Un problema ha quedado al descubierto gracias a las nuevas herramientas de observación espacial, que permiten medir con gran precisión los cambios en la superficie terrestre.
Las imágenes y registros obtenidos por el sistema sistema de radar Nisar, una colaboración entre la NASAy la agencia espacial india, muestran que algunas zonas de Ciudad de México están descendiendo a un ritmo alarmante, llegando a perder hasta dos centímetros de altura cada mes. Esta situación no solo afecta a barrios y viviendas, sino también a infraestructuras clave para el funcionamiento de la capital.

Detrás de este fenómeno se encuentra una combinación de factores naturales y humanos. La ciudad fue construida sobre los restos de un antiguo lago, un terreno que, por su composición arcillosa, es especialmente vulnerable a los cambios provocados por la extracción constante de recursos hídricos, según el científico de la NASA’s Jet Propulsion Laboratory, Marin Govorčin.
A medida que se bombea más agua de la que la naturaleza puede reponer mediante las lluvias, el suelo pierde estabilidad y comienza a compactarse lentamente.

Las consecuencias de este hundimiento ya forman parte del paisaje urbano. Algunos edificios históricos y monumentos han tenido que ser adaptados para compensar el descenso progresivo del terreno. Uno de los casos más conocidos es el del Ángel de la Independencia, cuya base ha requerido la incorporación de varios escalones adicionales desde principios del siglo XX.
Como consecuencia, el problema ya no se limita al deterioro del terreno o de los edificios, sino que también compromete servicios esenciales para millones de habitantes. De acuerdo con expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), reseñado por el diario La Razón, el hundimiento está dañando la red de tuberías de agua potable y alcantarillado, provocando que hasta el 40% del agua potable se pierda por fugas antes de llegar a los hogares.

Esta situación ha generado un ciclo difícil de romper. La pérdida constante de agua obliga a extraer aún más líquido de los acuíferos para abastecer a la población, pero esa mayor extracción acelera el hundimiento del suelo.
Aunque el panorama es preocupante, los expertos coinciden en que no existe una solución sencilla. Detener el hundimiento implicaría reducir o incluso suspender la extracción de agua subterránea, pero esa medida afectaría el abastecimiento de millones de personas que dependen de ese recurso para sus actividades diarias.

Por ello, las autoridades enfrentan el reto de encontrar alternativas que permitan garantizar el suministro sin agravar el deterioro del terreno. Mientras tanto, los satélites continúan vigilando la evolución del fenómeno y registrando los cambios que experimenta la superficie de la ciudad. Los expertos consideran que esta información será clave para anticipar riesgos y diseñar estrategias de prevención.
