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| 11/11/2017 10:15:00 PM

En la izquierda cada uno va por su lado

Sus candidatos tienen más comunicación con fuerzas de centro que entre ellos mismos. Un mal presagio para 2018.

Elecciones 2018 la izquierda de nuevo dividida En la izquierda cada uno va por su lado

La historia de las divisiones de la izquierda en Colombia es larga y profunda. Hace años se volvió común la broma que modificaba el eslogan tradicional de los años sesenta –“La izquierda unida jamás será vencida”– por el de “La izquierda unida jamás será izquierda”. Solo en unas pocas oportunidades los distintos sectores superaron sus dificultades para lograr momentos de unidad bajo el liderazgo de Jaime Pardo Leal, Carlos Gaviria y Luis Eduardo Garzón. El anhelo de convergencia es tan profundo que el principal partido progresista del país asumió precisamente el nombre de ‘Polo’, en busca de reunir fuerzas políticas y sociales diversas.

El capítulo de 2018, dentro de esa línea tradicional, nuevamente traerá más división que unión. Existen varios proyectos, pero cada uno va por su lado: Jorge Enrique Robledo, candidato del Polo; Clara López, con el aval de la ASI; Gustavo Petro y Piedad Córdoba, por firmas; y Timoleón Jiménez, por el nuevo partido de la Farc. Poco dialogan entre ellos, no tienen planteado un acercamiento como el que llevó a Carlos Gaviria en 2006 al segundo lugar en la elección presidencial –por encima de los partidos tradicionales–, y es más fluido el diálogo de cada uno de ellos con otras alternativas externas que cualquier posibilidad de unidad. Robledo y el Polo están construyendo una alianza con Sergio Fajardo, de Compromiso Ciudadano, y con Claudia López, de la Alianza Verde.

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En teoría, un ambiente de polarización debería propiciar los acercamientos de las derechas, en un lado, y de las izquierdas, en el otro. Pero eso no ocurre en la Colombia de 2018. Varias razones lo explican. La más reciente tiene que ver con el proceso de paz y el ingreso a la arena del partido de la Farc. Sobre el papel, se esperaba que la coyuntura resultara favorable para las fuerzas progresistas. En los años noventa, el M-19 recién desmovilizado se convirtió muy pronto en una fuerza electoral significativa. Pero los acuerdos con la antigua guerrilla de las Farc no tienen el mismo consenso y, en cambio, se han convertido en un factor de fragmentación. No solo en el establecimiento político tradicional en torno al conflicto Santos-Uribe, sino dentro de la propia izquierda.

Todos los partidos y movimientos de ese lado –el Polo, Petro, Clara López, Piedad– apoyan los diálogos de La Habana y los acuerdos emanados de los mismos. Pero hay diferencias en los grados de entusiasmo y compromiso. La salida de Clara López del Polo –al cual representó en las presidenciales de 2010– se produjo por su apoyo a la reelección de Santos y su posterior ingreso al gabinete ministerial, mientras Jorge Enrique Robledo optó por el voto en blanco. El exalcalde de Bogotá Gustavo Petro también apoyó la reelección de Santos y respalda los acuerdos de paz, pero tiene diferencias de larga data con las Farc. Entre el apoyo a la paz y su naturaleza antiestablecimiento la izquierda quedó confundida, porque el voto por la paz llegó a enredarse con un voto por Juan Manuel Santos.

También hay razones de mecánica electoral. El principal partido, el Polo, tiene dificultades de llegar en marzo al umbral requerido para conservar su personería jurídica. Robledo no hará parte de la lista al Senado porque es el candidato presidencial, y no es seguro que su sucesor –Aurelio Suárez– obtenga la misma votación. En cambio, la Farc –Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común– tiene aseguradas diez curules en el Congreso por los acuerdos de La Habana, sin importar cuántos sufragios obtenga: podría convertirse en la bancada más numerosa de la izquierda. El partido amarillo ha hecho una oposición constructiva durante varios años y ha votado en favor de todos los proyectos que implementan la paz, pero podría perder su liderazgo natural en la izquierda en el contexto parlamentario.

El otro desafío de los últimos años ha llegado por la frontera venezolana. Nicolás Maduro tiene una imagen negativa de más de 90 por ciento entre la opinión pública colombiana. La crisis humanitaria del país vecino produce a diario noticias deplorables y las consecuencias de la migración preocupan. El uribismo ha construido la imagen de que el castrochavismo es una opción cercana como consecuencia de los acuerdos de paz, discurso que macartiza las propuestas progresistas. Varios de los candidatos de este sector han tomado distancia ante al gobierno de Maduro –el propio Gustavo Petro– y otros son mucho más cercanos –Piedad Córdoba–, pero en general a todos los afecta el imaginario que asocia a las ideas de izquierda con la crisis venezolana. Y esto va de la mano, de paso, con que el péndulo político se inclina hacia la derecha en América Latina.

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También contribuyó a fragmentar a la izquierda en los últimos años el carrusel de la contratación en Bogotá bajo el gobierno de Samuel Moreno, elegido por el Polo, cuyos efectos aún se sienten. Y no solo por el esperable costo político por la responsabilidad de uno de los casos de corrupción más graves que recuerden los colombianos, sino por las diferencias internas sobre cómo enfrentarlo.

Mejor librado que todos salió Gustavo Petro, quien se apartó del partido y formó su Movimiento Progresistas para obtener la Alcaldía de Bogotá. Pero le quitó al Polo buena parte de su fuerza electoral y lo dejó con el estigma de la corrupción. Una bandera que, precisamente, ha agitado el senador Robledo con debates de control político contra varios funcionarios. Su énfasis en este discurso es tal, que hoy le resulta más viable una alianza con Sergio Fajardo y Claudia López, que hacen hincapié en la lucha contra la corrupción, que con otros partidos de izquierda. Para el actual candidato del Polo hoy es más atractiva una alianza contra la corrupción que una por la paz, hecho que lo distancia de Clara López y de Piedad Córdoba.

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La atomización de candidaturas solitarias también tiene que ver con la dificultad de algunas de ellas para hacer coaliciones. Y la actual campaña es un mecanismo de alianzas. Pero tres de las aspiraciones que están en juego –Timochenko, Petro y Piedad– ocupan los primeros lugares en las encuestas en cuanto a imagen negativa. Para otros partidos o movimientos, las eventuales coaliciones con ellos traen más costos que beneficios. Como resultado, los representantes de la izquierda no tienden a agruparse, sino a aislarse. Mientras en el centro y en la derecha hay una dinámica de coaliciones, en la izquierda proliferan las islas. El exalcalde de Bogotá ha buscado acercamientos –“nos unimos o nos hundimos”, dice–, pero hasta ahora no ha encontrado eco.
Cada uno de los candidatos en la contienda tiene su territorio electoral. La exministra Clara López cuenta con el apoyo de trabajadores y movimientos sociales; Piedad Córdoba, con grupos regionales y un sector del Partido Liberal; a Petro lo apoya un 30 por ciento del electorado bogotano y un 20 por ciento de los electores de la costa; Robledo tiene voto de opinión en Bogotá y liderazgo entre sindicatos y el Moir; y Timochenko aspira a que el nuevo partido recoja la simpatía cosechada por las Farc donde ha ejercido influencia. Pero no hay una sombrilla bajo la cual puedan cobijarse todos. Se trata de fenómenos divergentes, al menos por ahora. Y bajo estas condiciones, resulta poco probable que la izquierda asuma un gran protagonismo en la campaña de 2018.

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