Isabel Botero; La Envidia; Editorial Seix Barral; 248 páginas; 2025
Hay libros que no se leen, se habitan. Y hay tierras que no se describen, se padecen. En La Envidia (Seix Barral, 2025), la más reciente y madura entrega de la escritora antioqueña Isabel Botero (1976), el lector se encuentra frente a una cartografía emocional donde el frío del páramo boyacense no solo cala en los huesos, sino en las conciencias.

Botero, quien ya nos había advertido de su pulso cinematográfico en Vine a buscar el desierto (2019) y Edificio Wolf (2023), abandona aquí el asfalto y el nomadismo del migrante para hundir los pies en el barro de una vereda que bien podría ser el centro de una tragedia griega.
En esta novela, la “boyacensidad” no es un cuadro costumbrista para colgar en la sala; es una fuerza telúrica. El paisaje de Boyacá, con su niebla persistente y su silencio de piedra, deja de ser telón de fondo para convertirse en el protagonista que observa y juzga. Isabel logra retratar esa cadencia paramuna –lenta, casi ritual– donde lo que se calla tiene más peso que lo que se dice. El entorno es espejo de la desolación de sus personajes, un territorio donde la belleza de la naturaleza convive con la hostilidad de un embalse que lo cambia todo.
La envidia, ese pecado que Dante situó en los niveles más bajos del Purgatorio, es aquí el motor que mueve la trama polifónica. Botero disecciona la envidia no como un simple deseo de lo ajeno, sino como una incapacidad de soportar la felicidad del otro. Es un veneno que corre por las venas de una comunidad que se siente estancada frente a quienes transitan o llegan.

El análisis psicológico es exquisito. Tenemos a Irene, la profesora citadina que llega a la vereda cargando el duelo por su madre, un personaje que nos permite ver el choque entre lo urbano y lo rural. Pero la verdadera maestría reside en la coralidad: voces como las de Nardo, Rosa o Pacha construyen un tejido social en el que el rencor se hereda y la mirada del vecino es la ley.
Nacida en Medellín en 1976, Isabel Botero es una tejedora de historias que comenzó soñando con el cine. Su formación como guionista en Barcelona se siente en cada plano narrativo: sus frases son tajantes, visuales, casi como directrices de cámara. Influenciada por la crudeza de Agota Kristof, la introspección de Annie Ernaux y el realismo atmosférico de Tomás González, Botero ha consolidado una voz que no necesita gritar para ser escuchada.

Ganadora del Premio al Libro de Cuento Inédito de la Alcaldía de Medellín (2018), Isabel demuestra con La Envidia el refinamiento de un estilo que hoy la sitúa como una de las voces más lúcidas de la narrativa colombiana contemporánea.
En fin, lean a Isabel Botero. Pero háganlo con abrigo a mano, porque el frío de este páramo literario se queda con uno mucho después de cerrar la última página.
