Cada año, a finales de febrero, Bogotá se convierte en un punto de encuentro donde confluyen playas, selvas, ríos, montañas y ciudades enteras traducidas en mapas, fotografías y promesas de viaje. La Vitrina Turística de Anato se ha convertido, además, en un termómetro que permite anticipar tendencias y lugares que marcarán al turismo durante todo el año.
En 2026 ese termómetro apunta hacia dos territorios distintos, separados por fronteras, pero unidos por una misma condición geográfica y cultural: el Caribe. El invitado internacional es el Caribe mexicano, una región diversa y ampliamente reconocida en el mapa global del turismo. El invitado nacional es Córdoba, un departamento del Caribe colombiano que ha venido ganando visibilidad por su riqueza natural, cultural y gastronómica, y por una apuesta reciente por organizar su crecimiento turístico desde el territorio. Y aunque actualmente las condiciones climáticas han puesto a prueba su capacidad de respuesta y recuperación, políticas públicas e iniciativas privadas prometen mantener a este territorio en el radar del turismo nacional.
La elección de estos dos destinos respondió a una lectura estratégica del momento que vive el sector. Como explicó Paula Cortés, presidenta ejecutiva de Anato, “fue el resultado de un análisis de criterios estratégicos, comerciales y de proyección, realizado por la junta directiva Nacional de la Asociación”. En ambos casos, añadió, “se trata de territorios con una oferta diversa y en evolución, capaces de dialogar con mercados distintos y de mostrar hacia dónde se está moviendo el turismo en la región”.

Ese diálogo no se limita al sol y la playa, pese a que ambos destinos los tienen. La apuesta de Anato es mostrar que el Caribe –en sus múltiples versiones– también es historia, cultura viva, patrimonio, naturaleza y experiencia. Mientras el Caribe mexicano llega con el peso de un liderazgo internacional y una capacidad probada de reinventarse sin perder identidad, Córdoba aparece como un territorio que empieza a comprenderse como destino integral, más allá de sus postales costeras.
Herencia maya
Hablar del Caribe mexicano suele activar una imagen inmediata: playas extensas, resorts frente al mar, vuelos directos y un turismo diseñado para el descanso. Esa panorámica existe y sigue siendo uno de sus mayores atractivos, aunque reducir la región a ese registro es pasar por alto la complejidad de un territorio que, desde hace décadas, articula naturaleza, patrimonio, cultura viva e infraestructura turística a gran escala.
El Caribe mexicano reúne 12 destinos con identidades distintas a lo largo de más de 160 kilómetros de litoral en la península de Yucatán. Cancún, Playa del Carmen, Tulum, Bacalar, Holbox, Cozumel, Isla Mujeres, Costa Mujeres, Puerto Morelos, Mahahual, Chetumal y Maya Ka’an se articulan como un sistema territorial que permite al viajero desplazarse entre experiencias diversas en un mismo recorrido, y ese movimiento –del mar a la selva, de la arqueología a la vida urbana, del descanso a la exploración– forma parte esencial de su propuesta.
En este destino aparecen la Laguna de Bacalar, los cenotes y ríos subterráneos, así como zonas arqueológicas como Tulum, Chichén Itzá, Cobá, Kohunlich, Dzibanché y San Gervasio, que permanecen integradas a la vida cotidiana del territorio.
La herencia cultural maya es uno de los hilos que atraviesa toda la región. No se reduce a ruinas abiertas al turismo, es una presencia histórica y simbólica que sigue estructurando el paisaje. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha inscrito seis sitios del sureste mexicano y el Caribe en la Lista del Patrimonio Mundial, entre ellos la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, Chichén Itzá, Uxmal y la antigua ciudad maya de Calakmul.
En años recientes, esa lectura territorial se ha visto reforzada por proyectos de conectividad que buscan integrar los circuitos turísticos con mayor profundidad regional. El Tren Maya, por ejemplo, conecta cinco estados del sureste mexicano y atraviesa zonas con alta concentración de sitios arqueológicos, reservas naturales y comunidades locales. De acuerdo con información de la Unesco, su área de influencia incluye reservas de la biosfera, miles de sitios arqueológicos registrados y una diversidad cultural que obliga a pensar el turismo como una actividad con impacto social y ambiental de largo plazo.
El interés del viajero colombiano por el Caribe mexicano también se expresa en cifras. Según Anato, más de 236.000 colombianos visitan cada año la región, lo que equivale a cerca del 38 por ciento de los connacionales que viajan a México. Parte de esa preferencia se explica por la conectividad aérea directa desde Bogotá y Medellín, con decenas de frecuencias semanales hacia Cancún, que han convertido al destino en uno de los más accesibles.
Córdoba, más allá del litoral
En Córdoba, el Caribe no se organiza alrededor del mar como eje único, se entiende desde el agua que corre hacia adentro: ríos, ciénagas, manglares y sabanas que han marcado históricamente la forma de habitar, producir y celebrar; y que explican por qué el departamento empieza a leerse hoy como un destino turístico integral, donde naturaleza, cultura y economía local no funcionan por separado.

Desde la zona costanera hasta el Alto Sinú, el recorrido no es lineal. Las playas de San Bernardo del Viento, Moñitos, Puerto Escondido y San Antero conviven con ecosistemas como la Bahía de Cispatá, la Ciénaga de Ayapel, los ríos Sinú y San Jorge, y la selva del Nudo del Paramillo, en Tierralta. Y esa diversidad paisajística ha tejido una relación estrecha entre territorio y vida cotidiana, donde el turismo aparece como una actividad que se integra –con cuidado– a dinámicas preexistentes.
Ante ese panorama, la cultura se convierte en un hilo conductor clave. En Córdoba, las festividades operan como expresiones de identidad que atraviesan el calendario y el territorio. La Feria Nacional de la Ganadería, el Festival Nacional del Porro, el Festival Nacional del Bullerengue, la Semana Santa en Ciénaga de Oro y el Festival Nacional de la Cumbiamba funcionan como puntos de encuentro donde música, memoria y comunidad sostienen el sentido del lugar. A ello se suman poblaciones como Lorica, declarada Pueblo Patrimonio de Colombia, donde la arquitectura republicana y la historia comercial del Bajo Sinú siguen dialogando con el presente.
Ese entramado cultural se conecta, además, con una gastronomía que condensa la relación entre río, tierra y cocina. El mote de queso, el sancocho de bocachico, los arroces, los sueros y los productos del mar forman parte de una tradición alimentaria arraigada que hoy se transforma en experiencia para quien visita el departamento.
Los datos acompañan esa transformación. De acuerdo con cifras consolidadas por la Gobernación de Córdoba y el Dane, el departamento ha registrado un crecimiento sostenido en ocupación hotelera, generación de empleo y formalización de prestadores turísticos, incluso en un entorno nacional marcado por desaceleraciones. “Ser el Destino Nacional Invitado de Honor es una oportunidad estratégica para que Córdoba se muestre con toda su fuerza: como territorio turístico, productivo y cultural”, afirmó el gobernador Erasmo Zuleta Bechara al referirse a la participación del departamento en la vitrina.
Otro factor importante para este despliegue ha sido la conectividad. El Aeropuerto Los Garzones, en Montería, conecta hoy a Córdoba con ciudades como Bogotá, Medellín y Barranquilla, y ha registrado un aumento significativo en el número de pasajeros. Sin embargo, aún persiste el reto de que ese flujo se traduzca en desarrollo local y sostenibilidad ambiental, especialmente en zonas rurales y ribereñas.
En ese punto aparece otro componente menos visible, pero estratégico: la articulación entre turismo, biodiversidad y economía productiva. Desde la presidencia de ProColombia, Carmen Caballero ha señalado que “la inversión extranjera que Colombia promueve hoy es aquella que genera valor agregado, impulsa el desarrollo regional y se integra de manera sostenible a los territorios”, y en Córdoba esa visión se refleja en iniciativas que conectan turismo con agricultura, gastronomía, cosmética natural y aprovechamiento responsable de la biodiversidad.
No obstante, ese proceso de construcción turística ocurre en un contexto complejo: en los últimos días, Córdoba ha enfrentado una emergencia por fuertes lluvias que ha afectado a cientos de familias en distintas zonas del departamento. Aun así, la decisión de mantenerlo como Destino Nacional Invitado en la Vitrina Turística de Anato 2026 responde a una lectura de largo plazo sobre su potencial y su gente.
“La calamidad nos une como personas, como departamento, y por eso más que nunca creemos en lo que somos y en lo que nuestra gente representa. Somos ricos no solo en la parte turística; somos un departamento emergente que cree en lo que tiene, pero sobre todo cree en que será mucho más fuerte”, afirmó Melissa Nieto, directora de Turismo y Artesanías de Córdoba.
Así, Córdoba entra a la conversación turística nacional como un territorio en construcción consciente, un pedacito del Caribe que se descubre al ritmo del río, de la música y de la vida cotidiana.
