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Lea un adelanto del libro ‘La llamada del coraje’, de Ryan Holiday

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8 de febrero de 2023 a las 7:08 p. m.
Libro 'La llamada del coraje', de Ryan Holiday
Libro 'La llamada del coraje', de Ryan Holiday Foto: Suministrada

No hay nada que valoremos más que el coraje, aunque no hay bien más escaso. ¿Ahí está la clave? ¿Valoramos aquello que es raro? Es posible. Sin embargo, el coraje —la primera de las cuatro virtudes cardinales— no es una piedra preciosa. No es un diamante, el resultado de un proceso de miles de años. No es petróleo, que se debe extraer de la tierra. No ofrece recursos finitos, repartidos por la fortuna azarosamente o accesibles solo a unos pocos. No. Es mucho más simple. Es renovable. Está en cada uno de nosotros, en todas partes. Es algo de lo que somos capaces en cualquier momento. En asuntos importantes y menores. Físico. Moral. Disponemos de oportunidades ilimitadas, incluso diarias, para experimentarlo: en el trabajo, en casa, en todas partes. Y, sin embargo, sigue siendo algo muy raro. ¿Por qué? Porque tenemos miedo. Porque es más fácil no implicarse. Porque estamos liados en otras tareas y este no es un buen momento. «No soy un soldado», decimos, como si luchar en el campo de batalla fuese la única forma de coraje que el mundo necesita. Preferimos seguir con lo que no entraña peligro. ¿Yo? ¿Heroico? Nos parece egoísta, absurdo. Se lo dejamos a otro, a alguien más cualificado, mejor preparado, con menos que perder. Es comprensible, incluso lógico. Pero si todo el mundo piensa así, ¿qué nos queda? «¿Habrá que recordar que desde la más remota Antigüedad la pérdida de coraje se ha considerado el principio del fin?», dijo el escritor y disidente soviético Alexander Solzhenitsin. En cambio, los momentos más destacados de la historia de la humanidad —ya sea llegar a la Luna o luchar por los derechos civiles, la batalla de las Termópilas o las obras de arte del Renacimiento— comparten un elemento: el valor de hombres y mujeres corrientes. Personas que hicieron lo que debían. Personas que dijeron: «Si no lo hago yo, entonces ¿quién?»

Coraje solo hay uno

Durante mucho tiempo se ha sostenido que existen dos tipos de coraje: físico y moral. El coraje físico es un caballero que entra en combate al galope. Es un bombero que corre hacia el edificio en llamas. Es un explorador que parte al Ártico desafiando a los elementos. El coraje moral es un denunciante de una práctica ilegal que se enfrenta a grandes intereses. Es quien cuenta la verdad que nadie está dispuesto a contar. Es el emprendedor que monta un negocio por su cuenta a pesar de los obstáculos. El coraje marcial del soldado y el coraje mental del científico. Pero no hace falta ser un filósofo para ver que en realidad hablamos de lo mismo. No hay dos tipos de coraje. Solo uno. El que te empuja a jugarte el pellejo. En algunos casos en sentido literal, hasta fatal. En otros en sentido figurado, o económico. El coraje es riesgo. Es sacrificio… … compromiso. … perseverancia. … verdad. … determinación. Cuando haces lo que otros no pueden o no quieren hacer. Cuando haces lo que la gente cree que no deberías o no puedes hacer. De lo contrario, no es coraje. Tienes que enfrentarte a algo o a alguien.

Con todo, sigue siendo difícil definir el coraje. Lo reconocemos al verlo, pero cuesta decir qué es. Por lo tanto, el objetivo de este libro no es dar definiciones. Más raro que una piedra preciosa, el coraje es algo que debemos examinar desde distintos ángulos. Solo al fijarnos en sus distintas partes y tallas, perfecciones y defectos, podremos entender el valor del conjunto. Cada una de esas perspectivas nos permite conocerlo un poco mejor. Sin embargo, no lo hacemos para comprender la virtud en abstracto. Cada uno de nosotros nos enfrentamos a nuestra propia encrucijada hercúlea. Puede que ocupemos un cargo público. Puede que hayamos presenciado un comportamiento poco ético en el trabajo. Quizá seamos unos padres que quieren educar bien a sus hijos en un mundo aterrador lleno de tentaciones. Quizá seamos un científico que investiga una idea polémica o poco ortodoxa. Quizá tengamos un proyecto para un nuevo negocio. Quizá seamos un soldado raso de infantería la víspera de una batalla. O un atleta a punto de superar los límites de la capacidad humana. Todas estas situaciones requieren coraje. En términos reales. Ahora. ¿Lo tendremos? ¿Cogeremos el teléfono que está sonando? «A todos les llega un momento especial en la vida en el que, en sentido figurado, les dan una palmadita en el hombro y les ofrecen la oportunidad de hacer algo muy especial —dijo Winston Churchill—, exclusivo para ellos y a la medida de sus aptitudes. Qué tragedia si ese instante los sorprende sin la preparación o la formación necesaria para el que podría haber sido su momento de gloria». Es más acertado decir que la vida tiene muchos de esos momentos, muchas de esas palmaditas en el hombro.

Churchill tuvo que bregar con una dura infancia y unos padres poco cariñosos. Necesitó coraje para no creer a los profesores que pensaban que era tonto. Y también para marcharse como corresponsal de guerra de joven, y luego, cuando lo hicieron prisionero y se dio a la fuga. Hacen falta agallas para presentarse a un cargo oficial. Necesitó coraje cada vez que publicó como escritor. Después para cambiar de partido político. Para alistarse en la Primera Guerra Mundial. Para enfrentarse a los terribles años de vacío político en los que la opinión pública se volvió contra él. Más tarde llegó el ascenso de Hitler, y se enfrentó en solitario al nazismo en su momento de mayor gloria. Pero también tuvo el coraje de seguir adelante cuando volvieron a expulsarlo de la vida política, haciendo gala de una tremenda ingratitud, y el coraje de regresar una vez más. El coraje de retomar la pintura en la vejez y mostrar su obra al público. De enfrentarse a Stalin y al telón de acero, etc. ¿Le faltó coraje en algún momento? ¿Cometió errores? ¿Perdió oportunidades? Sin duda. Pero pensemos en los momentos de coraje y aprendamos de ellos en vez de centrarnos en los defectos de otra persona como una forma de disculpar los propios. En la vida de todos los grandes de la historia hallamos los mismos temas. Hay un momento decisivo de coraje, pero también otros menos destacados.

El día que Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un hombre blanco es un ejemplo de coraje… pero también lo son sus cuarenta y dos años de vida en el Sur como mujer negra sin perder la esperanza ni ceder a la amargura. Su coraje para entablar acciones legales contra la segregación solo fue una prolongación del que necesitó en 1943 para ingresar en la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, por sus siglas en inglés) y para trabajar allí de secretaria, y aún más en 1945, cuando consiguió inscribirse en el censo electoral para votar en Alabama. La historia está escrita con sangre, sudor y lágrimas, y grabada para la posteridad por la resistencia silenciosa de personas valientes. Personas que se levantaron (o se sentaron)… Personas que lucharon… Personas que se arriesgaron… Personas que no se quedaron calladas… Personas que probaron… Personas que dominaron sus miedos, actuaron con coraje y, en ocasiones, alcanzaron brevemente ese plano superior de existencia que les permitió entrar en el panteón de los héroes. El coraje nos llama a cada uno de un modo distinto, en momentos distintos y de formas distintas. Pero la llamada siempre viene de dentro. Primero, nos llama a superar el miedo y la cobardía. Luego nos llama a ser valientes, a imponernos a los elementos, a la adversidad, a nuestras limitaciones. Por último, nos llama al heroísmo, tal vez por un solo instante de esplendor, cuando nos llama a hacer algo por alguien que no somos nosotros. Sea cual sea la llamada que oigas ahora, lo importante es que respondas. Lo importante es que acudas a ella. En un mundo feo, el coraje es bonito. Gracias a él existen cosas bonitas. ¿Quién dice que tenga que ser algo raro? Has elegido este libro porque sabes que no tiene por qué serlo.

* Con autorización de Penguin Random House

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