SEMANA: El amor vuelve a ser un vehículo narrativo en su nuevo libro, ¿por qué?
Vanessa de la Torre: El amor es la fuerza más poderosa que hay sobre la naturaleza, la más grande que hay sobre el planeta y que comanda al ser humano. El amor es también la única manera de contrarrestar el horror y el odio. Yo ya había explorado el amor en el primer libro, en Historias de amor en campos de guerra, que son reportajes que rozan el periodismo literario, pero El olor del fin del mundo es una novela que necesitaba una historia para poder contrarrestar el horror del covid, y esa historia fue el amor, lo único capaz de restarle un poquito de dolor, de tragedia y de desgracia a ese horror que fue el covid y que vivimos todos.
SEMANA: ¿Cómo el amor la ha atravesado a usted?
V.T.: De todas las maneras posibles. Las decisiones más importantes de mi vida las he tomado motivada por el amor: irme de Colombia, regresarme de Colombia, tener hijas, casarme, separarme. El amor es un milagro absoluto, pero el desamor también.


SEMANA: En El olor del fin del mundo está la historia de Carmen y Antonio. ¿Hay algo de Carmen en Vanessa y de Vanessa en Carmen?
V.T.: Creería que sí. Hay de Carmen en todas las mujeres. Carmen es absolutamente apasionada, atrevida, de convicciones profundas, una mujer soñadora, superalegre, que ama sin límites. Eso es muy hermoso, porque el amor tiene que ser así, profundo, y, como dice Cortázar, el amor es como una estaca que te atraviesa. Carmen terminó siendo el vehículo mediante el cual pude contar algo que necesitaba contar como periodista, para que no se nos olvide lo que pasó.
Recuerdo que para Historias de amor en campos de guerra, entrevisté a más de 26 mujeres, de las cuales decanté siete. En esa exploración hubo muchas Cármenes, pero en ese momento no tenían un espacio en mi narración.Cuando entra el componente de la novela, hay un momento en mi vida en que el periodismo casi se queda corto para todo lo que quiero contar. Porque el periodismo tiene que ser veraz totalmente. El periodismo literario te permite un poquito de margen de maniobra, pero ser veraz. La novela sí te permite jugar, mezclar personajes y de muchos personajes y muchas mujeres crear una que se llame Carmen.

SEMANA: Hay un elemento trascendental en el libro y es el sentido del olfato. ¿Por qué?
V.T.: A mí me dio anosmia. Perdí el olfato y además me dio parosmia. El libro se llama El olor del fin del mundo porque el olor del fin del mundo es la incertidumbre. La parosmia es una distorsión absoluta de los sentidos en la que todo te huele feo: el ambiente te huele feo, putrefacto, fétido, podrido, asqueroso, hediondo, todos los peores adjetivos que puedas usar para describir un olor. A eso huele la parosmia. A eso me imagino que huele el fin del mundo, por lo menos eso fue lo que yo sentí.
Yo vivo constantemente con esta obsesión de contar lo que tengo alrededor, lo que ocurre, para que no se nos olvide. A nosotros el covid no se nos puede olvidar, porque fuimos una generación que cambió y cuyas consecuencias aún no hemos visto. Cambió totalmente nuestra vida cotidiana, nuestra manera de comunicarnos, de relacionarnos con el trabajo, con nuestros hijos y con la tecnología.

El covid se metió en nuestra vida y nos cambió por completo. Somos la generación del covid y yo no quería que se me olvidara, quería que mis hijas supieran qué fue lo que vivimos y también los hijos de la generación que viene.Cuando yo digo que no quería que se me olvidara cómo fue la pandemia, también me refería a contar qué era la parosmia, sobre todo porque eso no estaba en la ciencia.
Fui donde los médicos Santiago Rojas y Remberto Burgos, y los dos me dijeron: “Eres un experimento. Vamos a probar a ver cómo logramos tratarte esto”.Santiago, con su sapiencia científica absoluta y sus terapias alternativas, me ayudó muchísimo; y Remberto Burgos, desde su otra perspectiva, me dio una medicina que se usó para calmar los impulsos cerebrales; con eso pude salir adelante y superar la parosmia. Pero nunca volví a ser igual, nunca volví a oler igual; el olfato me cambió para siempre.

SEMANA: Usted escribió esta novela en un momento en el que creíamos que el mundo se estaba acabando. ¿Cómo lo logró?
V.T.: Durante la pandemia hice un gran trabajo incansable como periodista. Presentaba un noticiero y hablaba durante tres horas de los muertos, los contagiados, las pruebas, los enfermos. En la noche tenía un programa de radio.
Esto durante toda la pandemia, por la tarde y por la noche, y además escribía reportajes.Yo logré, con la colaboración de médicos y enfermeras, grabar adentro de las unidades de cuidados intensivos, donde reinaban el miedo y la soledad como nunca lo habíamos visto. Una lucha por la vida en absoluta soledad, porque tus amigos ni familiares te podían ir a ver.
Lo que yo quería era que no se me olvidara la pandemia, no para vivir traumatizada, sino para tener una memoria de cómo ocurrió. La muerte fue uno de esos grandes cambios. Lo único peor que la muerte fue la muerte durante el covid porque nos rompió la tradición, la manera de despedir a la gente que amábamos.Trabajé muy duro como ser humano, como periodista, como mamá, como todo durante la pandemia, pero terminé agotada como todos cuando acabó la pandemia, agotada y enferma.

Entendí que publicar libros solamente sobre el covid iba a ser imposible, porque no es un tema del que la gente quiera hablar. Ahí aparecieron Carmen y Antonio como resultado de muchas conversaciones, de muchas historias guardadas. Como periodista, conozco el don del secreto, de la confianza, de la confidencialidad, y reviví esas historias que tenía guardadas del pasado de las mujeres en la guerra. Fui construyendo a Carmen con relatos, narraciones, muchas convicciones, elementos de la gente que quiero, de las muchas mujeres que me han rodeado y, obviamente, a Carmen tenía que ponerle a un Antonio.

SEMANA: ¿Cómo ha logrado ese balance entre el quehacer periodístico con sus facetas como mujer, madre, escritora, amiga, etcétera?
V.T.: Es absolutamente complejo. Nosotras somos hijas de una generación y estamos terminando de construir una generación que rompió todos los paradigmas de la historia. Las mujeres ahora trabajamos, somos independientes, tenemos que ser buenas mamás, buenas amigas, buenas hijas, buenas novias, buenas en todo y es una exigencia constante. Pero a mí me gusta. Así como soy una gran trabajadora, incansable, me gusta mucho el rol de mujer femenina consentida.
Me gusta que me cuiden, sentirme cuidada. Pero obviamente es difícil porque es una exigencia muy constante, además porque tienes que educar hijas para un mundo que de todas formas es muy agresivo, en el cual a las mujeres se les exige demasiado. Yo vivo en la punta del precipicio; no me gusta el riesgo, pero vivo parada por la punta del precipicio. Me meto en unos temas muy difíciles y pesados y me pongo nerviosa a veces; me canso. No me siento una mujer de hierro, soy profundamente vulnerable y me acepto como una persona vulnerable. El covid me dejó eso, me enseñó que la muerte está parada en la puerta de la casa.

SEMANA: Usted habla de vulnerabilidades. ¿Cuáles son las suyas?
V.T.: Me atraviesa mucho la condición humana, las tristezas de la gente. Soy periodista porque le meto el alma de una manera muy profunda a lo que hago. Yo hago muchísimo trabajo social que nadie ve, porque eso no se tiene que contar; uso mi nombre para eso, para ayudar a la gente. Mi vulnerabilidad es esa, el dolor de la gente. En ese sentido, hago el ejercicio de entender por qué alguien puede causarle tanta maldad a otra persona. Por las venas a mí me corre adrenalina y por las arterias, mar Pacífico, porque tengo ancestros del Pacífico. Es una combustión emocional en la que vivo. Por eso necesito escribir, leer y escuchar jazz, porque si no, no me puedo nivelar. Soy una combustión y así me acepto. Me demoré muchos años en conocerme y aceptarme.
