Conocí a Gustavo en el año 1999 cuando, como estudiante, entré a trabajar en la Comisión Colombiana de Juristas. Él era un jurista con infranqueable valentía y determinación para enfrentar la injusticia. Bajo el régimen del Estatuto de Seguridad, a finales de los años 70, defendió presos y torturados que habían desaparecido y luchó para ponerlos bajo el amparo de principios de derechos humanos.
Gustavo hizo parte de una camada de abogados en los años 70 que, por convicción y necesidad, se vieron abocados a defender los derechos humanos en épocas en que el estado de sitio era regla y no excepción. Durante esos años, los perseguidos eran principalmente de izquierda y no todos habían cometido delitos; muchas veces se reprimían ideas a través del poder arbitrario del Estado y al amparo del estado de sitio. Así surgió el movimiento de derechos humanos del país.
Gustavo escribió la obra icónica 15 años de estado de sitio en Colombia: 1958–1978. Sus reflexiones fueron determinantes para que se construyera un régimen de estados de excepción limitados por las normas de derechos humanos, que hoy son parte de la conquista humanista reflejada en la Constitución de 1991.

La labor de derechos humanos fue señalada por muchos años como cercana a las guerrillas. Sin embargo, Gustavo nunca tuvo esa confusión. Él siempre tuvo claro el lugar de los derechos humanos: un punto de encuentro, de consenso universal y de llegada, no una causa de división, salvaguarda frente a la injusticia. No importaba si esa injusticia venía del Estado o de los grupos armados.
En la Comisión Colombiana de Juristas, que fundó con un grupo de colegas en 1988, siempre profesó el rechazo de toda arbitrariedad o crimen que vulnerara los principios elementales de la humanidad. Por eso, la CCJ nunca justificó ni relativizó la responsabilidad de las guerrillas por los crímenes que cometieron. Los rechazó siempre sin ambages. Rechazó el secuestro y defendió siempre la obligatoriedad de las reglas del derecho internacional humanitario para los grupos armados. En eso me atrevo a decir que la CCJ fue pionera: en reivindicar el DIH.
En la CCJ, Gustavo nunca dejó de denunciar y litigar en contra de las arbitrariedades del Estado; muchas de ellas fueron justificadas en la lucha contra insurgente, pero dirigidas contra inocentes estigmatizados como guerrilleros. El propio Gustavo y la CCJ fueron (fuimos) víctimas de esa estigmatización. En las épocas de la política de Seguridad Democrática, a inicios de este siglo, la CCJ fue víctima de interceptaciones, seguimientos, recopilación ilegal de información personal y familiar, de estrategias para desacreditar el trabajo de la organización. Incluso, hay información que indica que desde el DAS se llegó a arrendar un inmueble cercano a su residencia, desde donde habrían seguido sus movimientos y visitas. También hubo información según la cual los paramilitares habrían dado órdenes de asesinar a Gustavo y al subdirector Carlos Rodríguez. Por diferentes situaciones, afortunadamente, estas órdenes nunca se concretaron.

Gustavo era un hombre amoroso y generoso, erudito, lleno de anécdotas propias y de pedagogía. Un maestro paciente, que corregía los escritos mientras que nos dedicaba tiempo a sus jóvenes aprendices. Él enseñaba sin afán, con generosidad, profundidad y con una paciencia que permitía entender la norma, su historia, el sentido y su razón humana. Enseñaba redacción, ortografía y se detenía a revisar el diccionario María Moliner, para buscar la palabra precisa. Le gustaba el vino, tocar la guitarra y escuchar música.
Gustavo era un hombre auténticamente liberal. La oficina de la CCJ estaba llena de jóvenes que compartíamos, nos relajábamos y siempre reíamos. Prácticamente vivíamos allá todo el tiempo. En 2022, Gustavo dejó la dirección de la CCJ al ser nombrado embajador de Colombia ante la Misión Permanente de Naciones Unidas en Ginebra. Allí siguió trabajando y siendo reconocido en el Palacio de las Naciones como conocedor del multilateralismo. Como embajador, respaldó generosa e incondicionalmente la nominación que las organizaciones de derechos humanos hicieron de mi nombre para ser Defensora del Pueblo y me apoyó durante estos casi dos años, siempre con amplitud, creatividad y sin sectarismos, trabajando por la causa de los derechos humanos. Gracias Gustavo.
