La imagen del mar como un espacio siempre azul y transparente ya no es una certeza. En distintos puntos del planeta, investigadores comenzaron a detectar episodios inesperados en los que el océano pierde su luminosidad casi de un momento a otro.
No se trata de un cambio lento o imperceptible; es un oscurecimiento abrupto que deja a los ecosistemas marinos sin luz durante días o incluso semanas, con consecuencias que van mucho más allá de la vida bajo el agua.
Lejos de la ciencia ficción, estos “apagones” marinos son reales y cada vez más frecuentes. Su aparición no es nueva y enciende alertas en la comunidad científica, que advierte sobre el riesgo que representan para la biodiversidad y para uno de los procesos más esenciales del planeta: la producción de oxígeno.
Un mar que deja pasar cada vez menos luz
Desde hace años, los satélites y estaciones de monitoreo vienen mostrando que grandes áreas del océano están cambiando su comportamiento. Un estudio liderado por la Universidad de Plymouth reveló que, entre 2003 y 2022, más de una quinta parte de las aguas del planeta se volvió más oscura (21%), tanto cerca de las costas como mar adentro.

Este cambio está relacionado con la creciente presencia de microorganismos, sedimentos y partículas flotantes que alteran la forma en que la luz solar atraviesa el agua. Cuando esa luz no logra llegar a las capas profundas, los organismos que dependen de ella empiezan a perder su principal fuente de energía.
Hasta ahora, este proceso había sido asociado a transformaciones lentas, como el aumento de microalgas, el derretimiento de suelos congelados o la degradación de zonas costeras; sin embargo, en paralelo surgió una señal mucho más inquietante: episodios extremos en los que la claridad del mar se desploma de manera súbita, sumiendo vastas áreas en una oscuridad casi total.

Apagones submarinos y un golpe directo a la vida marina
Estos eventos, identificados y definidos el 12 de enero en una publicación científica de la revista Communications Earth & Environment, no siguen un patrón único. Pueden originarse tras tormentas intensas, explosiones repentinas de plancton o grandes descargas de sedimentos provocadas por incendios forestales y derrumbes de tierra. El efecto es inmediato; una especie de nube espesa bloquea la entrada de luz solar.
“A pesar de la sofisticación de los marcos desarrollados para detectar, caracterizar y predecir los eventos ambientales extremos que afectan la vida marina, como se hizo con éxito para las anomalías de temperatura, la acidificación de los océanos, la desoxigenación y el aumento de las tormentas, sigue habiendo una brecha notable en nuestra comprensión de los cambios en los climas de luz submarina extrema”, señala la investigación.
Al analizar datos recolectados durante dos décadas frente a las costas de California y Nueva Zelanda, los investigadores detectaron decenas de episodios de este tipo. La mayoría duró entre una y dos semanas, pero algunos se extendieron por más de dos meses, dejando al fondo marino en penumbra prolongada.

El impacto es directo y profundo; sin luz, la fotosíntesis se detiene y con ella se resiente toda la red de vida oceánica. Los más afectados son ecosistemas clave como los bosques de kelp, las praderas submarinas y los arrecifes de coral, que concentran una enorme diversidad de especies y cumplen un rol esencial en el equilibrio ambiental.
Estos sistemas, conocidos como los “pulmones azules” del planeta, no solo sostienen la vida marina, también aportan una parte significativa del oxígeno.
Por eso, los científicos advierten que el oscurecimiento del océano no es un problema lejano ni aislado, sino una señal clara de que la salud de los mares y la del planeta enfrenta un desafío urgente.
