Hay una escena impactante en el documental de 2004 de la cineasta marroquí-francesa-israelí Simone Bitton, Wall, que narra la historia de la construcción de la barrera de Cisjordania, una red de muros y vallas de 721 kilómetros que separa gran parte de Cisjordania de Israel.

Una losa de hormigón se va colocando lentamente en su sitio para completar un tramo del muro. Pulgada a pulgada, la comunidad palestina del otro lado se va haciendo cada vez más pequeña.
Y entonces –así, sin más– un mundo que está a un tiro de piedra desaparece.
Como alguien que ha estudiado las restricciones impuestas a los palestinos, a menudo pienso en esta escena como un microcosmos del uso que Israel lleva décadas haciendo de muros, puestos de control y tecnologías de vigilancia para aislar a los palestinos del resto de la sociedad.

En ningún lugar resulta más evidente esta dinámica que en la Franja de Gaza, que Israel cercó durante la década de los noventa y que lleva bloqueado desde 2007, alegando motivos de seguridad y la amenaza de ataques terroristas.
Debido a estas barreras, ha resultado difícil documentar el inmenso sufrimiento de los palestinos de Gaza, más de 70 000 de los cuales han perdido la vida como consecuencia de la guerra entre Israel y Hamás desde 2023. El Gobierno israelí prohíbe en gran medida a los periodistas internacionales entrar de forma independiente en la Franja de Gaza, mientras que a los palestinos de Gaza no se les permite, por lo general, salir de la Franja.
Sin embargo, el estreno de la película NAZA, de los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, ha puesto el foco en la tragedia que se está viviendo en Gaza sin recurrir a imágenes de cadáveres espantosos ni de barrios bombardeados.
La película se compone en gran parte de testimonios anónimos de 24 miembros del ejército y los servicios de inteligencia israelíes. En ellos se aborda la forma en que Israel ha utilizado la inteligencia artificial para atacar a dirigentes de Hamás, a pesar de saber que los ataques también provocarían un gran número de víctimas civiles. El título, NAZA, proviene de un acrónimo de la expresión hebrea “nezek agavi”, o “daños colaterales”, y es el sistema de umbrales del ejército israelí para determinar cuántas víctimas civiles son aceptables en sus ataques militares contra Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Ese día, militantes de Hamás procedentes de Gaza atacaron el sur de Israel, asesinando a 1 200 personas –en su mayoría civiles– y tomando además unos 250 rehenes.
Para mí, parte de la fuerza de la película reside en cómo se centra en la forma fría y calculada de llevar a cabo los ataques contra Gaza desde la distancia. Pero el enfoque del ejército israelí solo pudo funcionar tras aislar sistemáticamente al pueblo palestino a lo largo de décadas.
Víctimas invisibles
Además de construir muros y bloquear Gaza, Israel ha impuesto la separación de los palestinos restringiendo o denegando permisos a quienes desean entrar o trabajar en Israel mediante la vigilancia aérea y la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania.
Tanto el lenguaje visual como el contenido de NAZA reflejan y revelan cómo el conocimiento del sufrimiento palestino suele minimizarse en la cultura, la política y la vida cotidiana israelíes.
La película yuxtapone el audio de los testimonios de soldados israelíes con imágenes del paisaje urbano de Tel Aviv por la noche. En estas entrevistas, los soldados describen cómo se eligen los objetivos, cómo se planifican los ataques y qué margen de maniobra se concede en cuanto a las bajas civiles.
Las propias víctimas permanecen en gran medida ocultas, a pesar de su gran proximidad: Tel Aviv se encuentra a tan solo 70 kilómetros de la Franja de Gaza, remontando la costa.


La decisión de rodar principalmente de noche, en la oscuridad, utilizando voces en off para contar una historia que no se muestra ante la cámara, pone aún más de relieve hasta qué punto estos acontecimientos han sido ocultados en Israel y en todo el mundo. Quizá por eso el Gobierno israelí ha llegado tan lejos para desacreditar la película, afirmando que contiene “distorsiones deliberadas de la realidad”. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha amenazado con revocar la ciudadanía de sus directores.
En respuesta al interés y a la polémica suscitados en torno a la película, los realizadores anunciaron que NAZA estará disponible para su visionado en streaming de forma gratuita, para que cualquiera pueda verla, a partir de noviembre de 2026.
Rompiendo barreras
NAZA pone de relieve la distancia psicológica entre el agresor y el agredido, propiciada por la inteligencia artificial, las pantallas de ordenador y el aislamiento físico de las víctimas. Sin embargo, no es ni mucho menos la primera película que llama la atención sobre la invisibilidad de los palestinos.
La comedia negra de Elia Suleiman de 2002, Intervención divina, presenta repetidamente escenas en las que los personajes palestinos se quedan atrapados en un control militar israelí o intentan sortearlo. Y el documental de Yoav Shamir de 2003, Checkpoint, narra las interacciones cotidianas entre palestinos y soldados israelíes en los puestos de control de Cisjordania y Gaza.
Otras películas se centran en actos de transgresión o protesta. El drama de 2013 de Hany Abu-Assad, Omar, y el drama de Ameen Nayfeh de 2020, A 200 metros, presentan a personajes palestinos que infringen la ley y cruzan clandestinamente la frontera de Cisjordania hacia territorio israelí, exponiéndose a peligros físicos y legales.
No Other Land –el documental de 2024 que valió a Abraham y Szor un Oscar, junto con los directores Basel Adra y Hamdan Ballal–, enfoca su cámara hacia los movimientos de protesta palestinos contra las expropiaciones de tierras y las demoliciones de viviendas en Cisjordania. En la película de 2011 5 cámaras rotas, el agricultor palestino Emad Burnat plasma la lucha de su pueblo de Cisjordania contra la construcción de un enorme muro que aísla las tierras de cultivo y bloquea el acceso a recursos vitales. A pesar de que sus cámaras resultan dañadas o destruidas en repetidas ocasiones, Burnat se niega a dejar de documentar la resistencia.

Llorar mientras se dispara
NAZA también pone de relieve otro fenómeno: cómo el aislamiento y la separación fomentan la complicidad. La distancia física entre los soldados israelíes y las personas a las que se dirigen puede hacer que resulte más fácil aceptar o ignorar lo que está ocurriendo.
De este modo, NAZA aborda un tema recurrente en el cine y la literatura israelíes: la exploración de la culpa de los soldados israelíes. A veces denominado de forma despectiva por los críticos como el género de “disparos y lágrimas”, el marco temático de estas películas ha sido criticado por centrarse en la angustia moral israelí a costa de las experiencias y perspectivas palestinas.
Por ejemplo, la novela de S. Yizhar Khirbet Khizeh (1949), que fue adaptada al cine en 1978, narra la historia desde la perspectiva de Micha, un soldado israelí que luchó en la guerra de 1948 que supuso la creación del Estado de Israel. Forma parte de una patrulla que expulsa a los palestinos de su pueblo, y la culpa que le invade a raíz de ello le provoca una crisis de conciencia que le atormentará durante años.
Décadas más tarde, el documental animado de 2008 Vals con Bashir sigue al director de la película, Ari Folman, mientras indaga en sus recuerdos reprimidos de su participación en la invasión israelí de Beirut de 1982 y de cómo, sin darse cuenta, ayudó a los combatientes de la milicia falangista cristiana libanesa a llevar a cabo las masacres de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.
El género de “disparos y lágrimas” fue ampliamente aceptado en la cultura dominante israelí, y Khirbet Khizeh se enseñó en los colegios israelíes durante décadas. Pero la reacción hostil del Gobierno israelí ante NAZA tal vez sea señal no solo de la creciente intolerancia hacia la disidencia en Israel, sino también de una preocupación cultural y política cada vez menor por la moralidad de la ocupación israelí del territorio palestino.
¿A quiénes se escucha?
El hecho de que las perspectivas israelíes ocupen un lugar central en estas obras anteriores –así como en NAZA– también muestra cómo la violencia contra los palestinos puede ganar mayor credibilidad cuando la describen los propios israelíes.
Las narrativas palestinas recientes sobre Gaza, como From Ground Zero y Thirteen in Gaza, han suscitado cierta atención y elogios en el mundo del cine, pero ni de lejos tanta como la que ha recibido NAZA en las semanas transcurridas desde su estreno.

Incluso No Other Land, que se centra en un pueblo palestino, cuenta con un periodista y cineasta israelí, Abraham, que documenta las protestas y se enfrenta a los soldados israelíes, y es posible que no hubiera recibido la misma acogida si la hubieran rodado íntegramente palestinos.
Sin embargo, a pesar de estas numerosas barreras, los palestinos nunca han dejado de buscar formas de hacerse oír. Además de películas como Omar y A 200 metros, los vídeos y las imágenes compartidos directamente en las redes sociales les han permitido conectar directamente con el público y dar a conocer a nivel mundial su difícil situación, especialmente desde que comenzó la actual guerra en Gaza. De esta forma, han sido capaces de sortear las barreras físicas que durante tanto tiempo han restringido su libertad de movimiento, así como las barreras culturales que a menudo han mantenido sus experiencias ocultas a la vista del mundo.
*Professor of Arabic, University of Tennessee.
This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.
