Hay lugares de Colombia donde crecer significa aprender demasiado pronto qué es el miedo. Ejemplo de ello puede ser lo que ocurre en La Mojana sucreña cuando las aguas suben y los caminos desaparecen, y llegar a la escuela puede convertirse en una travesía.
O en Nóvita, Chocó, donde la selva y los ríos conviven con memorias que la guerra dejó sembradas durante años. En estos municipios crecieron María José y Diana, dos jóvenes separadas por cientos de kilómetros, pero unidas por una misma convicción: “Estudiar para resistir”.
María José recuerda una infancia marcada por las historias de desplazamiento que hacían parte de la rutina. Con el tiempo entendió que ningún niño debería crecer rodeado por el conflicto. Diana, por su parte, habla de Nóvita desde la entereza de su gente. “Somos personas echadas para adelante”, aseguró.
Ambas encontraron en la educación un horizonte común. María José quería abrir caminos para su familia y otros jóvenes de su región, mientras que Diana imaginaba un futuro profesional que le permitiera servir a su comunidad. Sin embargo, las limitaciones económicas hacían que la universidad pareciera un privilegio inalcanzable.

La oportunidad llegó con el Fondo de Educación Superior para las Víctimas del Conflicto Armado. Recién graduada del colegio, María José reunió los documentos y esperó una respuesta aferrada a la frase que su padre le repetía desde niña: “Lo único que les puedo dejar es la educación”. Al recibir el crédito ciento por ciento condonable e ingresar a la Universidad del Norte, comprendió que su historia podía escribirse diferente.
Diana recibió la noticia cuando ya cursaba séptimo semestre gracias al sacrificio de sus padres, justo en momentos en que la incertidumbre económica amenazaba con obligarla a abandonar las aulas.
Generar oportunidades
Ambas coinciden en que el Fondo de Educación Superior para Víctimas “no solo financia carreras universitarias, también transforma comunidades”. Es una iniciativa que permite que quienes crecieron en medio de la guerra construyan nuevas historias y reescriban el futuro de sus familias y territorios.

Y es allí, en esa posibilidad de imaginar un mañana distinto, donde habita una de las formas más profundas de la reparación. Porque para el padre de María José, tras una vida entera marcada por el conflicto, ver a su hija graduarse fue suficiente para sentir que algo, al fin, comenzaba a sanar.
Historias como las de María José y Diana reflejan el impacto de transformar la reparación en oportunidades. Durante este período de Gobierno, la Unidad para las Víctimas ha acompañado a 4.536 estudiantes de más de 525 municipios en los 32 departamentos del país, quienes han accedido a créditos ciento por ciento condonables del Fondo de Educación para el Acceso, Permanencia y Graduación Superior para Víctimas del Conflicto Armado, mediante la estrategia Construyendo Mi Futuro.

Asimismo, durante estos cuatro años se ha logrado la condonación de créditos para 1.307 personas. Solo en 2025 se adjudicaron 1.686 nuevos créditos y 333 estudiantes obtuvieron la condonación total de sus deudas, consolidando a la educación como el camino más firme hacia la reparación y la construcción de paz.
*Contenido elaborado con el apoyo de la Unidad para las Víctimas.
