Los seres humanos habitamos la Tierra desde hace alrededor de diez mil años; una historia breve si se compara con los cuarenta y cinco millones de años que tiene nuestro querido planeta.
Cada cambio generacional ocurrido desde la aparición de nuestra especie ha representado transformaciones importantes tanto en el entorno como en nosotros mismos. El descubrimiento y el control del fuego, o la revolución agrícola a partir del Holoceno, por ejemplo, son momentos que han determinado el desarrollo de la civilización.
Pero tal vez como nunca antes, la actual generación está frente a un periodo único en la historia; es la primera vez que los humanos tenemos el futuro del planeta en nuestras manos.

Tal vez esto pueda explicarse por la manera vertiginosa en que ha cambiado el mundo en estos últimos dos siglos, gracias a los descubrimientos científicos y avances tecnológicos que hemos logrado.
Hace apenas cincuenta años presenciábamos en vivo, con infinito asombro, el primer alunizaje del hombre a través de un televisor en blanco y negro; hoy, cualquiera que tenga como pagarlo, puede comprar un tiquete para irse de paseo al espacio.
Mi generación pasó en un lapso fugaz, de escribir cartas a mano, a la máquina de escribir eléctrica y de ahí saltó al computador.
Cuando aún no alcanzábamos a sobreponernos a la magia del fax, aparecieron los teléfonos celulares y la internet.
De los vinilos pasamos al cassette, de ahí al CD y por arte de magia a las plataformas de música digital, y en ese breve trayecto fuimos dejando atrás el amor sublime de los boleros para entregarnos sin pudor al perreo y el reguetón.

Esta especie de frenesí del desarrollo también ha implicado un paulatino deterioro del planeta que se evidencia, por ejemplo, en el cambio climático o la destrucción de importantes ecosistemas.
Con la misma tecnología con que creamos las naves espaciales que algún día nos llevarán a conquistar el universo, ingeniamos amenazas devastadoras que nuestros antepasados no tuvieron; las bombas nucleares, o las armas biológicas.
Como nunca antes en la historia estamos ante un momento de inflexión, o lo que algunos llaman un momento bisagra; podemos tomar las decisiones para seguir degradando irremediablemente la biosfera, ya peligrosamente maltrecha, y conducir a la especie humana al desastre, o usar el conocimiento y la conciencia para dar un paso atrás y alejarnos del abismo. Y tal vez el mayor acto de conciencia está en comprender la importancia del bien común.
En un mundo agobiado por la sobre población, la pobreza y la crisis climática, en el que que los países tienden a replegarse y a encerrarse en sí mismos en regímenes totalitarios y egoístas, serán las decisiones de carácter colectivo las que definirán nuestro futuro como especie.

Nací en una generación que luchó por la libertad individual, por los derechos civiles, las causas feministas, por los derechos de los homosexuales, la igualdad y la inclusión. Una generación que ha transitado entre dos siglos marcada por el idealismo y el mas profundo escepticismo, frente al vertiginoso acontecer de los tiempos en que nos tocó vivir, y que tiene el poder de conducir las vidas y el bienestar de las generaciones por venir, para bien o para mal.
Dice Alejandro Gaviria en su libro “Otro fin del mundo es posible”, citando a Aldous Huxley, que deberíamos vivir con atención y compasión.
Atención es un llamado a sacralizar la vida. Compasión, entendida como la solidaridad con los demás.
*Actor.
