Hay libros que uno termina y cierra despacio, como si el gesto de cerrarlos fuera ya una despedida que duele. Leche de silencio (Páginas de Espuma, 2026), de la escritora y editora mexicana Socorro Venegas, es uno de esos. No porque sea oscuro –aunque lo es, en los lugares exactos donde debe serlo–, sino porque tiene la extraña virtud de devolverte algo que nunca supiste que te faltaba.

El libro es, en apariencia, sencillo de describir: una hija reconstruye la historia de su madre, Elia, mujer de origen nahua que emigró sola a la Ciudad de México a los 9 años, que calló su lengua materna para proteger a sus hijos del clasismo y el racismo que ella misma había padecido, y que sobrevivió a la muerte de un hijo pequeño, Gabriel, con la clase de silencio que no es paz, sino armadura. En apariencia. Porque Leche de silencio es, en realidad, al menos cuatro libros al tiempo: una autobiografía fragmentada, un ensayo político sobre las lenguas indígenas en México, una elegía por los muertos de una familia y, en su capa más profunda, una meditación sobre lo que heredamos sin saberlo.
Que Venegas haya elegido este territorio no sorprende: hay en sus libros una obsesión declarada por las cicatrices más que por las heridas abiertas, por el pasado que se desenreda lentamente desde la perspectiva que solo da el tiempo.
El libro nace de un diálogo sostenido con su madre, pero también de una pregunta que lo atraviesa entero: ¿qué significa crecer privada de la lengua materna, el náhuatl?
LA PROSA DE VENEGAS ES CONTENIDA, PERO POÉTICA, Y APUESTA POR LA ELIPSIS Y LA SÍNTESIS PARA ACERCARSE A UNA EXPERIENCIA EMOCIONAL QUE PERMANECE NECESARIAMENTE INCOMPLETA.


La respuesta que Venegas construye no es simple ni reconfortante. El náhuatl que la madre ocultó a sus hijos no desapareció: se volvió una lengua secreta que Elia no transmitía, como estrategia de supervivencia ante un mundo que asociaba esa lengua con la marginalidad y la discriminación. Y aquí está el nudo más doloroso y honesto del libro: Elia no fue una traidora de su cultura. Fue alguien que aprendió, demasiado bien y demasiado joven, en qué país vivía.
La prosa de Venegas es contenida, pero poética, y apuesta por la elipsis y la síntesis para acercarse a una experiencia emocional que permanece necesariamente incompleta, pues el libro dice más en lo que calla que en lo que nombra –una decisión estética que devuelve la forma al fondo con una elegancia poco común. El silencio no es aquí un recurso retórico: es el tema mismo del libro actuando sobre la página.
Lo que diferencia a Leche de silencio de otros libros de memoria familiar latinoamericanos –género que ha producido tanto lo sublime como lo intrascendente en los últimos años– es su negativa a estetizar el dolor sin antes entenderlo. Venegas habla de rabia y de rencor por haber sido privada de su lengua primigenia, de esa amputación que nunca cicatrizó. Una rabia que no está dirigida contra la madre, sino contra los siglos que hicieron que esa madre no tuviera otra opción. El náhuatl lleva más de 500 años de resistencia, y esa pervivencia no se debe a políticas públicas, sino a decisiones individuales, a la tenacidad de comunidades que han custodiado sus raíces. El silencio de Elia, pues, se lee de otra manera: no como rendición, sino como la forma más costosa de amor.

Más allá de lo lingüístico. Leche de silencio se interroga sobre la huella de las ausencias: la madre que despidió a un hijo pequeño y la hija que muy pronto se quedó viuda. La muerte de Gabriel –el hermano que Venegas no alcanzó a conocer del todo– planea sobre el libro como una presencia que nadie menciona, pero que todos sienten.
El libro termina con un nacimiento –el de Daniel, el hermano menor– y uno entiende que ese final no es un cierre, sino una apertura. Venegas no promete redención. Promete algo más real: la posibilidad de que las arterias que se fueron cerrando durante generaciones comiencen, al fin, a latir de otro modo. Léalo. Y si tiene madre, llámela después.
*Magíster en Literatura y librera.
