Han Kang / Actos humanos / Editorial Random House / 208 páginas / Edición en español, 2025
HAN KANG NO solo escribe; ella disecciona la existencia. Nacida en Gwangju en 1970 e hija del novelista Han Seung-won, creció respirando literatura en un hogar donde las letras eran el aire cotidiano. Sin embargo, su destino quedó sellado por un traslado familiar a Seúl, apenas meses antes de la masacre que transformaría su ciudad natal en un epicentro de dolor y, décadas después, en la médula de su obra.

Tras su consagración mundial con el Premio Booker en 2016 por La vegetariana, el 2024 marcó el hito definitivo: el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca acertó al describir su “prosa poética intensa que confronta traumas históricos”. Y es que la pluma de Kang, que ha transitado con elegancia por sellos como Random House y Rata Editorial, posee una belleza quirúrgica capaz de hacer legible lo insoportable.
Hoy nos detenemos en Actos humanos (2014), una obra que ha llegado a nuestras latitudes en ediciones bellísimas y necesarias. La novela nos sitúa en mayo de 1980, durante el levantamiento estudiantil de Gwangju, reprimido con una brutalidad que estremece el alma. Todo se inicia con Dong-ho, un adolescente que busca el cuerpo de su amigo entre pilas de cadáveres en un gimnasio convertido en morgue. Él es el eje moral de la historia; su inocencia es el espejo en el que se refleja la barbarie.

A través de una estructura polifónica, Kang fragmenta la narración en siete partes. Da voz a las almas de los muertos, a los supervivientes torturados y a las madres que no terminan de llorar. Incluso en un ejercicio de honestidad brutal: la propia autora interviene en el capítulo ‘La vela cubierta de nieve’, confesando cómo descubrió la masacre a los 12 años al hallar un álbum de fotos oculto en su casa. Ese trauma infantil fue la semilla que tardó décadas en germinar en este tapiz de dignidad humana.
La genialidad de Kang radica en su uso de la segunda persona (“tú”), involucrando al lector en una intimidad casi asfixiante. Su escritura bebe de la profundidad de Dostoievski y el simbolismo de Yi Sang, logrando que la descomposición y la tortura se lean bajo una luz lírica. Escribir este libro le dolió físicamente; la autora confesó sentirse enferma durante la investigación. No es para menos: es un acto de justicia histórica sobre un tema que fue tabú durante décadas.

Actos humanos nos recuerda que la democracia –en Corea y en el mundo– está cimentada sobre la sangre de quienes el poder intentó borrar. No duden en leerla. Es una obra de arte sobre la culpa y la barbarie que, al ser reflexionadas, nos devuelven la humanidad perdida en estos tiempos de tanta indolencia.
*Magíster en Literatura y librera.
