El día de hoy se me ha concedido el privilegio de hablar algunas palabras en representación de la familia de Plinio Apuleyo Mendoza, y en parte a título personal, para homenajear su vida. Privilegio que es también un gran reto para mí, pues condensar y compartirles lo que el tío significó para cada uno de nosotros, y especialmente para quienes son mis mayores en la familia y tuvieron la fortuna de compartir muchos más años con él es realmente imposible. Incluso, entre antier y anoche he podido leer reflexiones y perfiles de Plinio escritos por distintos miembros de la familia que les darían todos los méritos para hablar aquí, uno de los cuales fue publicado hoy mismo en El Tiempo y resulta ser un perfil espectacular de cómo él era un inigualable multiartista de las letras. Lectura muy recomendada, vale mencionar. Siendo así, si se me permite dirigirme aquí a ustedes es solo porque la gracia y voluntad de Dios así lo quiso.

Lo que sí me es posible, e indispensable, hacer a nombre de los Mendoza en este momento es agradecer profundamente a cada uno de los asistentes por acompañarnos en este momento, apreciamos mucho que quieran honrar la memoria de Plinio con su presencia y sus palabras. A mí me alegra además saber así que él haya influido en sus vidas para bien de diversas formas como lo hizo en las nuestras. Es de eso mismo que quiero hablar, precisamente…

En los últimos dos días he leído y oído hablar más del tío Plinio que tal vez nunca antes en mi vida. Sus extraordinarios méritos como periodista, escritor, diplomático y analista político -los cuales conocemos ya muy bien- han sido exaltados reiteradamente en distintos medios de comunicación en este tiempo. Lo que más me ha llamado la atención leer, sin embargo, ha sido las palabras que todo tipo y número de personas le han dedicado en redes sociales y otros espacios públicos.
Es muy grato ver a través de cortos mensajes muchas veces no mayores a los 280 caracteres cuánto significó Plinio para el país, empezando por los miles de lectores de sus libros y columnas que se han expresado lamentando su partida y agradeciendo cómo por años los puso a soñar y a pensar con ellos, respectivamente. Pero mejor aún ha sido ver cómo voces del gremio periodístico han reconocido en él un maestro de la profesión que, en formas que seguramente jamás terminaremos de dimensionar, impactó generaciones de profesionales.

El tío curiosamente jamás fue creyente en la idea de que este oficio se enseñe de manera tradicional en aulas universitarias, siempre fue más de la idea de que se aprenda ejerciendo y descubriendo si uno tiene madera para esto o no, pero con eso dicho, siempre fue un natural maestro del oficio que impartió valiosa doctrina por doquiera que pasó. Tal vez la mejor testigo de eso hoy, y de las primeras que pasó por su clase, es su hermana menor Consuelo, mi abuela, quien me ha contado muchas inverosímiles y cómicas anécdotas del estilo duro pero efectivo con que su hermano la orientó en sus primeros años ejerciendo este maravilloso oficio. Lo mismo podrían contar los periodistas que trabajaron bajo su dirección en la revista Semana y El Tiempo a inicios de los 80, así como todos los demás que en adelante tuvieron la oportunidad de hacer la labor periodística a su lado. Hasta sus últimos años de trabajo, Plinio continuamente fue un ejemplo a todos en este gremio en diligencia, profesionalismo, y cómo no, amor por las letras como un arte.
A manera de ejemplo, menciono una anécdota compartida el día de ayer por Luis Noé Ochoa, subeditor de El Tiempo, en el homenaje que le hizo la que fue casa periodística de sus columnas de opinión que escribió hasta el año 2019: “Me conmovió que, hasta el último momento, hasta donde le alcanzaron sus fuerzas, don Plinio Mendoza seguía cuidando sus textos como si fueran los primeros que escribía. Lo vi llegar a la redacción de El Tiempo en silla de ruedas, acompañado de una enfermera para revisar algunos de sus ‘A fondos’ que fueron publicados y ver que se fueran a impresión como él exactamente quería”, se leía en las páginas del periódico ayer.
Otra índole de mensajes que he encontrado por estos días ha sido aquellos que agradecen el valiosísimo aporte de Plinio Mendoza a la causa política de la libertad en América Latina. Personas de todas latitudes del continente recuerdan en los libros escritos por él junto a Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner la vanguardia de una necesaria rebeldía en la élite de humanistas de nuestra región contra la hegemonía de ideas que reiteradamente nos han hecho bastante daño. Uno de los comentarios que veía, ya no recuerdo de quién, mencionaba cómo una generación de jóvenes defensores de la libertad económica y la democracia se ha levantado en países como el nuestro o Argentina mayormente formados por contenido que encuentran en Internet, pero pocos siendo conscientes que la cuna donde se formaron esos líderes del ciberespacio que les han mostrado estas ideas está en el trabajo realizado por Plinio y compañía hace ya 30 años.
Yo mismo estaba ahí no hace mucho, antes de conocer y entender la obra de mi tío, creyéndome pionero de una travesía que no sabía que el hombre que se sentaba todos los sábados a la cabecera del comedor de mi abuela había empezado. Y es que con la faceta de analista e ideólogo político de Plinio pasaba en general que, como dice el dicho, la constante era que mientras el resto apenas íbamos, él ya volvía. Siempre me quedaré con la añoranza de un poco más de tiempo para haber hablado de estas cosas -y bueno, muchas más, realmente- con el tío, pues es cuando finalmente empecé a conocer y apreciar ese lado de él que la enfermedad impidió que eso fuera posible.
Sí me fue posible, sin embargo, alcanzar a hablar con él hace un par de meses, en lo que creo fue nuestra última conversación, sobre lo que más quise alguna vez hablarle, que es el significado de la Cruz. Muchos de sus conocidos más cercanos sabrán que durante toda su vida, esencialmente, Plinio fue decididamente agnóstico y poco interesado en lo eterno, muy a pesar de los siempre pacientes intentos de mi abuela por acercarlo a Dios.
Con eso dicho, en su último año, no pretendo entender cómo o por qué, vimos en él nacer el repentino deseo de buscarle. Aquí y allá le iba aceptando a ella invitaciones que antes muy muy rara vez recibía, y aquella última vez que pude estar con él, quiso que se le leyera la Biblia. Pasamos por Romanos 5:8, que dice “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. No pude ese día saber si a él lo impactó tanto esta siguiente pregunta como a mí, pero ese pasaje alguna vez me llevó a inquirir ¿eso qué implica para mí? ¿Para cada uno de nosotros? Yo hallo paz en la respuesta clara que ofrece Juan 3:16; Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Y mi mayor anhelo es que desde ese día, el tío Plinio también.
…
Damos infinitas gracias a Dios por la vida de Plinio Apuleyo Mendoza.
