Lo viví personalmente. En 2016, cuando estaba en iFood Colombia, las plataformas digitales apenas empezaban a ganar espacio en el país. Rappi estaba naciendo y todavía estábamos entendiendo cómo una aplicación podía transformar industrias enteras, conectar comercios y consumidores y construir nuevos modelos de negocio.
Por esos mismos años, Nequi daba sus primeros pasos. Para muchas personas era extraño pensar en manejar su dinero desde una aplicación y no desde una oficina bancaria. Lo que en ese momento parecía novedoso, e incluso difícil de entender para algunos, hoy hace parte de nuestra cotidianidad.
Después vimos otra transformación: los pagos inmediatos.
México avanzó con SPEI, Brasil convirtió a Pix en una infraestructura fundamental de su economía y Colombia puso en funcionamiento Bre-B. En sus primeros seis meses de operación, Bre-B superó los 34 millones de usuarios registrados, 670 millones de transacciones y COP $105 billones movilizados.
La historia nos ha mostrado algo: la infraestructura financiera puede tardar años en construirse, pero cuando logra resolver una fricción real, la adopción puede ser extraordinariamente rápida. Todo lo que le facilita la vida a las personas, en su trabajo y en su día a día, se acoge de manera casi natural, hasta volverse parte de la rutina de las empresas y de los ciudadanos de a pie.
Y creo que hoy estamos frente a otro de esos momentos.
No hablo de reemplazar los bancos. Tampoco de afirmar que todas las personas utilizarán criptomonedas en unos años. De hecho, yo misma apenas estoy profundizando en este nuevo ecosistema. Hablo de algo que considero mucho más relevante: está empezando a cambiar nuevamente la infraestructura sobre la cual se mueve el dinero.
Stablecoins: más allá de ‘cripto’
Una de las tecnologías que más está llamando la atención son las stablecoins.
Para entenderlas, primero hay que hablar de blockchain. En términos sencillos, es un registro digital compartido: en lugar de que cada entidad lleve su propio libro de transacciones, existe un mismo registro replicado en muchos computadores, donde cada operación queda anotada y no puede modificarse. Eso permite mover valor de forma directa, sin depender de los horarios ni de la cadena de intermediarios del sistema tradicional.
Las stablecoins funcionan sobre esa tecnología. A diferencia de criptoactivos como bitcoin, cuyo precio puede fluctuar significativamente, una stablecoin busca mantener un valor estable, normalmente referenciado a monedas como el dólar. En la mayoría de los casos, la empresa que la emite respalda cada unidad con reservas equivalentes en dinero tradicional o en activos de bajo riesgo.
Pero lo que más me interesa no es el activo en sí. Es la infraestructura que puede construirse alrededor de él.
Pensemos en una empresa colombiana cuya operación está distribuida en diferentes países y que, por eso, necesita mover dinero constantemente entre ellos. Hoy una transacción internacional puede involucrar bancos, corresponsales, diferentes horarios de operación, conversiones de moneda y varios intermediarios.
Las stablecoins están abriendo la posibilidad de que una parte de ese movimiento de valor pueda realizarse sobre infraestructura digital disponible 24/7, con liquidaciones mucho más rápidas.
Y quizá el usuario final nunca tenga que saber que una stablecoin estuvo detrás de la operación.
Ese punto me parece fundamental. Así como hoy utilizamos internet sin preguntarnos qué protocolos hicieron posible enviar un mensaje, posiblemente parte de la nueva infraestructura financiera termine siendo invisible para el consumidor. Al final, la tecnología más valiosa es la que las personas de a pie, que no conocen cómo funciona por dentro, pueden usar y adoptar sin mayor problema.
Hay que mirar lo que están haciendo los grandes jugadores.
Una de las razones por las que creo que debemos prestar atención no viene de una predicción sobre el futuro. Viene de observar las decisiones que ya están tomando algunas de las compañías más importantes del sistema financiero.
Visa está desarrollando infraestructura específica para stablecoins y ya trabaja en liquidación, tarjetas vinculadas a estos activos y nuevas capacidades que operan directamente sobre blockchain. En octubre de 2026 reportó que cerca del 17 por ciento del volumen de sus tarjetas vinculadas a stablecoins en el año fiscal correspondía a programas empresariales y comerciales, y que soportaba más de 160 programas de este tipo.
Mastercard fue todavía más lejos: en agosto de 2026 completó la adquisición de BVNK, una compañía especializada en infraestructura de stablecoins, con el objetivo de ampliar capacidades para pagos B2B internacionales, remesas, payouts, liquidación y tesorería.
Y los bancos tampoco están mirando desde afuera. El 28 de septiembre de 2026, Citi anunció una ampliación de su colaboración con Coinbase. Entre las iniciativas está conectar cuentas virtuales y conversión automática entre dinero tradicional y stablecoins, además de permitir que clientes institucionales acepten pagos en stablecoins mientras el comercio recibe finalmente dinero tradicional.
Cuando redes globales de pagos, bancos e infraestructura financiera empiezan a invertir, adquirir compañías y desarrollar productos alrededor de una tecnología, creo que vale la pena preguntarnos qué están viendo.
No significa que todo lo que se está construyendo vaya a funcionar. Significa que algo estructural está ocurriendo.
Latinoamérica no está al margen
Esta conversación tampoco está sucediendo únicamente en los grandes centros financieros del mundo.Según Chainalysis, Latinoamérica registró aproximadamente US$593.800 millones de actividad cripto entre julio de 2025 y junio de 2026. Brasil representó US$252.500 millones; Argentina, US$88.500 millones; México, US$77.600 millones; y Colombia, US$29.100 millones.
Las stablecoins ganaron peso dentro de esa actividad: a junio de 2026 representaban aproximadamente el 32,1% del valor cripto transfronterizo medido por Chainalysis, el 22,1% de la actividad entre personas dentro de cada país y el 17,6% de los saldos en billeteras personales. En Colombia, las entradas de stablecoins hacia servicios cripto alcanzaron alrededor de US$3.500 millones en el segundo trimestre de 2026.
Los casos de uso tampoco son iguales en todos los países. Brasil muestra una fuerte evolución empresarial y B2B; México se está consolidando como un corredor transfronterizo relevante; y en economías con mayor volatilidad monetaria las stablecoins también se utilizan como una vía digital de acceso a monedas fuertes.
Esto nos muestra algo importante: Latinoamérica no necesita copiar un único modelo. Cada mercado está encontrando casos de uso alrededor de sus propias fricciones financieras.
¿Y Colombia?
Aquí creo que tenemos una oportunidad interesante.
Bre-B está resolviendo una parte del problema: mover pesos entre personas y entidades financieras de manera inmediata e interoperable dentro de Colombia.
Las stablecoins intentan resolver problemas diferentes y potencialmente complementarios, sobre todo cuando el dinero tiene que cruzar fronteras: que una empresa pueda pagarle a un proveedor en otro país sin esperar días a que la transferencia se complete; que una operación no se detenga por un fin de semana, un festivo o una diferencia de horario; y que el dinero quede disponible para quien lo recibe en mucho menos tiempo, en lugar de pasar por una larga cadena de intermediarios.
No significa que Bre-B funcione sobre blockchain ni que vaya a conectarse con stablecoins. Son infraestructuras diferentes.
La pregunta interesante es otra: ¿cómo van a convivir los nuevos sistemas locales de pagos inmediatos con las infraestructuras globales de dinero tokenizado, es decir, dinero representado digitalmente sobre blockchain, que están empezando a desarrollarse?
Colombia todavía tiene trabajo regulatorio por hacer. La Hoja de Ruta de Regulación del Sector Financiero 2026-2030 de la URF recoge solicitudes de estudios sobre activos digitales, incorporación de stablecoins en infraestructuras de pago y marcos para tecnologías de registro distribuido como blockchain, aunque señala que estas iniciativas dependen del avance legislativo correspondiente.
Y considero que ahí debemos evitar dos extremos: regular desde el miedo antes de entender la tecnología, o permitir que la innovación avance sin reglas claras sobre reservas, custodia, prevención de lavado de activos, protección al consumidor y estabilidad financiera.
Colombia necesita profundizar esa conversación. No necesariamente para copiar otros modelos, sino para determinar qué infraestructura financiera queremos construir y bajo qué reglas.
Y a lo mejor esto sea solamente el comienzo.
Hay otra tendencia que me parece incluso más disruptiva. Hasta ahora hemos hablado de cambiar cómo se mueve el dinero.
La inteligencia artificial empieza a plantear una pregunta diferente: ¿quién va a iniciar el pago?
Rain lanzó recientemente la Agentic Payments Alliance, con participantes del ecosistema de pagos y activos digitales, para trabajar sobre estándares de identidad, autorización, fraude y pagos cuando agentes de inteligencia artificial realizan transacciones en representación de personas o empresas.
Imaginemos un agente autorizado por una empresa que pueda buscar un proveedor, comparar condiciones, realizar una compra y ejecutar el pago dentro de límites previamente establecidos.
Entonces ya no estaremos hablando solamente de pagos digitales.Estaremos hablando de pagos programables, automatizados y potencialmente ejecutados por máquinas.Tenemos que empezar a entenderlo ahora.
No sé si dentro de diez años hablaremos de stablecoins con el mismo nombre. Tampoco sé qué redes, tecnologías o compañías terminarán liderando esta transformación.
Y precisamente por eso creo que este es el momento de aprender.
No necesitamos convertirnos en evangelizadores de cripto. Necesitamos entender qué está ocurriendo. Hace diez años vimos nacer plataformas, billeteras y nuevos modelos que en ese momento parecían pequeños frente al sistema tradicional. Hoy forman parte de nuestra vida.
Ahora estamos viendo a Visa construir infraestructura para stablecoins, a Mastercard adquirir compañías especializadas, a Citi conectar infraestructura bancaria con activos digitales, a los reguladores crear nuevos marcos y a Latinoamérica encontrar casos de uso propios.
Las señales están ahí.
Para Colombia, la conversación no debería reducirse a estar a favor o en contra de las criptomonedas. Debería ser mucho más profunda:
¿Qué lugar queremos ocupar en la próxima infraestructura global de pagos?
Porque el verdadero riesgo no está en no adoptar inmediatamente cada nueva tecnología. El riesgo está en no entenderla mientras el resto del mundo empieza a construir sobre ella.
