El trágico fallecimiento de una joven participante de la Maratón de Medellín el pasado 6 de septiembre abrió una conversación necesaria sobre la salud de quienes participan en carreras deportivas de larga distancia. Una maratón somete al organismo a varias horas de esfuerzo, hecho que nunca debería asumirse como un reto improvisado.
Henry León, médico y licenciado en Educación Física y jefe del Departamento de Morfofisiología de la Universidad de La Sabana, explica que durante una maratón el corazón mantiene una frecuencia elevada y el organismo redistribuye la sangre hacia los músculos. Órganos como el sistema gastrointestinal y el riñón pueden recibir menos flujo durante horas mientras los músculos afrontan una demanda energética muy alta. El entrenamiento busca minimizar esos efectos.

“Una persona joven y aparentemente sana debería hacerse una valoración médica antes de correr una maratón. Por supuesto que sí. Esto no es exclusivo solamente de las personas que tengan factores de riesgo; debería ser una obligación para cualquier persona, incluyendo los niños, que pretenda practicar algún deporte que tenga un cierto grado de intensidad. Deben hacer una valoración médica”, asegura.

León plantea que la preparación debe ser individual y progresiva. Una primera maratón puede ser un proyecto de dos o tres años, con evaluaciones periódicas para determinar si el corredor tolera las distancias y las cargas. La medicina del deporte, la nutrición, el entrenamiento y la fisioterapia forman parte de ese proceso.
“Lo más importante es que esto es supermultidisciplinario. En ese sentido, nutrición deportiva, medicina del deporte, entrenadores, incluso fisioterapeutas, personas que tengan la experiencia biomecánica del análisis de la marcha deberían aportar en el proceso de correr una maratón”, explica.

Sergio Fajardo, maratonista colombiano conocido como Fafirunner, coincide en que no todos parten del mismo punto. Él participó en una maratón ocho meses después de comenzar a correr, pero ya tenía una historia deportiva previa, con práctica de fútbol y tenis y un entrenamiento frecuente. Su experiencia, por tanto, no puede convertirse en una fórmula para los demás. “Hay quienes dicen que hay que correr múltiples 21K para correr una maratón; hay que correr múltiples 10K para correr una media maratón. Yo difiero un poco. Lo que nunca debe cambiar es siempre estar acompañado de un profesional”.
Para Fajardo, una progresión puede pasar por 5, 10, 21 y 42 kilómetros, pero siempre de acuerdo con las capacidades individuales. Una persona puede necesitar meses y otra varios años. Lo fundamental es aumentar las distancias de manera progresiva y conocer la respuesta del cuerpo.
La alimentación, la hidratación y el descanso también forman parte de esa preparación. Fajardo trabaja con entrenador, fisioterapeutas, nutricionista y próximamente un deportólogo, y defiende que los planes de carbohidratos, líquidos, sales y geles respondan a evaluaciones individuales, no a recomendaciones genéricas de internet.
El riesgo cardiovascular no siempre se ve

Gustavo Ortega, médico especialista en medicina interna, medicina crítica, cardiología e insuficiencia cardiaca y líder cardiovascular de la Clínica General del Norte-Zentria, pone el foco en una posibilidad que pasa inadvertida: una persona joven puede parecer sana y tener una alteración cardiaca silenciosa que nunca produjo síntomas. “Entre ellas se encuentran algunas miocardiopatías hereditarias, anomalías congénitas de las arterias coronarias, miocarditis y enfermedades eléctricas del corazón, como las canalopatías, que no siempre se detectan en una consulta rutinaria”, señala.
En una maratón, el corazón trabaja durante varias horas con una frecuencia elevada, mayor demanda de oxígeno y una intensa activación de adrenalina. A esto pueden sumarse deshidratación, aumento de la temperatura corporal y alteraciones metabólicas o electrolíticas. En una persona susceptible, esos factores actúan como desencadenante final de una arritmia ventricular maligna.

“Un electrocardiograma normal no descarta todas las enfermedades. Puede ser normal en algunas anomalías coronarias, en fases iniciales de una miocardiopatía y en la taquicardia ventricular catecolaminérgica. Del mismo modo, una prueba de esfuerzo normal no constituye un certificado de riesgo cero”, afirma.

Para Ortega, la valoración previa no consiste en someter a todos los corredores a la misma batería de exámenes. Lo primero es conocer los antecedentes personales y familiares, identificar síntomas que puedan haber pasado inadvertidos, revisar enfermedades previas, medicamentos y el nivel de actividad física. También considera importante valorar la presión arterial y realizar un examen cardiovascular. En determinados corredores, especialmente cuando se trata de ejercicio competitivo o de alta intensidad, un electrocardiograma es apropiado.
“Lo que se recomienda es una valoración preparticipativa unas semanas antes de la primera maratón, que incluya historia clínica dirigida, síntomas, antecedentes familiares, enfermedades, medicamentos, estimulantes, nivel de actividad y progresión del entrenamiento, además de presión arterial y examen cardiovascular. Un electrocardiograma de 12 derivaciones interpretado con criterios para deportistas puede ser razonable, especialmente en quienes realizan ejercicio competitivo o de alta intensidad”, explica.
El especialista advierte, sin embargo, que una valoración médica no significa que todos los corredores necesiten los mismos estudios. Una ecocardiografía, un Holter, una resonancia cardiaca, una tomografía coronaria o una prueba genética deben solicitarse cuando existen síntomas, hallazgos clínicos, antecedentes familiares o alguna sospecha específica. En una persona joven, activa y sin síntomas ni antecedentes relevantes, no recomienda realizar indiscriminadamente toda esta batería de pruebas.
Henry León coincide en que los exámenes deben responder a las características de cada persona. En jóvenes aparentemente sanos, una valoración puede incluir pruebas generales como hemograma, electrocardiograma y estudios de función renal y hepática, mientras que otros exámenes deben definirse de acuerdo con los hallazgos médicos.
Saber cuándo detenerse

La prevención no termina cuando comienza la carrera. Una de las principales recomendaciones de los médicos es aprender a diferenciar las respuestas normales del ejercicio de aquellas que requieren detener la actividad y solicitar asistencia.
Entre las señales de alarma, León identifica el dolor torácico, especialmente cuando es de tipo opresivo; una fatiga extrema o desproporcionada, dificultad respiratoria intensa, alteraciones de la visión, como visión borrosa, doble o pérdida visual; además, náuseas o vómitos importantes y dolores musculares o articulares que modifiquen la forma de caminar.

Ortega amplía la lista e insiste en que algunos síntomas no deben interpretarse simplemente como parte del esfuerzo. “Ante dolor torácico, desmayo, confusión, falta de aire intensa o palpitaciones acompañadas de mareo, no se debe bajar simplemente el ritmo: se debe parar y pedir ayuda inmediata”, afirma.
La recomendación es especialmente importante porque el riesgo no desaparece necesariamente en el instante en que termina la carrera. Después de cruzar la meta, aún pueden mantenerse durante un tiempo cambios en la temperatura corporal, la concentración de catecolaminas y el volumen circulante. Por eso recomienda continuar caminando y realizar una recuperación progresiva, en lugar de detenerse bruscamente.
