FILBO 38

Erika Montilla: “Escribo para existir, para abrazar y para dar voz a los dolores invisibles”

La escritora barranquillera publica su primer libro, ‘Bailando con el dolor’, con Santabárbara Editorial. La obra será presentada el 4 de mayo en la FILBo 2026, a las 4:00 p. m., en el Salón Talleres 3.

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27 de abril de 2026 a las 1:53 p. m.
En las páginas de este libro escrito e ilustrado por la barranquillera, la poesía no solo registra el dolor: lo sostiene.
En las páginas de este libro escrito e ilustrado por la barranquillera, la poesía no solo registra el dolor: lo sostiene. Foto: cortesía Santabárbara Editorial / Pierre Jiménez

Escribe con ruido o en silencio. Un verso puede aparecer mientras camina. Por eso colecciona papeles de colores y los lleva consigo. Erika Montilla publica Bailando con el dolor, un libro que funciona como el retrato en verso de tres años atravesados por la fibromialgia. En sus páginas, la poesía no solo registra el dolor: lo sostiene.

Erika Montilla publica su primer libro, ‘Bailando con el dolor’, con Santabárbara Editorial.
Erika Montilla no escribe después del dolor. Escribe en medio de él. Sin tregua. Con el cuerpo atravesado. Foto: cortesía Santabárbara Editorial / Pierre Jiménez
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“¿Quieres saber cuál es mi mundo? / Date golpes contra las paredes, / corre hasta agotarte, / intenta dormir sobre clavos, / al amanecer sonríe sin sentirte hipócrita, / camina el sendero que te exige el mundo”.

Erika Montilla no escribe después del dolor. Escribe en medio de él. Sin tregua. Con el cuerpo atravesado. Levanta el brazo cuando puede y escribe, aferrada a una convicción que atraviesa su libro, Bailando con el dolor. El gesto vuelve una y otra vez. No es rutina. Es impulso. El trazo del lápiz sobre el papel no borra el dolor, pero le da un lugar. Erika Montilla no se limita al poema: el libro incorpora dibujos realizados durante el proceso de la enfermedad, trazos que acompañan —y a veces sustituyen— la palabra. Son poemas que no solo hablan de quien padece, sino que se abren a quienes, en algún momento, han perdido la esperanza, se han extraviado en el camino o han mirado al cielo en busca de una respuesta.

Arcadia: Durante estos tres años conviviendo con la fibromialgia —ha dicho que en algunos momentos el dolor le impide incluso sostener un lápiz—, ¿qué encuentra en la literatura y en la poesía que le permite seguir escribiendo aun en esas condiciones?

Erika Montilla: Me da vida. Me permite existir. En el poema Un ala rota relato precisamente esos momentos. Y cuando no puedo escribir, grabo mi voz para que la inmovilidad de mis manos no me silencie. El dolor con letras es otra cosa. Sin letras, solo respiraría. Dejaría de existir.

Arcadia: El diagnóstico de la fibromialgia llegó tarde en su vida: ¿qué cambió en la forma de entender su cuerpo desde ese momento y qué fue lo más difícil de asumir en ese tránsito?

E.M.: El diagnóstico transformó radicalmente la forma en que me relaciono con mi cuerpo. Aprendí a reconocer que tenía límites, y creo que eso fue lo más difícil de aceptar: yo siempre fui una persona que trabajaba sin parar, que estudiaba, que cuidaba a otros, pero sin respetar las señales que mi propio cuerpo me enviaba. Cuando todo se detuvo, comprendí que había sido sorda a sus avisos, y esa sordera terminó dejándome inmóvil en muchos aspectos.

Supe entonces que ya no volvería a ser quien era antes, ni física ni cognitivamente. Fue desde ese momento que comencé no solo a respetar mis límites, sino a reconocer la geografía de mi cuerpo, a transitarla con cuidado, con conciencia, con autocuidado genuino.

Arcadia: En Bailando con el dolor, el sufrimiento no es un enemigo sino un interlocutor, ¿en qué momento dejó de resistirlo para empezar a dialogar con él?

E.M.: El diálogo comenzó en los momentos de mayor intensidad del dolor, cuando las alternativas médicas ya no eran suficientes para sostener a la vez el trabajo y la vida. Cuando el dolor fue alejándome progresivamente de mi vida laboral, me di cuenta de que, si quería seguir viviendo, mi cuerpo me estaba diciendo con claridad que no podía continuar funcionando de la misma manera. Fue cuando dejé de pelear contra él y comencé a escucharlo. Esa escucha fue el origen del libro.

Las ilustraciones internas suman a la dimensión del trabajo.
El libro incorpora dibujos realizados durante el proceso de la enfermedad, trazos que acompañan —y a veces sustituyen— la palabra. Foto: cortesía Santabárbara Editorial / Pierre Jiménez
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Arcadia: ¿Qué tipo de lectores se imagina —más allá de quienes han atravesado una enfermedad— y qué cree que pueden encontrar en estos poemas?

E.M.: Todos, en algún momento, hemos sentido miedo y nos hemos sentido vulnerables. A ellos les escribo. El miedo que describo en mis poemas no es solo el miedo físico: es el miedo a actuar, pero sobre todo a hablar. Muchos silencios —por querer cuidar a otros, por no querer ofender, por quedar bien, por no molestar— nos van carcomiendo por dentro, y por esos silencios también escribí.

Todos, en algún momento, hemos sentido miedo y nos hemos sentido vulnerables. A ellos les escribo. El miedo que describo en mis poemas no es solo el miedo físico: es el miedo a actuar, pero sobre todo a hablar.

También pienso en el lector que se pone una máscara, como la que describo en un poema La máscara del estar bien, porque a veces agota más explicar cómo realmente uno se siente frente a rostros que simplemente no están escuchando. Y entonces uno sonríe y dice ‘estoy bien’, aunque me esté desmoronando por dentro.

Pienso en quien siente que su dolor —en el cuerpo o en el alma— nadie lo comprende. Yo sí lo comprendo. Y quiero que sepa que no está solo, que no está sola.

En mis poemas todos ellos encontrarán una voz, un abrazo, el grito que no se atreven a dar y la esperanza de que el dolor no tenga la última palabra en su vida.

Arcadia: En su formación como lectora aparece Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer: ¿qué otros autores o voces han sido decisivos para encontrar su propio tono y por qué?

E.M.: Creo que como escritoras vamos creciendo con cada página leída; nuestra voz se vuelve más profunda a medida que más libros pasan por nuestras manos. Desde niña me gustó leer, pero a los once años comencé a descubrir voces como las de Pablo Neruda, José Asunción Silva, Bécquer, José Eustasio Rivera y Hans Christian Andersen. Ellos me inspiraron a escribir mis primeros poemas y también a imaginar y narrar los momentos de mi propia vida.

Con el tiempo llegaron autoras que me marcaron profundamente: Sylvia Plath, cuya escritura hace que sacar el corazón para que palpite en tinta parezca lo más natural del mundo; Alejandra Pizarnik, con sus cerrojos y sus jaulas que se vuelven pájaros; Annie Ernaux, de quien he leído más de cinco libros y a quien admiro profundamente; Emily Dickinson, que escribía en pequeños pedazos de papel sobre la luz, los pájaros, las flores y la muerte, y con quien me identifico en ese refugio que desde niña he encontrado en el papel.

Erika Montilla, ‘Bailando con el dolor’, Santabárbara Editorial.
‘Bailando con el dolor’ se presenta el 4 de mayo en la FILBo 2026, a las 4:00 p. m., en el Salón Talleres 3. Foto: cortesía Santabárbara Editorial / Pierre Jiménez
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También me han nutrido Meira del Mar grande; Adriana Acosta, poeta del Caribe que lleva al lector por renglones coloridos llenos de vida, rebeldía y amor; Ricardo Silva, cuya narrativa me inspiró a comenzar dos libros más; Gabriel García Márquez, cuyo realismo mágico me ayudó a perderle el miedo a la frontera entre lo real y lo que no lo es cuando escribo; y Kahlil Gibran, que después de la Biblia es mi libro favorito: poesía en cada palabra, mi refugio, mi definición de vida cuando necesito encontrar ciertos porqués.

También he leído a escritoras encarceladas, quemadas en la hoguera o perseguidas —entre ellas las beguinas y, actualmente, Margarita Porete, quien murió por defender lo que escribió—. Ellas me llevaron a concluir que las letras son libertad porque la que vale la pena vivir.

También he leído a escritoras encarceladas, quemadas en la hoguera o perseguidas —entre ellas las beguinas y, actualmente, Margarita Porete, quien murió por defender lo que escribió—. Ellas me llevaron a concluir que las letras son libertad porque la que vale la pena vivir. Y finalmente, Virginia Woolf, por eso elegí un fragmento suyo para abrir mi libro: ‘Si no puedo curarme a mí misma, ¿cómo puedo esperar curar a otros con mi escritura?’. Escribo para existir, para abrazar y para dar voz a los dolores invisibles.