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Talibanes dicen estar aliviados con la salida de los infieles de Afganistán

El movimiento extremista aseguró que está contento con la salida de quienes no están de acuerdo con el régimen.


Un año después de su regreso al poder, los talibanes consolidan su control sobre Afganistán, apoyándose en decenas de miles de combatientes que participaron en la insurrección.

La AFP los ha retratado en Kandahar, su cuna, y en la capital Kabul, reconquistada por los talibanes el 15 de agosto de 2021.

Este movimiento islamista extremista, nacido en los años 1990 en la región Kandahar (sur) y dirigido actualmente por Hibatullah Akhundzada, debe su nombre a “talib”, la palabra árabe que significa estudiante, a las escuelas coránicas en las que se formaron sus líderes.

“Estoy contento de que los infieles se hayan ido y que los muyahidines se hayan instalado en el poder”, celebra en Kandahar Sharifullah Khobib, un combatiente de 22 años.

Con su AK-47 en bandolera sobre su indumentaria tradicional, este hombre de barba y turbante negro explica su alegría por ver “un gobierno islámico de regreso al poder”.

Muchos guerrilleros explican que Afganistán ahora es seguro por primera vez en décadas.

“Yo soy militar y puedo decir que ningún afgano es asesinado ahora, lo que quiere decir que todo el mundo está seguro”, afirma Mohammad Waleed, de 30 años, guardia en una mezquita chiita de Kabul.

En las calles de la capital uno se cruza con combatientes originarios de regiones lejanas, pero los líderes del movimiento proceden principalmente de la etnia pastún.

La mayoría de ellos han estudiado en madrasas sunitas en Pakistán y, para ellos, la implementación de un sistema basado en la sharia, la ley islámica, es uno de los mayores éxitos de la guerra.

“Todos los hombres y todas las mujeres pueden ahora vivir libremente en todo Afganistán”, asegura Niamatullah, combatiente de 27 años.

Sin embargo, la interpretación talibana de la sharia implica numerosas restricciones para las mujeres, que han sido apartadas de la vida pública, del mercado laboral y de la educación.

El único lamento de los combatientes talibanes es que el gobierno no haya sido reconocido en la escena internacional.

“Si bien estamos contentos de tener un nuevo gobierno islámico, es triste que el mundo no nos haya reconocido todavía”, declaró Matiullah Qureshi, de 22 años, al asumir su puesto de control en Kandahar.

Mujeres afganas que siguen trabajando pese al régimen talibán

Apartadas de la vida pública por las abrumadores restricciones al trabajo, a sus desplazamientos y a la manera de vestirse, las mujeres afganas son las que más sufren el regreso de los talibanes al poder hace un año.

Raras son las mujeres que no han perdido a un familiar masculino en las sucesivas guerras. Y numerosos maridos, padres, hijos o hermanos perdieron el trabajo o vieron caer de forma drástica sus ingresos por una crisis económica cada vez más profunda.

La AFP realizó una serie de retratos en grandes ciudades afganas como Kabul, Herat o Kandahar de mujeres que tratan por todos los medios de mantener sus hogares a flote.

“En estos tiempos difíciles, mi trabajo me ha hecho afortunada”, explica a AFP Shafari Shapari, una panadera de 40 años. “Mi marido está sin empleo y se queda en casa. Yo soy capaz de alimentar a mis hijos”, añade.

Las mujeres se han visto apartadas de la mayoría de empleos públicos. O bien han recibido recortes salariales y la orden de quedarse en casa.

También son las primeras en ser despedidas de empresas privadas en dificultades, especialmente en aquellas que no pueden garantizar la segregación por sexos en el lugar de trabajo, como exigen los talibanes. Pero algunos puestos todavía siguen abiertos.

Rozina Sherzad, de 19 años, es una de las pocas mujeres periodistas que pudo continuar trabajando a pesar de las restricciones crecientes impuestas a la profesión.

“Pero mi familia está conmigo. Si mi familia estuviera en contra de mi trabajo, no creo que la vida continuara teniendo ningún sentido en Afganistán”, señala.

Incluso antes del regreso de los talibanes al poder, Afganistán era un país profundamente conservador y patriarcal. Los progresos en materia de derechos de las mujeres en las dos décadas de intervención extranjera se limitaron esencialmente a las ciudades.

Las mujeres siguieron cubriéndose generalmente el pelo con fular y el burka, obligatorio bajo el primer régimen de los talibanes (1996-2001), se continuó usando ampliamente, especialmente fuera de la capital.

A principios de año, la policía religiosa ordenó a las mujeres cubrirse completamente en público, incluido el rostro.

*Con información de AFP.