Nunca antes la sociedad había esperado tanto de sus instituciones educativas. Y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil responder a expectativas tan diversas y, en ocasiones, contradictorias.

Mientras unos reclaman una educación orientada al empleo inmediato, otros insisten en preservar la formación humanística. El sector productivo exige competencias técnicas que respondan a un mercado laboral en permanente transformación; las familias esperan ciudadanos éticos, responsables y felices; millones de personas buscan certificaciones rápidas que mejoren su empleabilidad sin recorrer largos programas académicos.
La discusión ya no gira únicamente alrededor de la educación. Hoy conviven cuatro conceptos que, aunque relacionados, responden a propósitos distintos: capacitación, certificación, educación y formación.

La capacitación desarrolla habilidades específicas para desempeñar una función concreta. La certificación valida que una persona domina determinadas competencias, independientemente de cómo las haya adquirido. La educación amplía la capacidad de comprender, analizar, crear y aprender durante toda la vida. La formación, finalmente, moldea el carácter, los valores, la responsabilidad y el sentido de ciudadanía.
El gran problema es que hoy pretendemos que una sola institución haga perfectamente las cuatro cosas al mismo tiempo.

La revolución tecnológica está modificando el panorama a una velocidad nunca vista. La inteligencia artificial, la automatización y la robótica están redefiniendo miles de ocupaciones. Muchas desaparecerán, otras surgirán y la mayoría cambiará profundamente. ¿Cómo diseñar programas académicos de varios años para un mundo que se transforma cada pocos meses?
A ello se suma una dinámica vocacional igualmente inédita. Durante buena parte del siglo pasado era común ejercer una profesión durante toda la vida. Hoy una persona probablemente cambiará varias veces de ocupación, adquirirá nuevas competencias en distintas etapas de su existencia y regresará permanentemente a procesos de aprendizaje.

La educación dejó de ser una etapa para convertirse en una necesidad permanente.
Pero el desafío trasciende la tecnología. También pretendemos que las instituciones educativas resuelvan problemas de salud mental, convivencia, ciudadanía, sostenibilidad, emprendimiento, educación financiera, liderazgo, idiomas, habilidades digitales e inteligencia emocional. Cada nueva necesidad termina convirtiéndose en una nueva asignatura, hasta construir currículos cada vez más extensos y, paradójicamente, menos profundos.
Tal vez ha llegado el momento de reconocer que ninguna institución puede hacerlo todo sola. Las empresas deberán asumir una mayor responsabilidad en la capacitación continua de sus colaboradores. Los organismos certificadores verificarán competencias específicas con mayor agilidad. Las instituciones educativas deberán concentrarse en desarrollar capacidades para aprender durante toda la vida. Y la familia, junto con la sociedad, tendrá que recuperar su papel irremplazable en la formación ética y humana.

Más que repartir responsabilidades, se trata de comprender que la complejidad del siglo XXI exige una verdadera corresponsabilidad.
Las universidades también deberán reinventarse. Ya no bastará con otorgar títulos. Tendrán que convertirse en aliadas permanentes de las personas, acompañándolas durante toda su vida profesional mediante procesos flexibles de actualización, reconversión laboral y aprendizaje continuo.

Sin embargo, en medio de esta transformación vertiginosa, conviene no perder de vista una pregunta esencial.
Si logramos formar excelentes programadores, ingenieros o especialistas en inteligencia artificial, pero fracasamos en formar seres humanos íntegros, honestos y comprometidos con el bien común, ¿podremos afirmar que cumplimos la verdadera misión de la educación?

Las competencias técnicas tendrán una vigencia cada vez más corta. Los valores, en cambio, seguirán siendo el fundamento de toda sociedad que aspire al progreso. El mayor desafío de nuestro tiempo no consiste solamente en preparar personas para trabajar con las máquinas más inteligentes de la historia, sino en asegurar que nunca dejen de ser profundamente humanas.
*Exrector de la Universidad del Rosario.
