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“Milagrosamente bien”: el libro que narra la historia de vida de Julián Giraldo Mejía tras estar 18 días en coma

Un accidente cerebrovascular lo obligó a reaprender a hablar y caminar. Su testimonio se convierte ahora en un mensaje de fe, amor y esperanza.

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26 de enero de 2026, 10:35 a. m.
'Milagrosamente bien', el conmovedor testimonio de Julián Giraldo Mejía sobre renacer tras un accidente cerebrovascular
'Milagrosamente bien', el conmovedor testimonio de Julián Giraldo Mejía sobre renacer tras un accidente cerebrovascular Foto: Mediapluma Editorial

Tras permanecer 18 días en coma por un accidente cerebrovascular que comprometió gravemente uno de sus hemisferios cerebrales, Julián Giraldo Mejía inició un proceso de recuperación que desafió los pronósticos médicos. Las secuelas fueron profundas: perdió habilidades básicas como hablar, leer, escribir y caminar con normalidad. Esa experiencia límite es el eje de Milagrosamente bien, un libro en el que relata su tránsito por la enfermedad, la rehabilitación y la reconstrucción personal, y en el que reflexiona sobre la resiliencia, la fe y la forma en que una crisis extrema puede transformar la vida.

Lea un fragmento del libro:

Llevo 18 días con sus noches en estado de coma. Unidad de Cuidados Intensivos U 319. Piso 4. Clínica Fundación Santa Fe. Bogotá. 8 de abril de 2017. 8:05 a.m. Comienzo a despertar lentamente. No veo a nadie. Escucho un sonido, un bip intermitente. Solo puedo mover mis ojos. Intento sentarme y no puedo. Alcanzo a ver un extenso cableado por mis extremidades y otras partes de mi cuerpo. ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy?

Llevo 18 días con sus noches postrado en una cama. Hoy comienzo a despertarme. Hay un televisor en la habitación y está encendido. Es mediano. En la parte superior derecha de la pantalla alcanzo a ver tres formas: pero no sé qué son. Letras, parecen letras. Pero no sé cuáles. Oigo la música que sale del televisor, pero tampoco sé quién canta o qué canción es. Tiempo después me dirían que sonaba Roar de Katty Perry y que las letras eran una eme, una te y una ve, MTV, MTV; claro. Me gustaba ese canal antes de que todo esto sucediera. Y esa canción en particular, significa mucho para mí porque habla de luchar por uno mismo para vencer

Ingresa a la habitación un doctor, que luego supe que era de apellido Martínez. Minutos después veo a Lagu y a mi mamá. No puedo hablar. No me puedo mover. Quiero preguntarles qué me pasó, por qué estoy acostado en una cama de lo que claramente es una clínica y por qué estoy conectado a un sinfín de monitores, cables y tubos. Quiero preguntarles por qué no puedo hablar. Nada me duele, pero mi expresión es de desesperanza.

Soy consciente de que estoy vivo. Carlos Laguna, quien hoy es mi esposo, y doña Rubiela, mi mamá, se acercan a mí. Ella comienza a acariciarme la frente y mis ojos se pierden en los suyos. Lagu, como le digo cariñosamente, se acerca a mí, está muy cerca, recuerdo su respiración en esos primeros instantes. Me dice que estamos en la Fundación Santa Fe. Que todo va a estar bien. Que gracias a Dios estoy vivo. Que me voy a recuperar.

Julián Giraldo Mejía
Julián Giraldo Mejía Foto: Mediapluma Editorial

En esas 18 jornadas soñé. Soñé mucho. No sé si era un sueño normal, o imágenes generadas en mi mente como consecuencia de los sedantes. O no sé si tal vez me estaba saludando con Dios, porque recuerdo un espejo. Me veía en él, pero ahora me pregunto si era yo, o era Dios. Tal vez me estaba diciendo que los 27 años de vida que Él me había entregado para estar en la Tierra ya eran suficientes, que mi tiempo aquí había terminado y que ahora había llegado el momento de acompañarlo eternamente a Él. O tal vez me había llamado para decirme que yo ya no iba a ser el mismo Julián de antes, que yo había cambiado mucho, que me había alejado de mis seres queridos, que me había insertado en un círculo social que quizá me generaba muchas emociones, pero que no era el mío.

Tal vez Dios me estaba alertando sobre la distancia que yo estaba tomando de mis raíces sin darme cuenta, alejándome de las personas que me siempre me han querido y a quienes había pertenecido siempre. Tal vez me estaba diciendo que los premios de publicidad que habíamos ganado con la agencia me estaban convirtiendo en una persona soberbia, que el dinero que estaba llegando de manera abundante me había hecho olvidar de lo más importante que hay en la vida y que los excesos de las fiestas y algunas nuevas compañías me estaban transformando. Así lo entiendo ahora. Yo sí creo que Dios me llamó para decirme que Él había estado pensando en mí durante esos 18 días y que estaba dispuesto a darme una nueva oportunidad. Que podía volver a la Tierra, pero con un nuevo propósito.

Algunos de esos días también aparecieron los ángeles. Fue hermoso. Bailaron y cantaron. Era algo muy loco. Me entregué a esas escenas, que hoy recuerdo muy bien, pues quedaron grabadas al pie de la letra en mi mente. Tal vez es el primer recuerdo fijado en mi nueva memoria, en la segunda parte de mi vida, una nueva que me fue dado tener. Todo lo aprendido durante 27 años desapareció en esos 18 días. Pero cuando los ángeles aparecieron fui absolutamente feliz. Tal vez estaba listo para despedirme de todo lo que conocía, también de todos a quienes conocía y estaba preparado para irme. Para morir. Pero Dios tenía otros planes para mí.


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