El 22 de septiembre de 2026, casi tres décadas después de la muerte de Diana, princesa de Gales, Charles Spencer vuelve a poner a su hermana en el centro de la conversación pública. Lo hace desde un lugar distinto al de los documentales, las biografías y los testimonios que durante años han intentado reconstruir la vida de una de las mujeres más icónicas del siglo XX: el de un hermano que compartió con ella la infancia, la intimidad familiar y buena parte de los momentos que marcaron su transformación en una figura mundial.
El canto del cisne. Diana, mi hermana, publicado originalmente en inglés como Swan Song: Diana, My Sister, llega al mercado internacional bajo el sello Michael Joseph, de Penguin Random House UK.


En España y América Latina, la edición en castellano está a cargo de Plaza & Janés, mientras que Rosa dels Vents publicará la versión en catalán. En estos mercados, la fecha prevista de publicación es el 23 de septiembre.
Una Diana antes de Diana

Uno de los elementos centrales del libro es precisamente la mirada sobre los años anteriores a la fama. Charles Spencer y Diana fueron los dos hijos menores de John Spencer, octavo conde Spencer, y Frances Shand Kydd.
En el fragmento publicado oficialmente por Penguin, Spencer recuerda un momento de finales de 1977 o comienzos de 1978 en Althorp, la residencia histórica de los Spencer. Allí observa cómo los amigos de sus hermanas mayores comienzan a mirar a Diana de otra manera. Ya no era simplemente la niña de la familia: empezaba a aparecer ante los demás una personalidad propia, marcada por el humor, la seguridad y una capacidad particular para hacerse notar.
Ese pasaje permite entender una de las apuestas narrativas del libro: separar, al menos por momentos, a Diana de la imagen que el mundo construyó alrededor de ella.
Spencer también reconstruye el momento en que la joven comenzó a relacionarse con el entonces príncipe Carlos. El interés de la prensa británica por la nueva mujer que aparecía en el entorno del heredero de la Corona fue inmediato. En uno de los episodios recordados por el autor, un fotógrafo llegó a arrebatarle la maleta a Diana para descubrir su identidad a partir de la etiqueta del equipaje. A partir de ese momento, su nombre dejó de pertenecer únicamente a su familia.

La relación entre Charles Spencer y la historia pública de Diana quedó marcada para siempre por aquel septiembre de 1997 en el que pronunció el panegírico durante el funeral de su hermana en la Abadía de Westminster.

Su discurso se convirtió en uno de los momentos más recordados de las exequias. Frente a la familia real y a una audiencia mundial, Spencer habló de Diana como hermana, madre y figura pública, y cuestionó indirectamente algunos de los mecanismos que habían rodeado su vida dentro de la institución monárquica.
Ahora, casi treinta años después, vuelve a ocupar ese papel de narrador.
El propio Spencer explica que las constantes solicitudes de entrevistas relacionadas con Diana y la cercanía del trigésimo aniversario de su muerte lo llevaron a decidir que era momento de poner por escrito sus recuerdos. Su intención, según ha declarado, es ofrecer la historia desde la perspectiva de un hermano y hacerlo desde una mirada que considera abiertamente positiva hacia ella.
La publicación no ha estado exenta de controversia. Antes de la llegada del libro a las librerías, comenzaron a difundirse fragmentos relacionados con la relación entre Diana y la familia real, particularmente con las circunstancias posteriores a su muerte y con la decisión de que sus hijos, los príncipes William y Harry, caminaran detrás de su féretro durante el funeral.

Algunas de esas afirmaciones han recibido una respuesta inusual del Palacio de Buckingham: cuestionó la fiabilidad de determinados recuerdos de Spencer y señaló que el duelo puede afectar la memoria y el juicio. La existencia de versiones enfrentadas resulta relevante para la lectura del libro, pues las afirmaciones de Spencer corresponden a su recuerdo y perspectiva personal, mientras que otras partes de la historia han sido objeto de interpretaciones y testimonios diferentes.
El interés alrededor de El canto del cisne también está relacionado con aquello que Spencer decide recordar y aquello que decide dejar fuera. En entrevistas recientes, el autor ha insistido en que su propósito no era escribir una exposición sensacionalista sobre su familia, sino construir un retrato afectuoso de Diana desde el lugar privilegiado de quien la conoció antes de que se convirtiera en las mujer más fotografiada del planeta.
De historiador a testigo de su propia familia

Charles Spencer llega a este libro con una trayectoria consolidada como historiador y escritor. Es el noveno conde Spencer y ha publicado nueve libros, varios de ellos dedicados a episodios de la historia británica. Entre sus títulos figuran The White Ship, Blenheim: Battle for Europe, Killers of the King y To Catch a King.
Su primer volumen de memorias, A Very Private School, alcanzó el primer puesto de la lista de libros más vendidos del Sunday Times. En aquella obra abordó su experiencia durante la infancia en un internado británico y recibió elogios por la franqueza de su escritura. The Guardian, por ejemplo, destacó la combinación de indignación y honestidad con la que Spencer abordó aquellas experiencias.
Antes de consolidarse como historiador y autor, Spencer trabajó como corresponsal de NBC News entre 1986 y 1995. También ha presentado programas de televisión, participado en podcasts y escrito para diferentes periódicos y revistas. Actualmente, es columnista del Financial Times. Estudió en Eton College y en Magdalen College, Oxford, donde obtuvo un máster en Historia Moderna.
Su formación ayuda a explicar el interés particular de El canto del cisne: no se trata únicamente de las memorias de un familiar de Diana, sino del intento de un historiador de fijar su propia versión de acontecimientos que durante décadas han sido objeto de investigaciones, biografías, testimonios y reconstrucciones periodísticas.


El libro tiene 384 páginas y será publicado simultáneamente en numerosos mercados. Además de Reino Unido, Estados Unidos, España y América Latina, llegará a Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, India e Irlanda, mientras que los derechos han sido adquiridos para otras lenguas y territorios. Penguin Random House señala que la obra será publicada en doce idiomas.
La publicación también vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que acompaña a Diana desde su muerte: ¿quién fue realmente la mujer detrás de la imagen de la princesa?
Para Charles Spencer, la respuesta no está únicamente en el palacio, en los titulares o en las fotografías. Está en la niña que conoció en Althorp, en la hermana con quien compartió una infancia marcada por los cambios familiares y en la mujer que, según su recuerdo, conservó una extraordinaria capacidad para conectar con los demás incluso cuando su propia vida se encontraba bajo una presión excepcional.
SEMANA tuvo acceso exclusivo a un fragmento del libro

EXTRACTO 3
Mi madre me dijo muchas veces que tenía la sensación de que yo conocía a Diana mejor que ninguna otra persona en el mundo. Los dos crecimos juntos y éramos los más jóvenes en una casa dividida por el divorcio y marcada por la tristeza de la muerte de un hermano.
Sin embargo, cuando, como a menudo ocurre, me preguntan: «¿Qué significó crecer junto a Diana?», mi primer pensamiento siempre es «Pero si no sé qué significa no crecer junto a ella». Compartimos techo todas las noches durante los primeros siete años de mi vida, más o menos, y vivimos juntos durante la gran mayoría de los periodos vacacionales de nuestro internado hasta que Diana cumplió los dieciséis y yo los trece.
En muchos sentidos, nuestra relación fue la típica entre una hermana mayor y un hermano pequeño. Ella me llevaba casi tres años y yo, al ser chico, siempre fui notablemente menos maduro. El canto del cisne es un libro que parte de mi profunda admiración por ella, sobre todo teniendo en cuenta la dinámica de Park House, la casa en la que vivimos una infancia tremendamente feliz y donde ella no solo fue mi constante compañera, sino también, en algunos aspectos, mi principal cuidadora.
Con frecuencia, en sus últimos años, bromeaba al saludarme o referirse a mí delante de otros como «hermanito», incluso después de llegar a ser quince centímetros más alto que ella.
Diana siempre tuvo un gran instinto maternal. Cuando nuestra madre se marchó de casa, ella estuvo más atenta a mis necesidades de lo que le habría correspondido a una hermana mayor en otras circunstancias. Según he sabido por boca de los adultos que nos rodeaban en aquella época, a pesar de que quizá exteriorizara un gran fastidio al tener que pasar aún más tiempo con su hermanito, en realidad Diana casi siempre disfrutaba en mi compañía.
Los dos éramos bastante reservados con los desconocidos y sumamente sociables con los amigos. Compartíamos una tendencia natural a la obstinación cuando nos presionaban, en especial si considerábamos que el motivo era injusto.
Tendíamos a protegernos mutuamente, muchas veces con uñas y dientes. Creamos un vínculo inicial muy fuerte.
La nota discordante, que transformó nuestra relación fraterna en una tan poco común durante la segunda mitad de su brevísima vida, fue su matrimonio con un miembro de la familia real británica. Cuando, en 1981, apareció vestida de novia en la catedral de St. Paul, caminó hasta el altar del brazo de nuestro padre en calidad de hermana mía y salió frente a la multitud que la aclamaba como la princesa que había cautivado al mundo entero. La gente quería un cuento de hadas, y esa mañana Diana fue nombrada la heroína de una fantasía global. Nadie lo sabía en aquel momento excepto ella misma, pero su realidad era bastante diferente.
Muchos lectores son demasiado jóvenes para recordarla tal como era. Para ellos, su identidad se reduce a una cara bonita de la historia; una figura trágica del pasado que, aunque fue tocada por el manto de la realeza, murió en un accidente de coche, como por desgracia le ocurre a un millón de personas todos los años. Pensando en esas personas, en El canto del cisne me dispuse a desarrollar el verdadero entramado de la existencia de Diana, para que puedan apreciarla más en conjunto.
Por lo que respecta a los lectores de más de treinta años, he vinculado de forma expresa distintos capítulos de su vida a frases de mi panegírico: el discurso que escribí en su memoria durante los días posteriores a su muerte y que pronuncié en el funeral celebrado el sábado siguiente. A ese grupo de población de más edad, algunos de los temas en El canto del cisne le serán familiares, pero quizá la perspectiva desde la que los abordo le resultará nueva.
En aquel discurso fúnebre quise hablar por ella en un momento en que había sido privada de voz propia para siempre y de un modo tan repentino que jamás tuvo la oportunidad de entonar su canto del cisne. Quise recordarle al mundo cuáles eran las cualidades de Diana, tal como corresponde a todo buen panegirista.
Pero también tenía la esperanza de movilizar a las personas poderosas que podían evitarles a sus queridos hijos los detalles más truculentos de su vida. Mi principal objetivo consistía en protegerlos de la tortura a la que ella se vio regularmente sometida durante sus últimos años por parte de los peores sectores de los medios de comunicación.
Cuando Diana saltó de forma tan triunfal a la arena de la vida como miembro de la realeza, yo era tan solo un joven de diecisiete años, inundado de hormonas y atrapado en el egocentrismo de la adolescencia. No me implicaba demasiado en lo que pasaba fuera de mi entorno inmediato y la realeza nunca me había interesado mucho, dejando aparte su función como fuerza poderosa en la historia lejana, cuando era la pieza central de una verdad humana más amplia.
No recuerdo haber dedicado demasiada atención al ascenso social de Diana en aquel momento. Creo que, sencillamente, di por hecho que mi hermana mayor encajaría bastante bien en su nuevo papel. Sabía que era una buena persona, con un claro sentido de lo que es correcto y lo que no. Una de sus expresiones favoritas cuando alguien hacía algún comentario desagradable sobre otro era «¡No juzgues a los demás basándote en ti!». Me encantaba esa forma de pensar y creí que tanta sensatez le resultaría muy útil a la hora de llevar una vida que, a todas luces, distaría mucho de aquella que ambos habíamos llevado en nuestro entorno de origen.
También consideré que sería bienvenida en una institución atávica a la que mi familia había servido de forma incondicional durante siglos más por patriotismo que por adulación. Los Spencer habían sido tradicionalmente whigs en la esfera política: respetaban a la Corona, pero no tenían miedo de exigir que quienes la llevaban puesta actuaran en beneficio de intereses políticos y sociales más amplios, incluidos los propios.
Todos esos pensamientos me rondaban por la cabeza sin que llegara a profundizar en ninguno de ellos. Básicamente, creía que mi hermana mayor se encontraría a gusto ocupando un lugar que, sin duda, imponía mucho respeto y que acabaría por aportar un beneficio al país. En ningún momento se me ocurrió pensar que se convertiría en todo un fenómeno mundial, tal como efectivamente ocurrió.
Muchos otros, mayores que yo, también subestimaron a Diana. Es probable que la eligieran como futura reina porque su procedencia era adecuada y porque era lo bastante joven para carecer de un pasado romántico. Esas cosas eran mucho más importantes en 1981 de lo que hoy día nadie puede imaginar siquiera.
Pero el gran desconocido en aquel momento era el espíritu único que habitaba en su interior. Poseía una fuerza extraordinariamente original que irrumpió en el escenario del mundo impulsada por su carisma, adornada por su belleza y sustentada por una forma absolutamente natural de conectar con las personas.
Semejante combinación resultó impactante cuando empezó a dejarse ver y cautivadora cuando se desplegó por completo. Diana irradiaba un magnetismo de estrella, pero, a diferencia de una actriz de primera línea o una diva del pop, jamás tuvo que vender ningún producto para mantenerse en el foco de atención. Aunque entró en la realeza gracias a su enlace matrimonial, gozaba de un rango y un poder singulares que estaban destinados a perdurar hasta su último aliento.
Y eso le otorgó otra clase de valor: el mediático. La mayor parte de lo que se difundía sobre ella a escala mundial era muy positivo. Su boda tuvo 750 millones de espectadores, pero eso fue solo el comienzo. A lo largo de su vida, fue 45 veces portada de la revista People en Estados Unidos. Su funeral, visto por 2.500 millones de personas, es uno de los acontecimientos con mayor audiencia en la historia de la televisión.
Todo eso lo consiguió una joven nacida en una discreta familia de la aristocracia inglesa, la tercera de los cuatro hijos supervivientes de nuestros padres. Como tal, seguramente estaba destinada a casarse con alguien de procedencia similar y disfrutar de la típica vida de la clase alta, quizá viviendo en una gran mansión y participando en alguna buena obra para la comunidad local.
En vez de eso, captó el interés del príncipe de Gales. Pasó a ocupar un puesto sin precedentes modernos, ya que nadie había sido princesa de Gales desde 1910. Sin embargo, aunque gozaba de un privilegio extremo, su papel podría haber resultado poco exigente y consistido simplemente en tener hijos y dar apoyo a unas cuantas causas dignas y exentas de riesgo. Podría haberse acomodado a una vida de cuidados y lujos, adulada por los miembros de la corte, mientras evitaba llamar la atención. Pero cabía la posibilidad de hacer mucho más y esa perspectiva encajaba mejor con la personalidad y la actitud de Diana. No entraba en sus planes asentarse en una vida de placeres inútiles. Siempre estuvo dispuesta a ir más allá de los límites establecidos con tal de generar efectos positivos en quienes la rodeaban.
Mientras su carrera, por así decir, se desarrollaba de forma natural, sus valores esenciales nunca flaquearon. Había crecido con un claro objetivo en mente: casarse por amor. Estaba segura de que era lo más importante con el fin de evitar el divorcio, que nuestros padres no supieron evitar, y poder dedicarse en cuerpo y alma a los hijos que siempre anheló tener.En todas partes se narra que Diana tuvo una infancia infeliz. Sin embargo, eso no se corresponde con la niña que yo conocí. Mi hermana fue objeto de un gran amor parental y, por ende, creció segura en un hogar principalmente acogedor y cariñoso.
Quizá nuestros padres no verbalizaran a menudo cuánto nos querían, porque así es como actuaban las personas de su clase y de su época, pero sentíamos que lo hacían. También fue claramente feliz con sus compañeros de escuela, a pesar de que arrastraba la terrible carga de unas dificultades de aprendizaje no diagnosticadas que convirtieron su vida académica en un duro panorama carente de orientación.
En cierto modo, el objetivo de El canto del cisne es contar la verdad sobre Diana desde la perspectiva de un hermano, igual que intenté hacerlo cuando hablé en su funeral. Ella merece mis mayores esfuerzos a la vista de la gran cantidad de invenciones y medias verdades simplistas que se cuentan por ahí. Nunca he leído una biografía suya, pero lo que me ha llegado en forma de breves extractos a través de los periódicos no se corresponde para nada con lo que sabía y sé. Todo ello destaca por su gran inexactitud.
Así pues, ¿por qué escribir esto ahora? Con el trigésimo aniversario de su muerte a la vista, de nuevo he rechazado una y otra vez innumerables invitaciones para aparecer en documentales sobre ella; y pensé: «¿Sabes qué? En vez de plantearme la posibilidad de aparecer sin más en un programa que sin duda seguirá el habitual patrón sesgado y adaptarme a la agenda estipulada por un productor a quien no llegaré a conocer, o por una cadena de televisión que no veré jamás, voy a contar las cosas tal como yo las recuerdo y a dejarlas claras de una vez por todas».
Como ocurrió con mi panegírico, quiero hablar en nombre de Diana. Lo hago de un modo abiertamente positivo. No voy a analizar en detalle cada uno de los aspectos de la vida de mi hermana con intención de criticar, y mi ánimo al respecto dista mucho de fingir que era perfecta. Por supuesto que no lo era, tal como reconocí sin tapujos el día que pronuncié el discurso. Sin embargo, tengo claro que muchos de los aspectos que la llevaron a la ruptura con cuantos la rodeaban, incluyéndonos a mí y al resto de la familia cercana en muchas ocasiones, tienen su origen en la presión sin igual que debió soportar durante sus años de fama. Muchas de esas situaciones estresantes eran insufribles, y la aplaudo por haberlas sobrellevado. Dadas las circunstancias, difícilmente podría haberlo hecho mejor.
También quiero hacer esto porque tengo más de sesenta años y una conciencia cada vez mayor de mi propia mortalidad, puesto que ni mi padre ni mi madre llegaron a los setenta. Sin ánimo de caer en el dramatismo, no sé cuánto tiempo me queda para narrar esta historia, así que no me cabe duda de que mi deber es dejarla escrita, a modo de mi propio canto del cisne.
Soy autor de ocho libros de historia y un volumen de memorias, pero esta es la obra que más me importa. En cierto modo, es como si las nueve publicaciones anteriores me hubieran guiado hasta aquí sin que me haya dado cuenta antes de esa progresión inevitable.
Espero que este libro interese a todos los que aún guardan con cariño el recuerdo de Diana en vida, y me encantaría que, después de leerlo, quienes eran demasiado jóvenes para recordarla en sus mejores años sientan que por fin comprenden quién fue realmente: una persona única y llena de vitalidad, amor, carisma e inseguridades que vivió la vida con una intensidad extraordinaria y dejó el mundo mucho mejor de como lo encontró, a pesar de haberlo abandonado demasiado pronto.
Alcanzó todo eso pese a no haber logrado experimentar la clase de amor profundo que siempre anheló. Por ello merece respeto y ovación, y le ofrezco ambas cosas en las páginas de El canto del cisne.
