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Historias insólitas de fútbol: increíbles ‘hazañas’ arbitrales

Luciano Wernicke expone en su libro, publicado por Planeta, varios casos en los que la máxima ley en un partido de fútbol parece haber perdido la razón.

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1 de noviembre de 2021 a las 7:22 a. m.
Libro Historias insólitas de fútbol
Libro Historias insólitas de fútbol Foto: Foto por OSCAR DEL POZO / AFP. Planeta

El reglamento del fútbol es tan sencillo como claro: el árbitro tiene la autoridad total para hacer cumplir las reglas de juego. Pero, ¿qué ocurre cuando el referí actúa como si desconociera por completo la legislación deportiva? En marzo de 2002, en el estado brasileño de Piauí, el referí Edmílson Timoteo da Silva mostró tres tarjetas amarillas y dos rojas a un mismo jugador.

El insólito caso, que se produjo durante un partido entre los conjuntos locales River Atlético Clube y Oeiras Atlético Clube, comenzó con un brusco puntapié del defensor visitante Paulo Araujo, que mereció una tarjeta amarilla. Un minuto más tarde, Araujo se mandó otra dura entrada y volvió a ser amonestado. Como se dice en la tribuna, amarilla más amarilla es igual a roja, y así ocurrió, aunque, en este caso el defensor, en lugar de encarar hacia las duchas, se quedó dentro de la cancha, y el juego prosiguió sin que el árbitro, sus asistentes ni los dormidos jugadores y el cuerpo técnico de River se dieran cuenta de la irregular maniobra.

Como el rudo Araujo no podía con su genio ni, aparentemente, había saciado aún su sed de sangre, poco después volvió a revolear a un rival. Da Silva, esta vez más despabilado, le mostró la tercera amarilla y la segunda –y definitiva– roja. Al finalizar el partido, el árbitro argumentó que había confundido a Araujo con uno de sus compañeros, por su parecido físico. Un argumento infantil, si se tiene en cuenta que el otro jugador tampoco había abandonado la cancha con la primera roja.

Algo más grave resultó el caso del referí inglés Graham Poll, por ocurrir durante un Mundial (Alemania 2006) rodeado de la más alta tecnología televisiva y ante millones de ojos. Durante el choque entre Croacia y Australia, jugado el 22 de junio en Stuttgart por el grupo E, Poll le mostró tres tarjetas amarillas al defensor europeo Josip Šimunić.

El zaguero vio la primera amonestación en el minuto 61 y la segunda en el 90, pero continuó en el campo sin que el árbitro ni sus líneas advirtieran la anormalidad. Recién en el minuto 93, Šimunić protestó un cobro del árbitro y se ganó la tercera amarilla, que ahí sí fue seguida de una roja.

El reglamento le otorga al referí la posibilidad de modificar su decisión si se da cuenta de que esta es incorrecta. En estos dos casos, los hombres de negro actuaron con una inoperancia asombrosa. Lamentablemente, no fueron los únicos.

La tumba

La siguiente historia parece extraída de un relato fantástico de la “Noche de Brujas”. Sin embargo, es tan espeluznante como verídica. El 30 de marzo de 1978, el equipo venezolano Portuguesa Fútbol Club recibió a Cerro Porteño de Paraguay en el estadio José Antonio Páez de la ciudad Acarigua, para protagonizar un partido correspondiente al grupo 5 de la Copa Libertadores.

Pedro Pascual Peralta abrió el marcador para el conjunto local, mientras que el guaraní Gerardo González consiguió el empate definitivo. Hasta ahí, todo normal. De hecho, el juego terminó sin incidentes. Sin embargo, el pitazo final del referí colombiano Orlando Sánchez dio comienzo a una historia pavorosa.

Sánchez y sus asistentes –el local Vicente Llobregat y el peruano Enrique Labo Revoredo– se ducharon, cambiaron y abordaron un automóvil rumbo a Caracas, donde los dos árbitros extranjeros tenían previsto abordar sendos aviones que los llevaran de vuelta a sus patrias. Pero, a unos cinco kilómetros de haber dejado Acarigua, el vehículo fue interceptado por un grupo de hinchas de Portuguesa. Los tres jueces fueron amenazados con armas de fuego y sacados del automóvil a golpes y empujones.

Sánchez fue arrastrado de los pelos hasta un descampado, donde se le entregó una pala y se le obligó, a punta de pistola, a cavar una tumba donde los agresores amenazaban con enterrar su cuerpo. Aterrado y desamparado, el referí colombiano comenzó a horadar un pozo en la tierra, hasta que varias patrullas policiales aparecieron a tiempo para rescatarlo con vida.

El club Portuguesa debió pagar una multa de cinco mil dólares y su estadio fue suspendido por un año. Sánchez nunca más regresó a Venezuela.

La hora, referí

Cuando el árbitro Luis Ventre pitó el final, los once futbolistas de C.A. Estudiantes de La Plata se abrazaron para festejar un impensado triunfo 1-2 ante Racing Club, el puntero del campeonato de 1957 y en su mismísimo reducto de Avellaneda. Sin embargo, como casi todas las cosas buenas, el dulce festejo “pincharrata” duró poco: mientras protagonistas e hinchas abandonaban la cancha, uno de los jueces de línea le advirtió a Ventre que se le había adelantado el reloj y que aún restaban cinco minutos por jugarse.

Al notar su error, el referí convocó a los protagonistas y ordenó la reanudación de las acciones mediante un “bote a tierra”, tal y como lo indica el reglamento. Los visitantes aceptaron la medida a regañadientes. Pocos segundos después, su descontento se transformó en bronca, porque en esos escasos instantes la “Academia” logró la igualdad definitiva mediante un zapatazo de Juan José Kellemen.

Escándalo: futbolista del Junior, en el ojo del huracán por indisciplina

¿Qué habrá pasado con el reloj del referí inglés Thomas Saywell? El 26 de noviembre de 1898, el árbitro dio por terminado el encuentro entre Millwall F.C. y Southampton F.C. por la antigua Southern League, ¡diez minutos antes de lo que correspondía! Los directivos del equipo local elevaron una protesta y les exigieron a las autoridades de la liga que se volviera a convocar a las dos escuadras para disputar el tiempo restante.

Estaban encaprichados con que su escuadra podía igualar el marcador adverso en ese lapso. El tribunal dio lugar al reclamo y programó el corto match para... ¡casi cinco meses más tarde! Los hombres de Southampton aceptaron con acritud y el 12 de abril de 1899 viajaron los cien kilómetros que separan su ciudad del estadio The Dell, del centro de Londres, al borde del Támesis, para completar el duelo.

Después de tantas vueltas, los diez minutos transcurrieron sin que se modificara el marcador, que quedó oficializado Millwall 1 - Southampton 4...

El festejo

El árbitro Rodolfo Llanes no entendía qué sucedía. Montevideo Wanderers F.C. y Rampla Juniors F.C. protagonizaban un partido muy tranquilo esa tarde del 11 de junio de 1961, por el torneo de Primera División uruguayo. Llanes advirtió que uno de sus líneas, Feliciano Cacheiro Sánchez, agitaba su banderín, pero no lograba entender la seña, puesto que él no había percibido ninguna anormalidad de ese lado del campo de juego.

Intrigado por tanto aspaviento, el referí se acercó a su colaborador para preguntarle qué ocurría. Cacheiro Sánchez, fanático hincha de C.A. Peñarol, no podía dominar un ataque de euforia: “¡Gol del Pepe en San Pablo!”. Sucedía que Peñarol jugaba, en ese mismo momento, el partido “de vuelta” de la final de la Copa Libertadores ante Sociedade Esportiva Palmeiras, en el estadio Morumbi, y el tanto de José ‘Pepe’ Sasía le daba a la escuadra uruguaya su segundo trofeo continental.

Cuando salió de su estupor, Llanes ordenó la reanudación del partido. El resto del encuentro, para evitar un eventual contratiempo, optó por ignorar a su fanático asistente.

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Al ‘dente’

El árbitro Henning Erikstrup miró su reloj: el tiempo se había cumplido y, esa tarde del 18 de abril de 1960, Nørager IF vencía a Ebeltoft IF 4-3 por el torneo de Cuarta División de Dinamarca. Al llevarse el silbato a la boca para dar por terminado el encuentro, ¡sorpresa!: la dentadura postiza del referí aprovechó la ligera separación de los labios para escapar de su celda. Erikstrup se agachó rápidamente para recoger sus dientes y escapar de la bochornosa situación.

Justo en ese momento –no podía ser de otra forma– la escuadra visitante marcó la igualdad. Los muchachos de Ebeltoft iniciaron un vivaz festejo, mas el referí lo cortó de cuajo al anular la conquista porque, en efecto, no la había visto. Los furiosos futbolistas visitantes rodearon a Erikstrup para averiguar el porqué de su decisión y al árbitro no le quedó más remedio que admitir que priorizó su estética sobre su actividad deportiva.

Uno de los jugadores le preguntó por qué no pitó el final del partido y luego recogió sus dientes. “Tenía que recuperar la prótesis antes de que alguno la pisara y la destruyera. Es muy cara”, se excusó, más rojo que su tarjeta.