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"Hitler era carismático y amable": el polémico libro que publican en Alemania

Un nuevo libro que reúne viejas entrevistas con personas cercanas a Adolf Hitler muestra cómo el genocida logró engañar a su pueblo. Incluso después de la guerra, algunos de ellos lo describían como una buena persona.


Adolf Hitler simboliza la maldad y la ignominia en el siglo XX. Más de 500 biografías han tratado de entender las características de un ser humano que ordenó asesinar a seis millones de personas y produjo indirectamente la muerte de otros 60 millones en el conflicto planetario que desató. Su ascenso al poder constituyó el regreso a épocas de barbarie que la humanidad consideraba superadas en la historia.

Por eso, 75 años después de su suicidio, el misterio sobre su personalidad sigue vivo. En esa línea, sorprende el nuevo libro publicado sobre él en Alemania, Ich Traf Hitler (Yo conocí a Hitler). No se trata de una biografía ni de un análisis histórico. Simplemente recoge testimonios de 45 personas que lo trataron de cerca.

Con frecuencia se trata de personajes marginales como su secretaria, su enfermera o su cocinera, pero también aparecen su ahijado, el hijo de uno de sus hombres de confianza y algunos generales y soldados nazis. El escritor Karl Höffkes hizo la mayoría de las entrevistas en los años noventa, tras buscar a los personajes, uno por uno. Pero solo ahora el editor Wieland Giebel las reunió para publicarlas.

“Estas personas muestran una completa falta de remordimiento; 50 años después de la guerra seguían siendo nazis”, dice el editor que publica el libro.

El libro se ha convertido en un éxito en librerías y ha desatado una polémica mundial. La causa: la gran mayoría de los entrevistados habla maravillas del Führer. Lo recuerdan como una persona carismática, amable y cariñosa. Algunos incluso llegan a justificar sus crímenes.

Giebel, quien incluyó en el libro un editorial crítico para contextualizar los testimonios, dice que estos muestran la doble cara de Hitler y pueden ayudar a entender por qué acumuló tanto poder. “Estas personas muestran una completa falta de remordimiento; 50 años después de la guerra seguían siendo nazis”.

Gretel Roelofs, la cocinera de Hitler, entrega uno de los testimonios más reveladores. Recuerda que cuando la contrataron esperaba conocer a un hombre imponente, pero se encontró con alguien normal que no le generó miedo. “A mí me impresionó que nunca fue muy exigente, ni nos trataba mal, era un hombre que no había olvidado de dónde venía”. Alguna vez el dictador encontró un gusano debajo de una de sus lechugas (era vegetariano) y en vez de regañarla soltó una carcajada.

Su enfermera, Erna Flegel, quien estuvo con él durante sus últimos días en un búnker de Berlín, tuvo una impresión similar: “Su autoridad era extraordinaria. Siempre fue educado y encantador. Realmente no tuve nada que objetar”. Según cuenta, se la pasaba rodeado de mujeres, le encantaba armar conversación y amaba a los niños. O por lo menos a los hijos de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, con quienes comía chocolate y les dejaba usar su bañera. Porque al mismo tiempo, y por orden directa suya, millones de niños judíos morían en los campos de concentración.

Muchos de quienes lo conocieron afirman que Hitler amaba a los pequeños. Sin embargo, ordenó asesinar millones de niños judíos en los campos de concentración.

Su ahijado Egon Hanfstaengl, hijo de su consejero Ernst Hanfstaengl, era un niño cuando lo conoció. Él recuerda, sobre todo, que Hitler iba a almorzar mucho a su casa de Múnich cuando aún no había subido al poder. Y que tenía una habilidad impresionante para pintar, hacer mímica e imitar sonidos, sobre todo de artillería cuando contaba historias de la Primera Guerra Mundial.

Muchos de los exgenerales y oficiales nazis consultados en el libro dicen que nunca supieron nada acerca del Holocausto, una afirmación que resulta bastante dudosa.

También le quedó marcada una escena en la que el Führer mostró su carácter explosivo: una vez cuando una perra mordió a su mamá, Hitler, transformado, se levantó furioso y sacó su pistola dispuesto a dispararle al animal. Solo se calmó cuando la señora Hanfstaengl le dijo que no había problema.

Lo que más sorprende de los testimonios, sin embargo, es la manera en la que muchos niegan sus atrocidades. La cocinera Roelofs, por ejemplo, dice que “él tenía las mejores intenciones, pero los otros hicieron un montón de cosas sin que él supiera”. Hoy, además, está demostrado que Hitler siempre tuvo planeado iniciar una confrontación con Francia e Inglaterra para cumplir con sus planes expansionistas, pero algunos lo seguían negando. Rudolf von Ribbentrop, hijo del ministro de Asuntos Exteriores de la época, dice: “Estoy seguro de que no quería una guerra, ¿cómo hubiera podido beneficiarle?”.

Ribbentrop hizo parte de la división juvenil de las SS y, como muchos otros oficiales nazis consultados en el libro, dice que nunca supo nada acerca del Holocausto, una afirmación que resulta dudosa. El propio Giebel explica en el editorial que acompaña las entrevistas: “Hasta mi madre, que asistió a la escuela secundaria a principios de la década de 1940, dice que cuando la ciudad olía a humo, los niños hablaban sobre personas quemadas”.

Sin embargo, los testimonios en los que las personas cercanas a Hitler se exculpan por lo que sucedió con millones de judíos masacrados abundan. Reinhard Spitzy, quien trabajó en la oficina de seguridad del dictador, afirma, que “sabíamos que estaban deportando a los judíos al este, pero pensábamos que estaban reubicándolos”. Y hasta Fritz Darges, asistente personal del Führer, dice que solo escuchó la palabra Auschwitz el 8 de mayo de 1945, pues “antes no sabía nada sobre este gigantesco crimen”.

La actriz Daisy Schlitter tuvo una mala espina y le dijo a su mamá: “Acabo de conocer al hombre que va a arruinar a Alemania”.

Dos de los pocos testimonios críticos con Hitler son el de la actriz Daisy Schlitter, quien lo vio por primera vez en 1932, y el de su exsecretaria privada Traudl Junge, de cuyo testimonio salió la película La caída (2004), que muestra los últimos días del dictador.

Rudolf von Ribbentrop (esquina de arriba), uno de los entrevistados, dice que Hitler era una persona amable, que no quería ir a la guerra. Su secretaria privada, Traudl Junge, lo describía como un “jefe amigable y paternal”, pero antes de morir se arrepintió de haber sido su cómplice.

Desde que lo conoció y escuchó su oratoria, Schlitter tuvo una mala espina. Le dijo a su mamá: “Acabo de conocer al hombre que va a arruinar a Alemania”. En su diario privado incluso escribió una descripción, que hoy en día suena premonitoria: “Exuda poder convincente, es revolucionario y fanático. Los rusos vendrán de la Rusia soviética, habrá guerra. Los rusos estarán en Berlín”.

Junge, por su parte, concuerda en que Hitler se mostraba como una persona carismática y amable: “Al comienzo me sentí fascinada por Adolf Hitler. Era un jefe agradable y un amigo paternal”. Pero con el tiempo, y a diferencia de muchos otros entrevistados, pudo darse cuenta de que detrás de esa cara amable y sonriente, que engañó a millones de alemanes, había un genocida.

En un libro, publicado en 2001, alcanzó a decirlo: “Después de las revelaciones de los delitos de este hombre, hasta la última hora de mi vida me sentiré culpable de haber sido su cómplice”