Especial Movilidad y Transporte

Medellín en dos ruedas: esta es la historia de dos paisas que, llueva o truene, no se bajan de su moto ni de su bicicleta

Estos ciudadanos reemplazaron el transporte público y el carro para vivir con mayor libertad, pero los riesgos que enfrentan evidencian que aún falta pedagogía e infraestructura vial.

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14 de abril de 2026 a las 10:59 a. m.
Los ciudadanos se movilizaban cada vez más en motos y bicicletas.
Los ciudadanos se movilizaban cada vez más en motos y bicicletas. Foto: DIEGO ANDRES ZULUAGA

Juan David Macías y Carlos Andrés Montoya no se conocen, pero son contemporáneos, viven en Medellín y seguramente han coincidido sin saberlo en alguna calle mientras se abren paso sobre dos ruedas en medio del tráfico hostil de la ciudad. El primero en su moto Royal Enfield y el segundo en su bicicleta de ruta o en la gravel con alforjas.

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Teniendo dos formas de transporte distintas –aunque familiares–, los unen muchas convicciones cuando salen de sus casas: Juan David desde El Poblado llevando un morral con su parapente o su saxofón, y Carlos Andrés desde Laureles con su cámara al hombro, listo para retratar la cotidianidad de Medellín en el camino.

Para ambos la motivación principal para movilizarse sobre dos ruedas es la independencia, además de que pueden ahorrar tiempo y recursos entre destinos. “La movilidad en moto es una nota. Es muy chévere. Es mucho más ágil y eficiente”, dice Juan David, de 39 años. Antes de 2023 siempre alternó diferentes formas de viajar dentro del Valle de Aburrá. Combinaba el uso de una moto Honda, con carro y transporte público, especialmente el metro. Pero desde hace tres años solo se mueve en su Royal Enfield, ya con más de 22.000 kilómetros.

Dejar el carro por la moto representó un ahorro en el bolsillo de casi el 80 por ciento, contando combustible, impuestos y mantenimiento, y en tiempo, de casi el 50 por ciento. De regreso a su casa desde donde trabaja como médico, se tarda unos 20 minutos en horas pico, la mitad de lo que se demoraba antes en su vehículo. “Trato de usar las vías en las que la gente siempre tenga que reducir la velocidad en algún punto. Ya sea por semaforización o por tener más cámaras de fotomulta. Me parecen mejores que las grandes avenidas en las que todo el mundo anda como loco”, asegura.

Moverse únicamente en moto también resultó siendo una manera de ganar tranquilidad, de manejar los tiempos sin depender del inevitable colapso del tráfico, y de sentirse libre, casi como cuando vuela parapente desde el corregimiento de San Félix, en Bello.

La capital de Antioquia presenta un alto flujo vehicular en época decembrina
La capital de Antioquia presenta un alto flujo vehicular en ciertas horas del día. Foto: Getty Images / Bruce Yuanyue Bi

Algo similar le sucede a Carlos Andrés en bicicleta. Aprendió a montar de niño en Belén Los Alpes. Además de optar por este medio de transporte para aportar al medioambiente –una de sus luchas diarias–, también lo hace para sentirse dueño de su ritmo. “La bici te da una libertad muy especial. Vos podés cogerla y arrancar desde donde querás y en el momento en que querás. Siempre me ha maravillado la bici por eso”, cuenta Carlos Andrés, fotógrafo y cofundador de colombiainspira.com, una plataforma que promueve el turismo sostenible.

Esta es una forma de viajar lenta, pero así puedes también descubrir lugares especiales en la ciudad, y ahí es cuando uno aprovecha para fotografiar esos rinconcitos bellos que pasan inadvertidos, o para detenerse a comer en algún puestico de comida. Yo digo que en bicicleta uno va al ritmo de la mariposa. Literalmente, puedes ir viendo una mariposa mientras avanzas”, añade Carlos Andrés, de 41 años.

Pedaleando con constancia, aunque lento en comparación con otros medios de transporte, Carlos Andrés se dio cuenta desde siempre que podía llegar muy lejos. Se convenció en su juventud haciendo largos y extenuantes recorridos entre Robledo La Campiña y la Universidad de Antioquia. Y lo siguió aplicando en su época de nómada, cuando, durante diez meses se movilizó en bicicleta entre Vietnam y Alemania, y acumuló un promedio mensual de 1.000 kilómetros pedaleados. A su regreso a Medellín, la bicicleta siguió siendo sagrada en su rutina.

Eso sí, la libertad sobre dos ruedas tiene sus precios. Para empezar, la lluvia, que finalmente enfrentan con estoicismo: manejando con más cuidado, mayor agarre y, a veces, protegidos por impermeables. También afecta la contaminación y el smog, que hacen que ambos transiten con pescuezo para tapar boca y nariz. Juan David, además, evita manejar con camisas blancas para que no terminen negras en puños y cuello.

Un ciudadano fue asesinado en medio de un robo de bicicleta.
(Imagen de referencia)
La bicicleta es un medio convencional que va tomando cada vez más fuerza en Colombia. (Imagen de referencia). Foto: 123rf

También está la inseguridad, que afrontan evitando calles solas o históricamente peligrosas. Ninguno de los dos ha sufrido incidentes. El precio más alto que han debido pagar es la intolerancia de los conductores de vehículos. “Aquí todavía hace falta mucha cultura. Con los particulares no me ha parecido tan complejo. Uno se hace visible y ellos le dan el espacio para pasar y moverse. Pero hay algunos conductores como los de la circular 302 que siempre que me los encuentro van encima de uno con las luces altas. Lo cierran a toda velocidad. Entonces yo veo uno de esos buses y le doy vía, pero por miedo”, explica Juan David.

La experiencia de Carlos Andrés con otros actores viales también ha sido hostil. “Sigue habiendo muchos usuarios de vehículos que te tiran el carro o no te dan la vía o no miran quién viene por la ciclorruta. A mí no me ha pasado nada grave. Pero sí conozco personas a las que les ha pasado. De hecho, a mi compañera Sara una vez le tiraron un carro encima y la tumbaron. Hay personas que son súper friendly con uno y frenan y tal, pero muchas veces no. Es muy triste”, asegura.

“Eso sin contar con la invasión de motos en las ciclorrutas. Es de todos los días”, agregó Carlos Andrés. “Y algo que sí o sí sucede es que la red de ciclororrutas todavía es insuficiente, entonces en partes te toca coger vías normales. Es muy complejo. Te tiran los carros, te pitan. A muchos les da miedo salir en bicicleta por eso. Aquí se ha trabajado mucho la cultura alrededor de la bici. Pero falta”.

Otro de los alicientes para seguir en sus formas de transporte es el sentimiento de comunidad con otros moteros. La explicación de Juan David aplica también para el caso de Carlos Andrés: “Uno sabe que, si a un motero le pasa algo, siempre hay otro que para y ayuda. Hay algo implícito en la ciudad de tener cuidado con el otro que va en moto. A veces uno con una sola mirada entiende. Que usted lleva más agua, pase. Que usted va de afán, hágale. Acá nos colaboramos”.

Son muchos los riesgos. Pero la sensación de autonomía y autenticidad sobre dos ruedas hace que valga la pena afrontarlos cada día.