Se estrena hoy en Colombia, y si bien no es para todos los gustos, muchos de los que le darán el chance pensarán que para esto existe el cine. Y eso justifica de lejos su existencia, y hace valioso que llegue a tantas pantallas grandes en rincones del planeta como Colombia. Vale, eso sí, buscar una sala con sonido indiscutible. Esta película entra de muchas maneras; los oídos, una de ellas.

Dirigida por Oliver Laxe, nominada a premios Óscar a Mejor película Internacional y a Mejor sonido, Sirât es una montaña rusa sensorial y emocional. En un principio, nos lleva al mundo de las fiestas clandestinas en el desierto de Marruecos, donde la música electrónica congrega a los freaks y a los geeks que bailan porque les gusta y porque hace parte de su identidad, en un ritual impresionante y liberador. Para muchos la estética y la libertad podrá resultar chocante. Para otros, entre los que me cuento yo, se siente, por muy alejada que esté, un poco como casa.

Y Laxe usa la música de Kangding Ray, compuesta para la película, y con ella llena su atmosfera y su vacío para máximo efecto. En Sirât se baila y se vibra, hasta que se deja de bailar y la montaña rusa empieza a inquietar. Y el sonido siempre juega un rol clave.
En la película acompañamos a un padre (Luis, Sergi López), su hijo adolescente, Esteban (Bruno Núñez) y su perro, que buscan a la hermana, a la hija que perdieron... Ella fue a una de estas fiestas y jamás regresó.

En el desarrollo de esta travesía, hay momentos de apoyo, de colegaje conmovedor, de rescate; hay momentos de unión bella entre padre e hijo, entre hijo y mascota. Y sí, todo inicia con secuencias increíbles de fiestas desérticas que se meten por los poros. Los beats no cesan, suenan increíble, y esa nominación al Óscar se hace muy natural y merecida. La película se lleva, por momentos, con el tempo que marcan los pies y el corazón, como sucede en una buena fiesta electrónica, en la que nadie está mirando y todos están bailando.

Pero también sucede, porque son fiestas clandestinas, que la ley las persigue, y a veces obliga a los presentes a una dispersión acelerada. Sirât inspira bailar, hasta que su fiesta alcanza sus límites y traza los de un relato existencial al borde de lo absurdo.
La búsqueda de la hija, de la hermana, no rinde efecto y hay que seguir andando, llegar a otra fiesta donde quizá sí esté. Y ese desierto, que todo lo acoge en un principio, que sirve de interminable pista de baile, también sabe mostrar los dientes.


Este relato atmosférico sobre buscar algo y encontrar otra cosa muy distinta, deja huella, y para su director toca un tema muy específico, desde el nombre mismo (que remite al puente que cruza sobre el infierno y que cada persona debe atravesar para llegar al paraíso): “En mi película, todos los personajes -y, en primer lugar, Luis- se verán confrontados a la muerte: la mirarán directamente a los ojos”, explica Laxe.

“En El sabor de la cereza, Kiarostami abordó la muerte de una manera tan frontal, que terminó regalándonos una oda a la vida. Es una dialéctica que me ha inspirado fundamentalmente en esta película. Se podría decir, entonces, que Sirât es una película sobre la muerte. Pero es, sobre todo, una película sobre la vida, sobre la supervivencia después de haber tocado lo más hondo”.










