¿Cuál es el balance de Unicef sobre la situación educativa de los niños, niñas y adolescentes afectados por el terremoto?
CATALINA DUARTE: He estado haciendo recorridos por zonas en las que tenemos acciones; el último fue en Quibdó y tengo un balance agridulce. La parte dulce es ver cómo toda la sociedad en general se ha volcado para ayudar a resolver una crisis que en lugares como Chocó, Quibdó y Buenaventura ya existía. Las necesidades educativas han estado desde antes; el terremoto nos lleva a nuevamente hacer un acercamiento dirigido.

Y lo agrio es ver que, en zonas diferentes a la capital, como Istmina, no pasa nada, y más allá, menos. Estamos encontrando que la conversación se está yendo mucho hacia la infraestructura y los Etapi (Espacios Temporales de Aprendizaje, Protectores e Inclusivos), pero no tanto en cómo hacemos para cerrar esas brechas de aprendizaje y qué hacemos para fortalecer a los docentes.
¿Qué se necesita para recuperar la normalidad escolar?
C.D.: La del aprendizaje, es una crisis prolongada de educación y en muchos de los territorios ya existía desde antes. No es solamente un tema de aprendizaje, existen dificultades generales, como instituciones educativas que no tienen baños desde hace años, o falta de computadores y de internet.
Y con el terremoto hay más de 200.000 estudiantes en clases virtuales, pero no todos tienen conectividad. Antes ya había un problema de extraedad, de demanda, entonces una nueva normalidad implicaría resolver un montón de deficiencias que vienen de tiempo atrás al sismo.
Por otro lado, la reconstrucción de colegios, siendo optimistas, puede durar un año y medio, y a esto se suma la recuperación del bienestar docente, de aprendizajes y cierre de brechas. Tras el terremoto, hay que transformar realmente la educación y llegar a cada rincón del país.

¿Cuáles son esas necesidades que siguen sin resolverse?
C.D.: Tenemos todavía un número importante de estudiantes de primera infancia que no está llegando a educación inicial; alrededor del 60 por ciento de las niñas y los niños en el país, sobre todo en zonas rurales, aún no tienen acceso.
En tercero de primaria solo 4 de cada 10 estudiantes logran aprender a leer y a entender lo que leen. Hace poco vimos los resultados de las Pruebas Pisa, y es cierto que Colombia no retrocedió, pero tampoco avanzó: no hay procesos afianzados de lectura y escritura, ni pensamiento crítico o comprensión básica de lo que se lee.
Tampoco manejo básico de operaciones matemáticas ni una motivación para permanecer en la escuela. El diagnóstico es triste: no estamos cumpliendo la promesa de valor que el sistema educativo le hace a los estudiantes: aprender y terminar la trayectoria con oportunidades.
¿Qué limitaciones ven en las clases híbridas o ciento por ciento virtuales?
C.D.: La única alternativa que muchas niñas y niños van a tener tras el sismo es la educación híbrida. Entonces hay que trabajar en la priorización curricular, es decir, en cuáles son esos aprendizajes básicos o mínimos en donde los estudiantes necesitan el acompañamiento y la presencialidad.
Los primeros años de primaria son los que deberían tener mayor prioridad en la educación presencial para que haya un buen proceso de aprendizaje de los conceptos básicos.
Por otro lado, es necesario revisar cuáles son los procesos pedagógicos y cómo se acompaña al estudiante desde la presencialidad para que se vaya con una instrucción clara a casa para hacer las guías.
Pero si nos tenemos que volcar ciento por ciento a la virtualidad, se vuelve muy difícil porque no es fácil guiar y, por supuesto, no todos cuentan con dispositivos o internet.
Es crucial que los profesores planeen muy bien y prioricen qué es lo que van a hacer en las horas que tengan presenciales e identifiquen a los niños que necesitan más apoyo en su aprendizaje.

El apoyo de Unicef tras el terremoto ha sido vital en las zonas afectadas. ¿Cómo ha sido ese acompañamiento?
C.D.: Unicef rápidamente se desplegó al territorio para montar Etapi en aquellas zonas que consideramos más vulnerables. También estamos haciendo un trabajo de flexibilización curricular con las maestras, de búsqueda activa e identificación de niños y niñas en riesgo de deserción y de cómo prevenirla revisando las condiciones de agua y saneamiento en las escuelas, y haciendo un trabajo fuerte de prevención de violencias de todo tipo.
Nuestra estrategia de respuesta tiene tres fases: la primera es de recuperación y atención para abordar inquietudes y dar apoyo psicológico, esto se hizo durante las primeras ocho semanas; la segunda, en la que estamos, va hasta final de 2026 y es asegurar que el año escolar sí se finalice; y la tercera, que arranca en noviembre, es la de planear el año entrante.
Sabemos que las escuelas no van a estar reconstruidas en febrero y necesitamos asegurar que haya espacios y una motivación para volver a clases.
Más allá del aprendizaje, ¿qué otras consecuencias genera la interrupción de las clases?
C.D.: La primera consecuencia es el Programa de Alimentación Escolar (PAE); una buena parte de las áreas afectadas en Chocó y Buenaventura, por ejemplo, son de colegios beneficiados, y aún no es claro si ellos están recibiendo la alimentación porque no están yendo a clases.
La segunda es que, en general, aprender va a depender del ecosistema de cada estudiante y si tienen acompañamiento en casa. Lo tercero es que, al pasar más tiempo fuera de la escuela, están más expuestos a violencias, uso y utilización, y cuarto, que probablemente, tras la tragedia, no haya un apoyo psicosocial para los niños, niñas y jóvenes porque en gran parte es en la escuela donde lo reciben.

Entendiendo ese escenario, ¿cuáles son los recursos e inversiones más urgentes?
C.D.: La formación docente, y revisaría también los mecanismos para que se puedan hacer procesos de formación ágiles que garanticen que niñas y niños no queden desescolarizados, pues los docentes no pueden estar en una sola parte a la vez: dando clase o recibiendo clase.
Lo otro es definir una política de materiales educativos con los que va a trabajar Colombia y una línea básica de aprendizaje para que todos los estudiantes aprendan a leer y escribir, y tengan un proceso adecuado de acompañamiento y evaluación formativa.
Tras el terremoto, ¿cuál es el mensaje para el sector educativo?
C.D.: La educación es un derecho y es importante trabajar en que todos los niños y las niñas aprendan según sus necesidades. Para ello es clave entender cuál es el contexto, las fallas estructurales del sistema y trabajar en recuperar lo perdido y volver mejor.
Además, en territorios rezagados como Chocó y Buenaventura, que están muy atrás en resultados de aprendizaje en toda la trayectoria, la apuesta debe ser lograr una verdadera transformación del sistema educativo.
