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| 4/1/2019 6:07:00 AM

Mochomán, el ciclista que faltaba

El soldado Juan José Florián perdió tres de sus extremidades por culpa de una mina antipersonal. Desde entonces se aferró a los pedales de una bicicleta y ahora sueña con la medalla de oro en los paralímpicos de Tokio

Juan José Florián, Mochoman ciclista "Además, la gente no sabe cómo saludarme; si me presento como Mochoman, rompo el hielo. Es más fácil decir: “¡Quiubo, Mochoman!” que estirar la mano”. Foto: Tomada de Instragram

Juan José está sentado en el puesto del conductor. Su esposa, en el lugar del copiloto, es la que abre la puerta trasera. Al entrar en el vehículo, él extiende uno de sus muñones y sonríe para saludar. Cuando enciende el carro y emprende la marcha es imposible quitar los ojos del volante que manipula pese a no tener manos. Maneja con habilidad por las calles de Chapinero y en el parqueadero estacionó con la misma facilidad que tiene cualquier humano que cuente con las cuatro extremidades. Una vez dentro de la cafetería su rostro se transforma con cada episodio que relata: en Juan José viven muchos hombres y cada uno de ellos aparece en medio de sus palabras sobre su nueva vida, ahora como ciclista.

Foto tomada de Instagram

El comienzo

“Nací en Puerto Berrío, Antioquia, pero me crié en el Meta, en la vereda El delirio, entre Granada y Lejanías"–dice Juan José Florian de 35 años-.Era de los niños afortunados, tenía la escuela a unos cuatro kilómetros de la casa y se iba a pie con sus dos hermanos menores. “Mi mamá tuvo otros siete hijos y yo soy el cuarto de los ocho: soy el de la mitad… y quedé la mitad nomás”.

Terminó la primaria y abandonó los estudios para trabajar y ganar dinero. La guerra, que por aquél entonces se libraba en los llanos, pocas perspectivas escolares ofrecía y el trabajo le gustó tanto que sólo lo interrumpió al cumplir la mayoría de edad.

“Hubo una problemática que mucho colombiano desconoce: si usted pasaba el río Ariari y lo paraban los paramilitares, ellos revisaban su cédula, y si decía que era de Lejanías, Mesetas o Vistahermosa, se convertía en objetivo y empezaban a investigarlo; si su documento era de San Martín, Granada o Acacías y lo paraban los guerrilleros, le ocurría lo mismo. Por eso nos mandaban a Bogotá a sacar el documento”.

A pesar de que  veía más a las Farc y a los paramilitares, los soldados  le llamaron la atención. Cuando ellos aparecían, todo cambiaba, todo era tranquilo y les daban dulces a los niños. Su mamá decía que no se reunieran mucho con ellos porque iba a ser para problemas.  Ellos decían, mientras tomaban tinto, que el soldado hacia un trabajo social pero que tenían que portar las armas por seguridad.

Juan José no atendió el consejo de su madre y partió al pueblo donde había nacido, sin saber que era un municipio preñado de refriegas armadas apenas menos feroces que las que ocurrían en los llanos orientales. Cuando le entregaron la contraseña se fue  al distrito militar en Puerto Berrío. Siempre soñó con ser soldado.

“Mi hermano mayor era soldado y mi norte. Para  mí lo más bonito de la vida era ir a verlo y ponerme su boina, su camuflado. Con mi hermano menor le arrancábamos las tablas de la cocina a mi mamá para hacer pistolas y fusiles y jugábamos. En la finca se sembraba papaya y se usaba mucho papel periódico para envolverla; yo trabajaba envolviéndola y, cuando aparecía un arma, la recortaba y luego la replicaba con la madera. También nos untábamos de carbón como en Misión del deber y Hombres de honor”.

De niño, Juan José jamás vio fuegos artificiales, lo más parecido eran os bombardeos y el rugido de los aviones que, desde el cielo, lanzaban fuego.

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- “Cuando escuchaba los rafagazos en la noche me sentaba con mi hermano a mirar cómo salían esos chorros de balas de los aviones y nos daba curiosidad de cómo sobrevivía el soldado al combate. Uno terminaba soñando en ese momento y se veía metido en unas botas en medio del combate”.

El 15 de enero de 2001, Juan José se enroló para prestar el servicio militar obligatorio que le tocó hacer en el noreste antioqueño, en la zona entre Remedios y Segovia. Según él, fue una experiencia menos fuerte que la que sobrevino cuando se convirtió en soldado profesional.

“Había hostigamientos pero eran muy leves. Los paras ya habían corrido a la guerrilla y no se metían con uno, no se dejaban ver. Frente a las FARC o el ELN no se corría tanto el riesgo, aparecía un par y volaba el tubo del oleoducto o nos sembraban minas y caían uno o dos de acá”.

Culminado su servicio, partió al Guaviare e ingresó a las filas de la llamada contraguerrilla. El salario que recibía era el mismo que el de cualquier soldado pero la respetabilidad aumentaba. Quizá porque los combates con las guerrillas eran encarnizados. Además debía librar batallas contra enfermedades como el paludismo y la leishmaniosis.  

“Estuve como tres años. Cogí demasiada experiencia frente al enemigo, allá uno tenía enfrentamientos todo el tiempo. El día que no disparaban uno se enfermaba, sentía dolor de cabeza si no había olor a pólvora; si sonaba un disparo, éramos como perros de cacería”.

Con la experiencia llegaron los privilegios propios de pertenecer a un grupo especial del batallón. Tenía más tiempo libre, el cual llenaba con salidas. En Villanueva (Casanare), tuvo una novia con la que tuvo su primera hija.

Luego salió al batallón de infantería en Granada, cerquita del pueblo donde creció. Ahí estuvo hasta 2011 y después de haber vivido la dureza de la guerra jamás imaginó que en su casa lo esperaría algo peor: una mina.

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El estallido

“La finca donde nos criamos, al haber mejoramiento en las vías y servicios, incrementó su valor y hubo varias amenazas –recuerda Juan José-. Nosotros no comimos de eso. A mi mamá la intentaron secuestrar pero no se dieron las cosas, afortunadamente. Todo se  quedó callado un rato y bajamos la guardia. Nos pusieron un artefacto explosivo entre el jardín, en una bolsa. Yo estaba de vacaciones y vi la bolsa y, no sé por qué, la moví…uno mira por la curiosidad. Ahí perdí la mística y estuvo el error. Antes me cuestionaba el tema de porqué tuve que mirar; me di mucho golpe de corazón por eso”.

Después del estallido estuvo consciente. No sentía dolor, sólo vibraciones y corrientazos por los brazos. Quedó arrodillado, se vio los brazos y solo encontró hueso y piel rasgada y un sonido vibrante. Su mamá tuvo toda la vida una escopeta escondida y le dijo a su hermano, que estaba en la casa en esos momentos, que la sacara y lo matara, pero él se negó. “Yo le decía que me pegara un tiro en la cabeza…él es enfermo mental; en una operación, sin culpa, mató a un compañero que era muy buen amigo y no pudo con ese cargo de conciencia, mi hermano tiene esquizofrenia paranoica crónica y es farmacodependiente, afortunadamente se había tomado sus medicamentos cuando ocurrió todo. Cada tanto, perdía fuerza y yo sentía esa energía en el piso pero ya el cuerpo no daba y me daba cansancio… dentro de las cosas buenas que tiene un artefacto de esos es que cauteriza”.

Lo que le enseñaron en el Ejército lo tuvo siempre presente. Pensaba que lo podían meter en una tabla como a sus compañeros, después se dio cuenta que arrancaron una mesa de la casa. Estaba destrozado, no cabía solo en la camilla y por eso pusieron ese pedazo de mesa. No pudieron canalizarlo por las quemaduras, escuchaba por el radio de la ambulancia cómo pedían que cerraran las vías. Se trataba de ubicar para saber en qué momento llegaba al hospital. “Entonces me aferré a la vida, pensé en mi mamá y mi hija y no me quise morir pero luego  me preguntaba para qué quería vivir. Cuando llegamos, el médico me pidió el nombre y le contesté. Él pidió que me canalizaran y la enfermera le preguntó que cómo. Sentí un chuzonazo en la pierna, seguro me canalizaron de ahí, pero yo ya entré en coma… Cuando desperté, estaba sin nada salvo con vendajes en todas partes, dolor físico e inflamaciones por todo lado”.

Renacimiento en el agua

En la galería de los apodos ciclísticos colombianos hay una pléyade de superhéroes: Nairoman, Rigoneitor, Superman. Juan José se ha sumado con el apodo que él mismo se adjudicó: Mochoman.

“El primer socket para meter mi muñón de la pierna, tenía la marca Ironman y ahí saqué el Mochoman. Además, la gente no sabe cómo saludarme; si me presento como Mochoman, rompo el hielo. Es más fácil decir: “¡Quiubo, Mochoman!” que estirar la mano”.

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Esta nueva prótesis es maravillosa ???? #cleg4

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Del deporte no tenía mayores referencias cuando salió del hospital. En la infancia jugaba partidos de fútbol y, en ocasiones, se sentaba frente a un televisor para ver algún show de alta competencia. La experiencia más cercana que tuvo con el ciclismo fue cuando su hermano mayor participó en algunos certámenes locales donde el pelotón pasaba por las polvorientas trochas de los llanos.

“Empezamos con hidroterapias. Nos metían a jugar en el agua con los otros. Luego nos reunimos con pelados que sí eran deportistas con discapacidad, nos ponían a competir y me di cuenta que el tema era diferente: una niña con displasia muscular me ganaba y me empecé a interesar”.

Por esos días se competían los paralímpicos de Londres. Por alguna razón les mostraron a Moisés Fuentes García, un santandereano  que ganó medalla bronce, y Juan José se interesó tanto que averiguó en Google su historia, Allí encontró que el que le ganó la medalla de oro tenía amputaciones muy parecidas a las suyas, era el brasileño Daniel Díaz, al que llamaban el Michael Phelps paralímpico.

“Yo estaba en Bogotá, cerca de la artillería y vivía con mi mamá y una hermana. Venía al batallón y hacía mis terapias. Empecé a buscar un entrenador pero me decían que, para competir, había que ser muy joven. Hasta que encontré a uno y comencé a trabajar mañana y tarde".

Mochoman le contó a su psicóloga su anhelo deportivo. Ella le proscribió el abandono de los medicamentos psiquiátricos porque con ellos no aparecían las pesadillas ni las alucinaciones. Sin embargo, esas mismas sustancias no permitían que el cuerpo de Juan José rindiera a alto nivel.

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“Llegaba rendido a la casa y, por mí mismo, dejé los medicamentos. Los fines de semana iba a un gimnasio y  me volví un loco: estaba mañana y tarde y me seguían el cuento; me daba duro para dormir tranquilo. En menos de nada cogí buen nivel y se me dio la oportunidad de ir a Estados Unidos para competir  en la prueba de los cien metros libres. Gané la medalla de oro y volví más confiado para que me clasificaran profesionalmente".

La categorización de la natación comprende el rango de S1 a S10; la condición más compleja corresponde al primer escalafón y, a medida que se avanza en el número, es menor la dificultad para realizar la actividad física. Mochoman quedó en la categoría cinco, con lo que compitió con su ídolo Moisés Fuentes.

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Deje atrás el mis temores y encaré la vida con optimismo

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Un nuevo camino

Mientras hacía natación estudiaba en las noches con profesores que llevaban al batallón. Se graduó de bachiller. Después le dieron una beca y le dijeron que del deporte no iba a vivir. Su propósito era clasificar a los paraolímpicos de Río de Janeiro pero desvió el camino. Empezó a estudiar psicología y estuvo a punto de desertar apenas en la primera semana. “En el batallón nos consentían en las clases y, como era muy reconocido, me tenían más consideración, se tomaban fotos y me invitaban a dar charlas mientras que en la universidad fui uno más. Saqué ese primer semestre y el segundo y empecé el tercero cuando llegó 2016; sentí frustración porque los que empezaron conmigo ya estaban en Río, entonces decidí aplazar la universidad porque yo tengo que llegar a Tokio aunque ya no desde la natación”.

A Juan José le llamó la atención la fortaleza que sugería el ciclismo. Investigó sobre la clasificación que se hacía en esta disciplina, la cual era de C1 a C5. La de mayor dificultad es la C1 y él cuadra en ella, la razón estriba en que debe ocupar una bicicleta convencional pese a que sólo cuenta con una pierna. Hoy día, en el contexto panamericano, hay dos norteamericanos y un argentino con los que comparte este escalafón.

“Luego el reto fue quién me adaptaba la bicicleta. Infortunadamente, la gente en Colombia se limita a lo que enseña y se aferra a eso: yo llegaba a una ortopédica y me decían que no, o iba a una bicicletería y me contestaban lo mismo. Busqué en internet y no encontraba personas iguales a mí pero las ideas de las bicicletas las adaptaba a mi condición. Un día fui a donde un ornamentador que me soldó una lámina como yo le dije y metí el brazo allí, yo mismo pensé eso sacando ideas de otros amputados y empecé a montar pero el problema fue el freno. Salía con unos amigos, ellos iban en carro y,  cuando iba a parar, me detenían porque no había freno”.

En 2017,  un amigo le dijo que fuera a una ortopédica y lo recibió Pedro Fonseca. Le mostré lo que quería y le dijo: “Nunca he adaptado una bicicleta, pero hace poco me llegó un señor con un reto de un caballo que se fracturó y le tuvieron que amputar por una gangrena, el señor no quería matarlo y le hice una prótesis y lo hice caminar. Si ese caballo camina, usted puede montar bicicleta. Él me escuchó todo el tiempo,  gracias a ese señor fue que pude montar la bicicleta, eso fue en el primer trimestre de 2017. No me cobró esa adaptación y espero ser medallista para llevarle la medalla a él”.

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@bicitienda127 Como cuando se intente armar fuga #miproyecto2020 % #mochomantokio2020 #paracycling #valledupar

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La vida nueva

En Holanda se celebró el mundial del ciclismo de la modalidad en 2017. Juan José se fue solo desde Bogotá, hizo escala en Houston y, en los corredores fríos del aeropuerto, se las arregló para poder llevar la bicicleta y caminar. Apenas llegó a Europa, se hizo clasificar y es el primer colombiano C1.

En la primera salida, antes de que iniciara la competencia, los asiáticos, a los que él no les pudo identificar la nacionalidad, se acercaron y fotografiaron su máquina; era diferente, no contaba con los materiales apropiados para competencias de ese nivel, pero también era un monumento hecho desde los márgenes de la alta tecnología, sustentado en esos aires de la precariedad no vergonzante de quien se aferra a lo que busca.

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Para todos los que me han preguntado cómo funciona mi bicicleta #miproyecto2020

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“Corrí la contrarreloj, donde éramos 17 y quedé de 15. Fue una sorpresa: yo nadaba siete pruebas en la piscina y tenía siete opciones pero allá era una sola oportunidad, llevaba como dos o tres meses montando, estaba gordo, pero yo lo que quería era coger experiencia. La prueba de ruta la hice en la misma bicicleta, me cogieron vuelta a mitad de la carrera. Regresé con otra visión, con la actitud de entrenar y mejorar mi bicicleta porque es como si fuera a la Fórmula 1 a correr en un tractor.

Una noche de su estancia mundialista, se enteró que su compañera Angie estaba embarazada:

“Me escribió, diciéndome que me quería decir algo en la tarde. Saqué un momentico y me dijo que iba a ser papá; yo pensé que era molestando hasta que, luego, me mandó la foto del examen. Todavía me faltaba un día de carrera y dos para regresar. Yo me quería devolver ahí mismo pero nos tomamos unos vinos con los del hotel y otros deportistas paralímpicos, un eslovaco y un francés”.

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A juicio de Juan José, uno de los grandes problemas de la competitividad en el ciclismo paralímpico colombiano es que los trazados de los nacionales de ruta no condicen con los que se hacen en los mundiales. En Santa Rosa de Viterbo, en 2018, se corrió en un circuito lleno de huecos, con perros que se atravesaban y una rampa del 18% que jamás se trabajaría a nivel mundial.  

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Llegar a casa y verlo es mi mejor recovery

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Mecánica de la competencia y el sufrimiento

En los campeonatos nacionales también se corren contrarreloj y prueba en línea. Salen de acuerdo a cada categoría; como es el único C1, la competencia es contra él mismo. Juan José ha mejorado sus marcas en comparación con el nacional pasado: “con decirle que corrí el gran fondo de Boyacá y he logrado hacer sprints a cincuenta y seis kilómetros por hora. Suelo subir por La Vega, me engancho con convencionales por la ruta y nos damos garrote: al que se descuide lo casco; a veces me dan también pero no me sueltan tan fácil. He modificado mucho la bicicleta y la posición, ahorita la ansiedad es que debo competir afuera. En marzo hay mundial de pista en Holanda y en Italia hay una parada de la copa del mundo, en 2019 mi objetivo es ir a las tres copas del mundo y el mundial de ruta.

La posición que tiene Juan José en la bicicleta es semejante a la de los contrarrelojistas: su prueba, frente al sufrimiento, hace que todo lo que aprendió en la guerra lo fortalezca, por ello debe distraer al dolor luego de tres horas de pedaleo.

“Sufro un poco más que el ciclista convencional y lo que me ha pasado me sirve mucho. Aún me acuerdo cuando me entrenaban: había un instructor que nos daba varazos y nos decía que nos íbamos a morir y sacaba el celular a decir que llamáramos a nuestras mamás para que vinieran por uno; yo me llenaba de ira y seguía en la prueba. Ahora me digo lo mismo que me decía en esos momentos: “¿qué le pasa, se va a morir?”. Y voy para adelante, a veces canto el himno nacional mientras subo una cuesta; en el ejército le enseñan a uno que hay que cantar para evadir el dolor. Siento la misma presión que en el combate, me va saliendo esa fuerza y voy para arriba.

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Lo mejor de salir a entrenar, son estos maravillosos paisajes #miproyecto2020 #amolaruta #ciclismo #mochomantokio2020 #paracycling

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El futuro

“Tengo que ir a ganar, no tengo otra opción que hacer podio y debo tener tres bicicletas adaptadas. Afortunadamente, en carreteras me encontré con un amigo, el coronel Manuel Celis, y me preguntó de mi vida y me dijo que me iba a ayudar, todo el mundo lo dice, pero ya después no pasa nada. Me puso una cita en su casa al otro día y me presentó a Giovanni Buitrago, de Bicitiendas 127. A los dos días, me reuní con sus clientes y un grupo de ciclistas, les presenté mi sueño, les conté de mi bicicleta y lo que necesitaba.

“… Empezamos una campaña y el dueño de la biclicletería me regaló un marco. Los demás me compraron el resto de partes. Empezamos las modificaciones, fui a la fuerza aérea, en la base de Madrid, y a algunas personas que me conocen por las conferencias, les conté. Entonces hallé el carbono, me ayudaron en ese asunto  y arrancó el proceso.

Giovanni, a los pocos días, lo llamó y le dijo que había hablado con su esposa y decidieron darle una súper máquina Scott. Ya para las pruebas en línea Mochoman tiene muy buen material y ahora está  haciendo una colecta para las máquinas de contrarreloj y pista.

“Necesito ver si los trabajos que estamos haciendo nos funcionan y lo único que me dice eso es la competencia fuera del país. Quiero especializarme en la contrarreloj individual, yo creo que eso es de entrenar la prueba, seguro los élite se concentran más en la montaña. Es un tabú eso de que somos mejores para la montaña y no hemos trabajado más que eso pero, si vemos a (Santiago) Botero, encontramos a un campeón mundial contrarreloj”.

“Quiero apostarle a eso  -dice Mochoman- pero tocará saber qué dice el entrenador, hoy día trabajan conmigo Chepe Castro y Héctor Mayorga. En los paralímpicos se puede correr ruta y pista, yo no me veo tanto haciendo las dos sino que quiero centrarme haciendo una sola, no sé cuáles cambios me puedan favorecer y cuáles no, yo quiero especializarme en eso, que mi mente, cuerpo, corazón y cada músculo se concentren en eso”.

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Evangelio o borrachera

La energía que se difuminó en el aire cuando ocurrió el estallido ha retornado y no hay espacio para la venganza. Juan José tiene la noción de que el tiempo está contado y la lucha contra el reloj es la dinámica de la propia vida, por eso ni siquiera se ocupa en urdir alguna forma de venganza para con sus victimarios:

“No guardo resentimiento. Para mí la vida es tan linda y cortica que no puedo tener tiempo para vivir de eso sino para entrenar, para cumplir mi propósito, compartir con mi esposa y mi hija… el odio ya pasó; no puede haber tiempo para el odio sino para la felicidad y disfrutar, no sé cuánto tiempo tengo, espero llegar a ciento ocho años y hacer el record de montar en bicicleta a esa edad”.

“… En los compañeros veo unos que no lo han superado y se quedan en ese mundo pero es entendible; no todos tienen un propósito, se centran en vivir de su pensión y vuelven a su pueblo. Cuando uno regresa, tiene dos opciones: volverse borracho o evangélico. Cuando voy al pueblo, me sobra la cerveza. Me ven así y me dicen que soy un verraco o un héroe o, si no, los amigos cristianos me invitan a la iglesia. Yo les digo que no tengo tiempo para eso: ahorita Juan José no se ve con una biblia predicando ni borracho”.

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