas dolieron, sí, pero expandiendo los límites de la consciencia de los asistentes.

Esto pues mostraron un país de víctimas que exorcizan su dolor (Cantos que inundan el río) y de victimarios jóvenes que fluctúan entre la redención y la condena (La forma que tienen las nubes); también miraron a figuras históricas revisitadas desde el siglo XXI (Camilo Torres: el amor eficaz, el corto Sereno), al país en el que los jóvenes campesinos son cada vez menos, pero dignos (La Roya), al país de indígenas en su territorio amenazado escuchando a sus ancestros (el corto INVISIBLES).

Apareció también el país de los músicos de los Montes de María, de sus mágicas gaitas y de su temor justificado a los actores armados en la ruta hacia Bogotá (El árbol rojo); y se vio en la gran pantalla el país donde las madres sin recursos que deben hacer hasta lo imposible para evitarle sufrimientos a sus hijos, ante la humillación y socarrona risa de la autoridad (Amparo).

Y claro, se relató audiovisualmente el territorio y a la naturaleza a expensas de intereses económicos (Brizna) y de conflictos armados y guerras (en el corto Boa). Y al final también hubo lugar para explorar experimental y sensorialmente el fin de toda esta existencia y el nuevo comienzo de otra, gestado por el agua y por la mujer (El mañana es un palacio de agua).

A la vez, en ficciones y en documentales se abordaron personajes y artistas que en su experiencia de vida mucho revelan sobre los vaivenes en la vida (Toro, Pablus Gallinazo). Todo esto está presupuestado, que el cine sea muchas cosas, entre ellas, un detonante de fuertes cuestionamientos y angustias que mueven el alma.

Ver para entender y dimensionar… entender y dimensionar para cambiar. Esa posibilidad volvió a ofrecer este festival desde su cautivante curaduría de producciones nacionales.

La condición del mundo

Entre sus más de 150 películas y decenas de actividades (talleres, masterclasses, semilleros, laboratorios, conversatorios, networkings y más) se hacía necesario escoger de acuerdo a los intereses. Y en lo que a las producciones internacionales se refiere, mis intereses me llevaron a muchos documentales.

Uno habló sobre una isla inhóspita en Rusia, donde se entiende cómo Putin se metió al bolsillo a su gente, incluso a la que tiene en el olvidó y/ o manda a luchar (Ostrov, Desert Island), mientras otro proveniente de Burkina Faso ofreció un relato sobre las guarderías nocturnas donde las prostitutas dejan a sus bebés mientras trabajan (Garderie Nocturne).

En lo que a ficción se refiere, el FICCI estrenó la tremenda Vortex, de Gaspar Noé, una mirada desde París a la demencia senil y a la automedicación psiquiátrica. Esta considera la convivencia absurda con alguien que pierde la cabeza mientras, a la vez, también se pierde la cabeza ante la misma condición (en el caso de su pareja) o ante una adicción (el caso de su hijo). La cinta apela a la pantalla dividida para provocar otro tipo de densidades e incertidumbres que las que acostumbra a tocar el cineasta franco argentino, pero que deja cicatrices, las deja.

Vivimos también una cinta que borra los límites entre ficción de época y el documental, abordando cómo los exploradores de cuevas italianos dieron en los sesentas con la tercera más profunda encontrada a la fecha (Il Buco), una experiencia que a muchos tomó mal parados y durmió, pero que en su sensibilidad de bordear una película muda ofreció algo único y apreciable.

Hidetoshi Nishijima y Toko Miura.
En 'Drive My Car', Hidetoshi Nishijima y Toko Miura se encuentran del lado opuesto de la conducción. - Foto: Cortesía MUBI.

Y claro, también se proyectó la gran película japonesa Drive My Car, que probablemente se lleve el Óscar a Mejor película extranjera. Esta logró hechizar al público por sus tres horas de duración con su mezcla de amor enfermo, dolor, duelo, ritual de conducción e idiomas entremezclados (en una producción memorable de Tio Vania de Chéjov, en Hiroshima) .

Homenajes y aplausos

FICCI HOMENAJE A LOS TRIANA
Una manada poderosa, los Triana fueron aplaudidos como merecían serlo. - Foto: FICCI 61

El clan Triana subió al escenario en el cierre para recibir los aplausos de todo el Teatro Adolfo Mejía por su vasta trayectoria (una impresionante suma de partes), y su legado se repasó desde las pinturas cartageneras de Jorge Elías Triana pasando por el legado de Jorge Ali, Gloria, y las nuevas generaciones que han tomado la batuta de la creación y la mantienen más encendida.

Por su parte, la mallorquina Rossy de Palma, una verdadera diva del desparpajo auténtico, encendió los aplausos por donde pasó, y dejó una memorable frase sobre cómo “quienes trabajan en el cine cuentan mentiras para hablar de verdades”. Y, en un hecho igual de destacable, Margoth Velásquez recibió el premio Víctor Nieto por una trayectoria que por décadas la ha visto enriquecer producciones con su calidad interpretativa y representativa.

Conversatorio con Margot Velásquez en el marco de NIDO.
Conversatorio con Margot Velásquez en el marco de NIDO. - Foto: FICCI 61

CODA

La experiencia de un festival de este corte resulta transformadora. Es meterse en un río de temas, personalidades, trabajos, esfuerzos, colaboraciones que reconfiguran a quien se expone a ellos. Y, en actividades como los laboratorios de DOCCO y otras más, se siente la vibración poderosa de exponer proyectos y alimentarlos con retroalimentaciones que apuntan a hacerlos tan trascendentes como deben ser, incluso si (a veces) el consejo es sencillo como “observar con mucha atención lo que ya se tiene”.

En últimas, los integrantes de la industria del cine y sus espectadores tiran en este festival juntos para arriba. Y en sus esfuerzos y apuntan a seguir creando y seguir encontrándose para seguir robusteciendo su arte, porque es necesario, especialmente en un país como tan apegado al discurso oficial que se replica desde los medios dominantes como Colombia.

"Un festival de este corte resulta transformador. Es meterse en un río de temas, personalidades, trabajos, esfuerzos, colaboraciones que reconfiguran a quien se expone a verlos"

Felipe Aljure, director artístico del festival, no dudó en enfatizar que este festival y otros en Colombia hacen democracia. Y razón no le falta, porque crecer como sociedad solo es posible poniéndose en los zapatos del otro y comprendiendo los matices de sus decisiones y caminos.