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Richie Ray sinfónico: El homenaje a la música clásica de un pianista legendario

Por: Juan Carlos Garay

A sus 76 años, el músico comparte sus versiones de Chopin y otros compositores con un toque de sabor latino. ¿Cómo le suenan? Le contamos.


Entre las legendarias grabaciones del pianista Richie Ray (que son documentos imprescindibles para entender la salsa de los años setenta) queda el registro de un chiste que seguramente se repitió muchas veces durante las presentaciones en vivo. Richie está en medio de uno de sus inspirados solos de piano con gesto de concertista clásico, y entonces el cantante Bobby Cruz exclama como si fuera un anunciante comercial: “¡No es Chopin ni es travinsky!”.

Casi desde su primer disco, el pianista se dedicó a demostrar que ciertos acentos y frases de la música clásica cabían sin problema dentro de los compases de la salsa. Él mismo lo explicó en una entrevista: “Yo estudié para concertista solamente para decidir al final que ese mundo era muy serio y que quería algo más chévere”. Pero, aparte de Chopin y Stravinsky, ¿qué otros compositores ayudan a desarrollar facultades para tocar el piano salsero? Vale la pena recordar otra pieza suya, grabada en 1975, que se titula Juan Sebastián Fuga. Allí Richie Ray logra algo que parece imposible: aplicarle el sabor latino a un tema en forma de fuga barroca. “Es que Johann Sebastian Bach es mi compositor favorito”, explica Richie con un entusiasmo notable. “Sus preludios y fugas son tremendamente musicales, pero cada uno de ellos tiene el objeto de desarrollar alguna faceta de la técnica del teclado”.

Con esos antecedentes, no es precisamente una sorpresa que a los 76 años haya decidido lanzar un álbum dedicado enteramente a la música clásica. A su manera, claro está. Salsa, Jazz & Beethoven (que por ahora solo se distribuye por medio de la página web oficial del artista) se mueve en un extraño equilibrio entre la majestad del lenguaje sinfónico y el desenfado de la vieja salsa. Danza ritual del fuego, del compositor Manuel de Falla, se vuelve más incendiaria con la adición de congas y timbales. Y El vuelo del moscardón, de Rimsky-Korsakov, cuya partitura original ya es de mucha exigencia para cualquier pianista, se adorna con los recursos explosivos de una música cinematográfica.

Queda claro que Ray no es un recién llegado a este repertorio, pero algo que sorprende al escuchar este disco es cómo se mantiene en forma. El piano es también una práctica cotidiana y una disciplina. Una grabación como esta no se inscribe en la comodidad del recuerdo, sino en el ejercicio físico: “El ideal para mí es una hora y media de técnica, y luego de eso atacar con piezas de diferentes compositores”, cuenta desde su casa en Miami, al lado del instrumento con que va ilustrando sus respuestas. Dice que hay “piezas lentas para desarrollar la interpretación” y toca un fragmento del Adagio de Albinoni; luego menciona las “piezas rápidas para desarrollar los dedos” y sorprende con la Fantasía-Impromptu, de Chopin. Quizá el único factor que le juega en contra son los arreglos.

La música clásica es un vehículo de innumerables emociones y de variadas sutilezas, pero casi siempre la gente se queda solo con la idea de lo grandilocuente. Entonces no parece gratuito el nombre de Beethoven en el título: la crítica más común que se le hace a Beethoven, no obstante su genio, es la de ser ampuloso. Y sí, este álbum suena ampuloso. Pero ¡qué importa! Detrás de todo ese edificio sonoro están todavía las manos precisas, melodiosas, de uno de los grandes instrumentistas que ha dado la música latina. El embajador del piano, como lo llamó su amigo Bobby Cruz.