Ser bicampeón nacional de debate, obtener el grado Summa Cum Laude y recibir el reconocimiento a una de las mejores tesis de su semestre son algunos de los hitos de la trayectoria de Santiago Ortiz en la Universidad de los Andes.
Beneficiario de la beca Quiero Estudiar, Ortiz se graduó de Derecho durante la ceremonia de grados del segundo semestre de 2026. Aunque inicialmente pensaba estudiar Ingeniería por su afinidad con los números, una experiencia en el Modelo de Naciones Unidas le permitió descubrir su talento para la argumentación.


Esa habilidad lo llevó a revivir la Sociedad de Debate de Los Andes y se convirtió en una parte importante de su formación.
Su recorrido académico también quedó reflejado en el reconocimiento de su tesis de grado, Homicidio en Persona Protegida: Una metodología para la interpretación de los elementos normativos del artículo 135 del Código Penal Colombiano, seleccionada por Uniandes como una de las cinco mejores del semestre 2026-10.
La investigación busca aportar a la discusión académica sobre justicia transicional y política criminal en Colombia. En los grados de 2026-2 fue elegido, mediante un concurso abierto, para representar a sus compañeros como graduando orador en la ceremonia.

Discurso de Santiago Ortiz en los grados Uniandes:
Estimada Rectora Raquel Bernal, distinguidos y distinguidas integrantes de la mesa principal, invitada especial Camila Escobar Corredor, apreciadas familias, amistades, y admirados compañeros y compañeras, les extiendo un caluroso saludo y les agradezco por el privilegio de dedicarles este discurso que he titulado “Una Apuesta por la Paz y la Compasión”.
Quiero iniciar proponiendo una observación sobre nuestra realidad que creo que no está en contención y hasta puede sonar repetitiva: hoy en día la narrativa imperante es que la autorrealización equivale a la acumulación y al éxito, que nuestro deber es siempre aspirar al cargo más alto y siempre revolucionar el mundo estructuralmente. Estamos graduándonos de la mejor universidad del país con la presión de correr a máxima velocidad y competir; entrenados para anhelar un lugar en el podio de una carrera con millones y millones de corredores. Oigan les quiero admitir, esto me tiene profundamente preocupado e inquieto. Me preocupa el cansancio con el que vamos a debilitar nuestra salud, me preocupan los vínculos de afecto y de cuidado a los que vamos a restar prioridad, me preocupan todas las reflexiones que no tendremos el tiempo de contemplar, y todo esto entre otras cosas que me preocupa perderemos en medio de la carrera.
Es por esto que, antes de que suene el silbato que oficializa el inicio de la competencia, yo quiero postular la siguiente serie de cuestionamientos: ¿Qué tanto dinero será suficiente para cumplirnos la ilusión de ser ricos, de ser millonarios? ¿Cuál casa de cuántos metros, cuál apartamento en qué ciudad del mundo nos permitirán sentir que ostentamos el lujo del éxito? ¿Qué tanto prestigio será necesario para complacer nuestras ideas de trascendencia, para que nos recuerden, para sentir que no nos olvidarán? ¿Qué tantos logros tendremos que colgar en nuestra pared para que en las reuniones la gente sepa que lo tuvimos todo, que lo fuimos todo, que somos los mejores? ¿Serán treinta, cuarenta, cincuenta años de acumular títulos, dinero, ascensos, empresas suficientes para estar en paz?
Para asistirnos en la búsqueda de una respuesta quiero enfatizar en uno de los valores más intrínsecos al espíritu uniandino: el lujo de la libertad. Libertad para escoger una vida que se ajuste a nuestras necesidades, y no a las de los sueños que, tal vez, ni siquiera son propios; libertad para imaginar una vida que nos haga felices y libertad para escogerla y para construirla; libertad para fracasar y enfrentar el arrepentimiento de no haber sido más de algo y menos de lo otro; libertad para decidir a qué velocidad correr y cuáles carreras enfrentar; libertad para decidir cuándo detenernos porque hemos tenido suficiente.
Hoy quiero recordarnos que capacidad y posibilidad no necesariamente implican deber, que tengamos la posibilidad de producir, competir y trabajar más allá de nuestros propios límites, dispuestos a doblegar nuestro espíritu ante el anhelo de victoria y prestigio, no significa que debamos hacerlo. En todo caso, es cierto que tomar esta decisión sigue estando dentro de los márgenes del despliegue de nuestra libertad. Por eso, sea cual sea nuestra elección, correr a máxima velocidad o abandonar la carrera, yo solo espero que vivamos una vida con el privilegio de estar satisfechos, rebosados por el placer de tener suficiente, en lugar de una vida ahogados por el anhelo de obtener todo aquello que aún no tenemos, perdiendo de vista todas las victorias alcanzadas que algún día fueron nuestras metas más adoradas.
Familias, padres y madres, financiadores de nuestros pregrados, reconozco que este mensaje puede sonar alarmante para ustedes, pero por favor no se asusten. Les aseguro que este mundo, automáticamente, nos hará correr, nos incentivará a competir y nos hará aferrarnos a nuestros sueños. Por esto, en medio de una propaganda tan intensa por el éxito y en un mundo donde la celebración se erige exclusivamente en nombre del campeón, yo hoy quiero dignificar el ejercicio de detenerse, de renunciar a la presión, a la necesidad de tenerlo todo, para estar en paz.
Hoy quiero defender a nuestra generación expresando que tras crecer en un mundo plagado de violencia, donde las emergencias climáticas amenazan la sostenibilidad de nuestro planeta y la polarización ha erosionado los estados democráticos, escoger una vida en paz es tal vez la decisión más valiente que puede tomar la juventud.
Sally Rooney, una estrella de la literatura pop, respondió en una entrevista lo siguiente: “Creo fielmente que el actual sistema global no está dispuesto para tener una vida con propósito”. Su respuesta me parece desalentadora. Expone un mundo infranqueable, donde los sueños no se hacen realidad y donde fracasar es una constante. Por eso este discurso también es una apuesta por la autocompasión. Perdonémonos por todo aquello que no hicimos, las dobles, las opciones, las carreras que nos arrepentimos de no haber estudiado, los sueños que dejaremos atrás, las personas a las que decepcionaremos, aquellas a las que lastimaremos en medio de la competencia, en medio del aprendizaje; las pérdidas que tendremos que afrontar como consecuencia de nuestras acciones, y todos los futuros que soñamos para nosotros y no lograremos materializar. Respondamos con docilidad ante la derrota y la frustración. Enfrentemos con dignidad una vida donde no todos los sueños se han hecho realidad, donde nuestras acciones no necesariamente nos han hecho felices. No olvidemos entregarnos una tregua cuando la valentía y el esfuerzo no sean suficientes para enfrentar nuestros más grandes miedos o para alcanzar nuestras más anheladas conquistas.
Ahora bien, escoger una vida en paz no es indiferencia, detenerse no es abandonar y tener límites no significa desatender la campaña por transformar Colombia. Lamento si es repetitivo, pero insistir en que la paz en Colombia nos necesita es una responsabilidad ineludible.
De acuerdo con el Comité Internacional de la Cruz Roja, hoy existen, al menos, ocho conflictos armados internos en el país. La oficina de vigilancia humanitaria de la ONU en Colombia señala que, solamente en el primer semestre de 2026, más de 630 mil personas fueron impactadas por la alzada de la violencia en el territorio nacional. En este mismo país donde miles de personas hoy están sufriendo procesos de desmovilización territorial, nosotros estamos teniendo uno de los días más felices de nuestras vidas.
Este panorama me parece escalofriante e inmovilizador, sobre todo porque reafirma la existencia de una Colombia que no ha logrado cerrar el devastador capítulo de la Violencia. Aún con lo duro que es enfrentar esta realidad, no podemos permitir que la sobreexposición a la barbarie diluya nuestra capacidad empática, y menos aún que la incerteza sobre su fin dinamite nuestra motivación por alcanzar la paz en el país.
En esta labor no es suficiente reflexionar sobre el país que estamos recibiendo, sobre la actualidad de la nación a la que estamos llamados a dirigir, es fundamental preguntarnos cuál es el proyecto de país que nos comprometemos a construir. En esta Colombia donde se exalta el triunfo del “más vivo”, donde el éxito está para “los despiertos” y, por tanto, la tentación a remover las barreras de nuestros principios es intensa, nuestro compromiso por la integridad debe permanecer firme e intachable. Prioricemos la transparencia, el mérito y la justicia, y comprometámonos con la construcción de una sociedad que responde ante el conflicto desde la compasión, la humildad y la empatía, siempre con la responsabilidad de nunca dejar de apostar por una Colombia pacífica y absolutamente compasiva.
Por eso nos invito a tomar un tiempo antes de categorizar al contrario, antes de realizar determinaciones sobre quién es, qué merece y si estoy dispuesto a otorgarle un espacio en sociedad. Nos invito a repensar las raíces de nuestras instituciones construidas sobre la necesidad y la letalidad del castigo y así comprender los errores de nuestros pares desde la compasión pues, donde originalmente aparece nuestro juicio y la dureza de la penalidad, la compasión nos invita a detenernos para evitar reducir al contrario a la pequeñez de sus errores, y nos recuerda que la manera en que decidimos perdonar, apoyar y resocializar también define quiénes somos nosotros; la compasión no es sólo una manera de tratarnos con mayor docilidad, es también una invitación a regocijarnos en las diferencias, a aprender desde las grietas de los conflictos y a imaginar nuestro lugar en un mundo donde somos responsables de cuidar, honrar y dignificar la vida de aquellos con quienes convivimos.
Por esto nos invito a ejercer nuestras profesiones desde la solidaridad, compartir nuestro conocimiento con humildad y construir tejidos ciudadanos cálidos y tolerantes. Para avanzar hacia la paz debemos desestructurar los estigmas, apagar el odio y desprogramar la venganza como modelo de operación. Sobre todo, en épocas de censura, de ocultamiento y de negación, esta es una invitación personal a desplegar todos nuestros esfuerzos para proteger la memoria de nuestra historia, la historia que nos confronta, la historia que incomoda, la historia que nos incluye a todos, que vive en nosotros y que nunca podrá ser borrada.
A todos y todas les extiendo mi más sincero agradecimiento por otorgarme el privilegio de su tiempo y su atención. A mis compañeras y compañeros les celebro este logro como propio y les ofrezco la más amplia felicitación por llegar a la meta victoriosas y victoriosos.
Me despido deseándoles paz. Paz en sus vidas, paz en sus familias y, sobre todo, paz en Colombia para todas y todos nosotros.
Mil y mil gracias.
