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En los procesos que adelanta la Fundación Uraku, la vinculación de la familia es primordial, ya que con esta se garantiza la difusión del conocimiento a todos los niveles.
En los procesos que adelanta la Fundación Uraku, la vinculación de la familia es primordial, ya que con esta se garantiza la difusión del conocimiento a todos los niveles. - Foto: Cortesía Fundación Uraku

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Agroecología y abejas nativas, la fórmula de las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta para proteger el bosque seco tropical

A través de la Fundación Uraku, con sede en Valledupar, la bióloga Mayra Galindo creó una innovadora estrategia para que fauna y sector productivo puedan coexistir, y las personas conozcan las riquezas ambientales del territorio y participen en su preservación.

Después de trabajar durante varios años en diferentes territorios del país, la bióloga Mayra Galindo se dio cuenta de las carencias, necesidades y fortalezas de muchas comunidades donde la institucionalidad no llega. Esta experiencia, la impulsó a crear la Fundación Uraku en el 2015. Una iniciativa a través de la cual ha podido ayudar a mejorar los cultivos de campesinos de la Sierra Nevada de Santa Marta y conformar una red de guardianes de abejas nativas con aliados en Guatemala, México y Colombia.

De acuerdo con Galindo, desde el inicio se plantearon desarrollar procesos con comunidades y evitar las prácticas de muchas organizaciones que llegaban a los territorios con proyectos asistencialistas. “En varios empleos tuve muchos choques porque no se les puede decir mentiras a las personas o ilusionarlos con cosas que no podrán ser, es mejor trabajar paso a paso en el ritmo que la comunidad lo desea”, afirma.

Bajo esa premisa empezaron a crear proyectos encaminados en la concientización y el acompañamiento a comunidades para conservar un equilibrio en los ecosistemas de la zona, con el fin de evitar las interacciones negativas entre la fauna y el sector productivo. “A veces te encuentras con comentarios como vamos a tener que matar el jaguar porque se está metiendo con las vacas. Eso mismo pasa con más animales”, comenta Galindo.

Fue así como encontraron en los procesos agroecológicos una herramienta para generar ambientes donde la fauna y el sector productivo puedan coexistir. “La agroecología y la cultura orgánica abarcan muchos aspectos, diferentes a los de otras prácticas, pues tienen en cuenta lo ambiental, social, económico, cultural y político”, señala Galindo.

Empezaron a trabajar con comunidades de indígenas arhuacos y campesinos de la Sierra Nevada de Santa Marta, quienes les manifestaron tener problemas en sus cultivos. “Estaban haciendo las cosas de manera convencional con la aplicación de herbicidas y fertilizantes, entonces la salud del suelo empezó a empeorar y los cultivos a desmejorar”, explica Galindo y señala que esto se debe a una sobrefertilización de los suelos y la desnutrición de las plantas, lo cual genera dependencia de los fertilizantes.

La primera acción fue intervenir el terreno para pasar de una pendiente montañosa a una tipo ‘escalera’. Con esto garantizan que en época de lluvias la materia orgánica quede alojada en los ‘escalones’, evitando que todo caiga hacia los ríos y se conserve la humedad. Además empezaron a interesarse por conocer mejor el suelo, cómo se maneja y de qué manera se relaciona con otros elementos.

“Logramos analizar los suelos por medio del microscopio campesino, una metodología que logra identificar bacterias y virus, además implementamos técnicas y tecnologías sumamente sencillas a las cuales todas las personas del campo pueden tener acceso, sin necesidad de un técnico”, comenta Galindo y señala que el suelo es un ser vivo donde se encuentran micro y macro organismos, virus, bacterias, entre otros.

Gracias a este trabajo ganaron una convocatoria de la Fundación Rufford con la cual fortalecieron el proyecto de transformaciones agroecológicas como estrategia para la conservación de fauna y flora del bosque seco tropical. Además, sumaron la protección y conservación de abejas nativas de la zona, creando una red de guardianes.

Por medio de los proyectos agroecológicos se busca garantizar la seguridad y soberanía alimentaria en esta comunidad. Para eso se cultivan semillas de maíz nativas del Caribe colombiano.
Por medio de los proyectos agroecológicos se busca garantizar la seguridad y soberanía alimentaria en esta comunidad. Para eso se cultivan semillas de maíz nativas del Caribe colombiano. - Foto: Cortesía Fundación Uraku

“El año pasado hicimos una convocatoria a la cual se unieron iniciativas de Guatemala, México y Colombia que están desarrollando prácticas enfocadas en la conservación de polinizadores, sobre todo de abejas nativas”, detalla Galindo y resalta que muchas son proyectos familiares y de organizaciones sin fines de lucro. “Con ellos realizamos intercambio de saberes, generamos material divulgativo y eventos académicos”, agrega.

Con esta red esperan profundizar y generar investigación en esta zona del Caribe colombiano, donde, aunque se practica la apicultura, se conoce muy poco sobre las 45 especies de abejas nativas identificadas. Galindo señala que ese desconocimiento genera que las confundan con avispas o escarabajos. “Por fortuna, la entrada de la Universidad Nacional al departamento del Cesar será un apalancamiento muy importante para este proceso”.

A medida que desarrollan estos proyectos, transversalmente realizan planes educativos y de divulgación, combinando el arte con la naturaleza. Al respecto, Cesar Baldovino, fundador de la Red de Escuelas de Música del Caribe, destaca que juntos han podido crear una cátedra de arte y naturaleza única. “Cada vez que llegamos a mostrar nuestros procesos, tenemos ese factor diferencial, lo que nos ha permitido obtener muchos más recursos”.

Cada semestre, entre organizaciones planean talleres presenciales y virtuales en diferentes corregimientos y barrios de la ciudad de Valledupar. “En estos mostramos cómo un instrumento tan sencillo como el violín depende de un árbol que se llama palo de rosa, el cual está en vía de extinción. De igual manera, para que un violín suene se le unta en el arco una cera que se llama colofonia, la cual es la savia de un tipo de árbol que se da en el bosque seco tropical”, explica Baldovino.

Para este artista, director musical de la Orquesta Sinfónica del Caribe, por más que se consigan recursos económicos si en las ciudades, colegios y universidades no se habla ni se genera conciencia, el trabajo se queda corto: “Debemos lograr que la gente se entere de estas cosas, porque lo que pasa en las ciudades afecta a las comunidades”.

Desde la Fundación Uraku la apuesta es convertirse en agentes de cambio activos. “En varias partes del mundo se realizan cosas positivas y de mucho impacto, entonces tenemos que abrir los ojos, generar alianzas y cooperación”. Galindo también hace énfasis en que el discurso no solo se debe quedar entre biólogos y ecólogos. “Debemos aceptar la complejidad, no desde la perspectiva de la dificultad, sino entendiendo que somos personas diversas y no podemos unificar todo lo que está a nuestro alrededor, porque cada uno tiene contextos diferentes y las soluciones deben ir encaminadas a ellos”, concluye.

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