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“El Führer se suicidó”: 77 años de la batalla de Berlín

Esta batalla fue el inicio del fin de uno de los episodios más oscuros de la historia de Europa.


El Ejército Rojo, como se llamaba a las tropas rusas durante la Unión Soviética, era un ejército particular. Conformado en su mayoría por campesinos y obreros, que eran buena parte de la población rusa de ese entonces, no tenía muchos medios técnicos ni tampoco eran grandes estrategas militares. Sus soldados de infantería iban, por lo general, medianamente equipados, poco preparados y mal alimentados.

Estas falencias técnicas, sin embargo, eran compensadas con un gran número de soldados que parecía inagotable. Durante la batalla de Stalingrado, mientras las tropas nazis se quedaban sin refuerzos y con suministros limitados, y las tropas rusas seguían reforzando sus posiciones con más y más líneas de soldados. La estrategia de Stalin fue la de aprovechar la gran densidad poblacional de Rusia y movilizar miles de soldados que servirían de carne de cañón contra las imparables tropas nazis.

Esta estrategia, aunque cruel, resultó ser bastante efectiva. Impulsados por el espíritu de venganza y la –según recogen algunos testimonios– ira “por las lágrimas derramadas por nuestras madres”, el avance del Ejército Rojo por el frente este de la guerra se hizo imparable.

En septiembre de 1943, cuando las tropas del Ejército Rojo expulsaron a los nazis de Stalingrado, en una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial, la operación “Barba Roja” que buscaba la invasión de Rusia llegaba a su fin. Con esta derrota, las tropas del Reich, maltrechas y con la moral baja, empezaron una retirada que los llevó, a inicios de abril, a las puertas de Berlín.

Este repliegue fue decisivo. Los nazis, que habían lanzado una ofensiva que casi los hace dueños de Europa, estaban, por primera vez en cuatro años, defendiendo su propio territorio. La guerra se trasladó a territorio alemán y ahora las tropas de la Unión Soviética amenazaban con tomarse la capital.

Hitler, sumergido en el uso de psicoactivos como las anfetaminas y los opioides, resolvió, luego de ver a las tropas rusas entrar a la ciudad, refugiarse en un búnker con su familia.

Las últimas órdenes del Führer fueron las de defender la ciudad hasta la muerte. El gran hombre que habría de cambiar el rumbo de la historia alemana se refugiaba ahora metros bajo tierra.

El espíritu de defensa alemán, sin embargo, fue feroz. Combatiendo por su propia tierra, la guerra en la ciudad se luchó calle por calle. Debido a la amplitud de las avenidas de la ciudad, que hacía a las tropas rusas susceptibles de emboscadas, el Ejército Rojo resolvió utilizar una táctica similar a la de Stalingrado: luchar a corta distancia.

Así, el avance de las tropas de infantería soviéticas se hizo por pequeños callejones, rompiendo las paredes de las casas para pasar por ellas y utilizando granadas, cuchillos y armas de corto alcance. Todo esto soportado por el asedio y la protección de baterías de caballería, que bombardeaban sitios estratégicos de la ciudad.

En medio de estos sangrientos combates, Berlín se convirtió en el que sería el último cruel escenario de la Segunda Guerra Mundial. La última gran batalla antes de la tan esperada paz para Europa.

A pocos días de iniciada la invasión a Berlín, el pueblo alemán no pudo resistir a la fuerte ofensiva soviética. Las tropas del Ejército Rojo cercaron el centro de la ciudad y desarrollaron una terrible –y famosa– batalla en Reichstag, el Parlamento alemán y el último estandarte, más simbólico que táctico, de la fuerza del imperio del Reich.

Desde el 29 de abril las tropas alemanas y rusas se enfrentaron por el control del edificio. Las escaleras de ingreso al Parlamento sirvieron de campo de batalla, en donde los cuerpos se acumulaban por montones ante las incesantes cargas de artillería e infantería. Este mismo día Hitler firmó su voluntad, su testamento, se casó con Eva Braum y se disparó en la cabeza mientras que su esposa tomó una dosis mortal de cianuro.

El 2 de mayo las tropas soviéticas ya controlaban por completo el edificio y, al siguiente día, la bandera soviética colgaba en la cima del Parlamento alemán, en un retrato que pasaría a la historia.