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Gloria Luz Gutiérrez, la mujer detrás de las tertulias que reúnen a la socialité de Bogotá

Todos los primeros martes de cada mes abre las puertas de su casa para celebrar una tertulia a la que llegan embajadores, políticos, escritores, poetas y artistas. Su vida ha sido tan fascinante como estos encuentros que nadie quiere perderse.

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26 de marzo de 2026 a las 11:47 a. m.
Además de dirigir sus tertulias de literatura y arte, Gloria Luz dedica los días a apoyar la fundación que tiene en Bogotá desde hace 38 años.
Además de dirigir sus tertulias de literatura y arte, Gloria Luz dedica los días a apoyar la fundación que tiene en Bogotá desde hace 38 años. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Dice que la única amistad entrañable que ha tenido fue con María Mercedes Carranza, la poeta, y que cuando murió, el 11 de julio de 2003, Melibea Garavito –la hija– la llamó. Ella, espabilada, llegó tan pronto como pudo. Vio el cadáver y lo primero que pensó fue: “Nadie puede saber que se suicidó”. Consternada, medio enloquecida, quiso pedirle a su esposo –médico– un acta de defunción falsa, pero rápidamente Daniel Samper la disuadió. Y lo que pudo llegar a ser un crimen se convirtió en una historia capaz de resumir la vida de Gloria Luz Gutiérrez, en la que personajes insólitos están casi siempre inmersos en historias aún más insólitas, y ella en el medio. “Yo soy así, estoy como en dos mundos”.

La primera que recuerda es la de Rafael Escalona, una tertulia a la que llegaron, entre muchos otros, los expresidentes Julio César Turbay, Alfonso López Michelsen y Ernesto Samper. Pero hay otras: de Piedad Bonnett, de Evelio Rosero, de Juan Carlos Botero, de Claudia Hakim, de Antonio Caro. Y la lista continúa.

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La prueba más grande es su oficina, que tiene las paredes tapizadas de piso a techo con fotos de todos los invitados y que le funciona para acentuar la magnitud de lo que cuenta: “Mira, Paloma Valencia; mira, Álvaro Castaño, ah, y esa es Patricia Lara”. Al nombrarlos, sin embargo, la soberbia no se asoma por ningún lado: es su cotidianidad. “Yo qué gano: que me emociono y no puedo creer lo que estoy viendo. Y no es para chicanear, es como mi alma. En mi casa pasa de todo y me encanta que pase de todo”, expresó.

Consuelo Cespedosa, Gloria Luz Gutiérrez y Erik Høeg, embajador de la Unión Europea en Argentina.
Consuelo Cespedosa, Gloria Luz Gutiérrez y Erik Høeg, embajador de la Unión Europea en Argentina. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Antes de las tertulias, que han sido muchas. Antes de que en sus anécdotas se colaran con naturalidad los nombres de David Manzur o Belisario Betancur o el de cualquier embajador o político de moda –porque a todos los conoce y todos han estado sentados en la sala de su apartamento–, Gloria Luz fue una niña manizaleña cuyo mayor miedo eran los gritos de su padre. Encerrado en el baño, Alberto Gutiérrez Botero vociferaba sus discursos políticos, pero ella pensaba que estaba loco: “Mi mamá me explicaba que estaba ensayando, pero yo no lograba entender… Un señor… gritando en un baño”.

Fue algo que no heredó: la mayor parte del tiempo habla con un tono circunspecto y solo de pronto, cuando lo que recuerda la conmueve lo suficiente –como la vez que en el Buen Pastor calló a las reclusas con un pito para que Darío Jaramillo declamara sus poemas de amor o el viaje a Japón que nunca hizo con María Mercedes–, su voz salta a otra tonalidad. Lo que sí heredó fue una fijación por el arte que más adelante desencadenaría en una vida social agitada, colmada de libros, reuniones en fundaciones y en su casa, cocteles, cenas de cumpleaños con amigos, premios y viajes ininterrumpidos a festivales como el Hay.

“El día que haya solo diez personas, la tertulia se acabó”.

También en recuerdos como este: “Cuando mi papá murió, encontraron en la oficina un poema de Borges, que dicen que no era de Borges”. Era Instantes, un poema que dice: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida / en la próxima trataría de cometer más errores. / (…) / Correría más riesgos, / haría más viajes, / contemplaría más atardeceres. (…) / Pero ya ven, tengo 85 años… / y sé que me estoy muriendo”. Ahora ella repite algunos de esos versos de memoria.

Flavia Dos Santos, Alberto Linero y Alcy Matallana.
Flavia Dos Santos, Alberto Linero y Alcy Matallana. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

A Bogotá llegó a los 8 años, cuando su padre, que trabajaba con el expresidente Carlos Lleras Restrepo, ganó las elecciones a la Cámara de Representantes. Estudió español y literatura en la Universidad Pedagógica. “Además dictaba clases en zonas marginales de Bogotá”, recordó. Eran lugares donde los niños a veces no tenían para comer. Entonces quiso estudiar odontología: fundó un consultorio, lideró jornadas de prevención y después se dedicó a su fundación.

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“La manejo hace 38 años. Una vez alguien me preguntó de qué vivía; le respondí: “No, pues yo vivo”. Tiene un jardín, una panadería para las mujeres, una casa para el adulto mayor, una biblioteca. Y esas son mis alegrías. Soy como una hormiguita que va trabajando, sin pretensiones”, contó.

Sergio Esteban Vélez, Astrid Motz-Hammond y Jean Claude Bessudo.
Sergio Esteban Vélez, Astrid Motz-Hammond y Jean Claude Bessudo. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Y al igual que se le ocurrió la idea de la tertulia –por la convicción de convocar–, se inventó el Premio Nacional de Poesía – Obra Inédita, que entrega cada dos años en la Feria del Libro de Bogotá y que financia su hermano Carlos. El primer ganador fue Giovanny Gómez, el poeta pereirano que murió en pandemia, con Casa de humo. “Si me ganara la lotería haría muchas cosas por los poetas. Es un trabajo olvidado, son muy pocos los que pueden vivir bien. Y semejante genio”, afirmó.

Marianne Feldmann, exembajadora de Austria en Colombia, y Jorge Camacho.
Marianne Feldmann, exembajadora de Austria en Colombia, y Jorge Camacho. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Tiene un dicho: “La vida entre amigos es más fácil”. Cada que se acuerda lo repite en sus conversaciones. Se casó solo una vez, con ‘Lucho’, quien en su juventud pertenecía a un movimiento comunista al que intentó adherirla. No pasó, pero tuvieron tres hijos.

Vive en el piso nueve de un edificio al nororiente de Bogotá. Afuera la vista es exquisita y adentro, más: hay obras de Alejandro Obregón, de Luis Caballero; muchos libros. Los martes de tertulia saca el atril de madera que le regaló Carlos Muñoz, el actor, y desde allí introduce a los invitados. Antes de que caiga la noche, sin embargo, toda ella es angustia: “Me estreso. Cuando han pasado 15 minutos y no ha llegado nadie, me duele el estómago. El día que haya solo diez personas, esto se acabó”, sentenció.

Carlos Eduardo Gutiérrez ySonia Luz Salomón.
Carlos Eduardo Gutiérrez y Sonia Luz Salomón. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Y mientras eso pasa, mientras medita si esa puede ser la última tertulia, da indicaciones: que las sillas van allá, que el sonido y el video, que la pasta que servirán, que el embajador debería fotografiarse con… Sus tacones suenan en la madera, de lado a lado, hasta que de pronto el ascensor se abre y llegan los primeros invitados. Gloria Luz esboza una sonrisa y dice: “Vengan, vengan... Tomemos una foto”.